
En los pueblos donde la noche cae pesada como manta mojada, donde el olor a tierra y a azufre se mezcla con el recuerdo de los rezos, todavía hay pasos que no se oyen… pero se sienten.
No todas las presencias anuncian su llegada con cadenas o lamentos. Algunas caminan a cuatro patas, en silencio, y esperan que el miedo haga su trabajo.
En Chiapas —particularmente en la región del Soconusco— se cuenta desde hace generaciones que ningún hombre camina solo en la oscuridad. Siempre hay algo que lo acompaña. A veces es su conciencia. Otras… es el Cadejo.
Antiguos mitos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que el Cadejo es el vestigio de una creencia antigua, tan vieja como el monte mismo. Se dice que cada ser humano posee un animal compañero, un doble espiritual. Si uno enferma, el otro también. Si uno muere… el otro no tarda en seguirlo.
Hay quienes aseguran que existen dos Cadejos: el blanco, guardián silencioso que protege a los caminantes honestos; y el negro, de pelaje abundante, ojos encendidos y pezuñas, símbolo del mal, de la muerte y de los excesos.
Su misión no es siempre matar. A veces solo asustar, advertir, probar el valor de quien anda de parranda, bebiendo o desafiando la noche sin respeto.
El Cadejo entre los hombres
Cuentan los lugareños de la costa chiapaneca que entre la gente común habitan seres capaces de materializarse mediante hechizo en la figura de un perro para pasar desapercibidos y cometer fechorías. Por su aspecto extraño —demasiado grande, demasiado silencioso, demasiado atento— han sido identificados… y en contadas ocasiones, enfrentados.
Se asemeja a un perro negro de tamaño descomunal, con ojos rojos o amarillos, pelaje espeso y un andar que no deja huella.
Deambula por las calles más oscuras, no necesariamente en luna llena, y sigue a sus víctimas a corta distancia, casi siempre sin que estas lo noten… hasta que ya es demasiado tarde.
Cómo se enfrenta —si es que puede enfrentarse— al Cadejo
La tradición oral dice que, si uno se topa con él, debe caminar con los pies juntos, sin abrir paso, para evitar que el animal se meta entre las piernas y se lleve al caminante con él. Otros aseguran que hay que escupir en la palma de la mano y ofrecérsela, como gesto de reconocimiento.
Pero también se cuenta que muchos Cadejos no nacieron así.
Humanos convertidos en bestia
Algunas versiones aseguran que el Cadejo fue originalmente humano. Un joven maldecido por su padre, condenado a vagar como alma en pena, convertido en perro negro cubierto de cadenas. Otra historia habla de una mujer despechada que, mediante pacto diabólico, obtuvo la facultad de transformarse para dar muerte al amante que la traicionó.
La transformación —dicen— ocurre a la medianoche, bajo la sombra de una ceiba o pochota, árbol sagrado para los antiguos pueblos mesoamericanos. La ceiba, el Yaxché, era el puente entre el cielo, la tierra y el inframundo. No es casualidad que ahí se realice el tránsito de hombre a bestia.
La historia de Margarita y Jacinto
Se cuenta que Jacinto prometió matrimonio a Margarita… y un día simplemente dejó de volver. Ella supo después que él se había casado con otra.
Cegada por la rabia, Margarita hizo un pacto con el diablo. Desde entonces, cada noche se convertía en Cadejo. Revolcaba perros, arañaba puertas y acechaba la casa de Jacinto, intentando entrar.
Hasta que los vecinos, armados con palos, piedras, agua bendita y orines —como mandaba la costumbre— lograron atraparla.
La golpearon, la amarraron a un árbol y esperaron el amanecer.
Con la salida del sol, el hechizo se rompió. Antes de perder la razón, Margarita confesó su crimen.
El Cadejo Turulo de Tonalá
Por los años cincuenta del siglo XX, en Tonalá, Chiapas, el rumor se volvió miedo colectivo. Un ser entre perro y lobo, con ojos encendidos y olor a azufre, recorría las noches después del último tren.
Ferrocarrileros, vendedores, bailadores de danzón… nadie se atrevía a salir pasada la medianoche.
Hasta que una noche, Leonel, joven trabajador y amante del baile, caminó solo por calles sin luz. Vio perros ensangrentados, oyó aullidos, sintió el frío que no viene del aire… y finalmente lo vio: Un animal más grande que un becerro, de ojos como brasas, caminando lentamente hacia él.
Leonel corrió, rezó, golpeó la puerta de su casa hasta sangrar. El Cadejo estaba detrás.
La salvación llegó montada a caballo: Don Caralampio, acompañado de su perro, que no se atrevió a avanzar. Una limpia con albahaca, huevo, tequila y rezos le devolvió el alma al cuerpo.
Días después, Leonel durmió tres días enteros. Años más tarde supo que no todos tuvieron la misma suerte.
Mis queridas almas lectoras, no todas las leyendas nacen para espantar. Algunas vienen a recordarnos que la noche se respeta, que no todo lo que camina tiene sombra y que el exceso siempre cobra factura.
El Cadejo no corre. No ladra. Solo acompaña… hasta donde uno puede llegar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular
