
Cada vez que uno visita un panteón, el aire se vuelve distinto.
No es miedo lo que se respira… es quietud. Esa paz solemne que los vivos deseamos para nuestros muertos cuando decimos, casi como rezo aprendido: “Que en paz descanse”.
Pero no todas las almas lo logran, mis queridas almas lectoras.
Algunas se aferran tanto a lo que fueron, a lo que amaron, a lo que perdieron… que se quedan suspendidas entre este mundo y el otro, caminando entre lápidas como si el tiempo se hubiera detenido.
Eso ocurre —dicen— en el panteón de García, Nuevo León, donde una niña llamada Rebeca aún cumple con su labor… aunque lleve años enterrada.
La historia que dio origen a la leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace muchos años, en el municipio de García, vivía una mujer cuya vida giraba por completo alrededor de su hija pequeña. La mujer enfermó gravemente, y pese a rezos, promesas y médicos, la muerte se la llevó.
La niña jamás aceptó aquella realidad.
Dicen que hablaba con la tumba, que esperaba escuchar su voz entre el viento del camposanto. La tristeza la fue consumiendo lentamente, hasta que, poco tiempo después, ella también murió… no de enfermedad, sino de pena.
La niña que abre la puerta
Quienes han visitado el panteón a deshoras cuentan algo inquietante. Al tocar la puerta para pedir acceso, una niña les da acceso y ellos en agradecimiento le dan unas monedas por el servicio.
Mientras caminan por el panteón, un hombre mayor se acerca, los mira fijamente y pregunta con voz clara:
—¿Y a ustedes quién los dejó entrar?
Los visitantes comentan que una niña los dejo pasar, el hombre les comenta que esa niña es su nieta, al preguntar por ella, recibieron una respuesta que heló la sangre:
—Se llamaba Rebeca… y lleva diez años muerta.
Rebeca, la guardiana eterna
Rebeca tenía la costumbre, en vida, de ayudar abriendo la puerta del panteón. A cambio, recibía unas monedas, dulces o pequeños juguetes.
Tal vez por eso —dicen— su alma no entendió que ya no debía quedarse.
Hoy, frente a su tumba, la gente deja muñecas, carritos, trompos y monedas, con la esperanza de que la niña encuentre al fin la paz que no halló ni en vida ni en muerte.
Algunos afirman haberla visto caminar entre las criptas. Otros, sentada cerca de la entrada, esperando a los visitantes como lo hacía cuando respiraba.
Ay, mis queridas almas lectoras…
No hay cadena más pesada que el apego. Ni al oro, ni a la casa, ni siquiera al amor, cuando se vuelve negación de la realidad.
La historia de la niña Rebeca nos recuerda que hasta el amor, si no sabe soltar, puede condenar. Y que la muerte, por dura que sea, también forma parte del camino.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en el programa de televisión regiomontano Reportajes de Alvarado, conducido por el Lic. Eduardo Alvarado Ginesi, a partir del testimonio recopilado por Don Horacio Alvarado Ortiz.
