
A su mercé, permítame ajustar el sombrero y aclarar la garganta —aunque ya no tenga carne que la sostenga— para llevarle a uno de los corazones más palpitantes de Occidente. El Mercado San Juan de Dios, también llamado Mercado Libertad, no solo alimenta cuerpos desde hace décadas: alimenta miedos, rumores y silencios que se heredan como las recetas de familia.
Inaugurado a finales de los años cincuenta, levantado donde antes hubo encierro y castigo, este mercado —el más grande techado de América Latina— parece haber guardado algo más que mercancía entre sus columnas. Porque hay lugares que, aunque se remodelen, jamás olvidan lo que fueron.
Y cuando el reloj rebasa las nueve, cuando el último locatario baja la cortina y el eco se queda solo… ahí comienza la verdadera historia.
Al caer la noche, el mercado respira distinto
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que los veladores juran que el aire se vuelve pesado, como si alguien —o algo— caminara detrás de uno sin tocar el suelo. En el pasillo de las verduras, dicen, aparece una niña de cabello largo, a veces riendo, a veces pidiendo ayuda con una voz tan suave que hiela la sangre. No corre. No grita. Solo está ahí… y desaparece cuando uno parpadea.
Otros aseguran haber visto al antiguo carnicero, aún con delantal manchado, moviendo cuchillos y ganchos de acero, como si siguiera atendiendo un turno que jamás terminó. Hay quienes juran haber visto al hombre de los ojos blancos paseando por los pasillos acompañado de sus dos perros. Y no falta quien jure haber visto a una mujer de vestido largo, o tal vez solo su cabello interminable arrastrándose por el suelo, perdiéndose entre los pasillos cerrados.
Los sonidos tampoco descansan: cajas que se arrastran solas, murmullos donde no hay nadie, risas apagadas, golpes secos en locales cerrados con candado. Los más viejos recomiendan no investigar. “El mercado cobra caro la curiosidad”, dicen.
Tratos humanos… y otros no tanto
Pero no todo el miedo viene del más allá. Hay historias —susurradas, nunca dichas en voz alta— de comerciantes que aceptaron mercancía barata, de prestamistas con sonrisas gordas y ojos vacíos, de deudas que no se pagan con dinero sino con silencio, trabajo forzado o desapariciones convenientes.
Guardias nocturnos han contado persecuciones en pasillos oscuros, luces encendidas donde no debería haberlas, voces que ordenan “apúrate” antes de desvanecerse. Y siempre, siempre, alguien más poderoso ordenando: no te metas.
Niños, ladrones y sombras
Hay también relatos de carteristas organizados, de niños usados como distracción, de advertencias escritas a mano dejadas entre mercancía. Quien habla, pierde. Quien ve demasiado, se va. Y quien se queda… aprende a mirar al suelo.
La zona de lo oculto
No ayuda, claro está, que el mercado albergue una de las zonas más concurridas de hierbería, brujería y productos esotéricos. Veladoras encendidas “por si acaso”, ramos de ruda, imágenes de la Virgen de Guadalupe colocadas estratégicamente para ahuyentar lo que no se ve, pero se siente.
Tras el incendio del 31 de marzo de 2022, al que muchos llamaron “el día que ardió el segundo corazón de la ciudad”, algunos juraron que las presencias se intensificaron. Como si el fuego hubiera despertado memorias que dormían entre el concreto.
Mire usted, mis queridas almas lectoras: no todo fantasma lleva sábana ni arrastra cadenas. Algunos visten de camisa de cuadros, otros de uniforme, otros de sonrisa amable. Y hay lugares —como este mercado— donde los vivos pueden ser más peligrosos que los muertos.
El verdadero espanto no siempre aparece flotando: a veces firma pagarés, otras ofrece descuentos imposibles, y muchas más exige silencio como moneda de cambio.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
