
Dicen los viejos que hay hombres que no se conforman con morir como el resto. Algunos, por lo que fueron en vida; otros, por los tratos que hicieron en la oscuridad. En Paracho, cuando el viento baja frío desde la meseta y la noche apaga hasta el último ocote, se recuerda aún el entierro que no fue, la procesión que se quebró de miedo y el ataúd que amaneció sin cuerpo.
Quien les habla —el Cronista Garbancero— recoge esta historia tal como llegó a mis oídos, con el temblor de quienes la vivieron y el silencio respetuoso de quienes prefieren no nombrarla.
El brujo de la meseta
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corrían los años cuarenta cuando murió don Antonio Castañeda, conocido y temido como Don Antonio Piririto, brujo mayor de la región. Decían que ningún embrujo se le resistía y que su magia, oscura y efectiva, se pagaba caro. Su casa estaba detrás de lo que hoy es el mercado municipal, sobre la calle que lleva al panteón.
El primer cajón
Don Francisco, único carpintero del pueblo, recibió el encargo de fabricar el ataúd. Mandó a su hijo —recién casado con doña Sarita— a tomar las medidas del difunto. A eso de las cuatro de la tarde llevaron el cajón a la casa del brujo… y ahí comenzó lo macabro.
Al intentar acomodar el cuerpo, el ataúd quedó chico. Cuando recogían una pierna, la otra se estiraba como tirabuzón. Don Francisco reprendió a su hijo y ordenó volver a medir.
Gatos que no estaban
Mientras se construía el segundo cajón, el velorio se volvió inquietante. Doña Tere Vidal, entonces una niña de doce años, se aferraba a las faldas de su madre al escuchar gatos que arrastraban un cuero viejo por el tapanco, maullando con un tono que helaba la sangre.
Mandaron a espantarlos. No había ninguno. Mandaron a otro, con quinqué en mano. Tampoco. El tapanco estaba lleno de aperos y sillas de montar: no había sitio para correr ni para esconderse. Y, sin embargo, los ruidos seguían.
El segundo cajón
Ya de noche, sin luz eléctrica en el pueblo, el sacerdote rezaba para calmar a los presentes cuando llegaron los carpinteros con el nuevo ataúd. Metieron al difunto… y ahora sobraban casi veinte centímetros.
—Ay, Antonio —dijo la viuda—, ni muerto dejas de hacer travesuras.
La procesión
Partieron al panteón iluminados con ocotes. La calle empedrada se hizo eterna. Los cargadores sentían que dentro del cajón algo rodaba, como una bola pesada golpeando las tablas. Pedían relevo a cada tramo, y quienes dejaban la carga no regresaban.
El panteón que gritó
A una cuadra de la entrada, se oyeron lamentos. Las rejas del panteón se sacudieron como negando el paso. Una ráfaga apagó los ocotes. Nadie quería seguir. El cura insistió.
Entraron.
Al intentar bajar el ataúd, un coro de gritos surgió del suelo, como si todas las tumbas clamaran al unísono. El pánico fue total. Huyeron todos, incluso el sacerdote. La fosa quedó abierta, con los lazos colgando.
El amanecer
Al día siguiente, con la luz y el valor que da el sol, regresaron tras la misa. La viuda entregó un crucifijo de plata para bendecirlo y colocarlo junto al difunto. Dos hombres bajaron a desclavar la tapa.
El ataúd estaba vacío.
El sacerdote, pálido, ordenó colocar el crucifijo y cerrar. La sepultura fue simbólica. Se marcharon sin mirar atrás.
Por años, los ancianos de Paracho repitieron esta historia en la plazoleta, al caer la tarde. Con voz baja decían que a Don Antonio Piririto se lo llevó el diablo, en cuerpo y alma. Verdadero o no, en el pueblo se cuenta como suceso real.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Pablo Ruiz
Libro Leyendas michoacanas.
