
Queridas almas lectoras,
en los pueblos mineros, donde la tierra se abre como herida profunda para arrancarle sus tesoros, también brotan tragedias que ni el tiempo ni la fe logran sepultar del todo. En Fresnillo, a los pies del cerro de Proaño, los viejos aún recuerdan el nombre de una mujer cuyo llanto obligó a los vecinos a cerrar puertas y ventanas antes de que el sol se ocultara.
No era miedo sin razón… era respeto por una pena que camina sin descanso.
La costumbre del mediodía
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace muchos años, cuando las catas del cerro de Proaño eran el corazón palpitante del pueblo, las esposas de los mineros caminaban cada día hasta las entrañas del cerro para llevarles la comida.
Llegaban con canastas cubiertas por manteles bordados, cargando cazuelas humeantes, jarros de agua fresca y dulces de piloncillo o coco. Era una escena sencilla, pero llena de amor: familias sentadas sobre la tierra pedregosa, compartiendo caldo de res, sopa de pasta, frijoles refritos y tortillas envueltas para conservar el calor.
Entre todas las mujeres destacaba Agustina.
Iba siempre bien arreglada, con el cabello largo adornado con listones de colores. Sus arracadas de oro brillaban con la luz del mediodía y su sonrisa era tan dulce como el pan recién salido del horno. Su esposo era minero, y junto con sus hijos, formaban una familia respetada y querida.
De lunes a viernes, aquel almuerzo era casi un ritual sagrado.
Hasta que un día… el destino decidió romper la mesa.
La traición
Dicen que una tarde, Agustina llegó antes de la hora acostumbrada. Caminó con su canasta entre las piedras y los túneles, pensando quizá en la sonrisa de sus hijos o en la sopa caliente que llevaba.
Pero antes de que su esposo la viera, ella lo vio a él.
El minero se despedía amorosamente de una jovencita de rostro bonito y cintura ligera. Sus manos hablaban más que cualquier palabra.
A Agustina se le heló el corazón.
No gritó.
No lloró.
No dijo nada.
Se tragó el coraje como quien traga brasas encendidas.
Se acercó, le entregó la canasta y compartieron la comida en silencio, como si nada hubiera pasado. Pero el veneno ya estaba dentro.
Días después, el minero terminó de romper lo que quedaba.
Le dijo, sin rodeos, que ya no fuera a llevarle comida. Que tenía otra mujer.
El salto al abismo
Aquellas palabras fueron como un golpe de mina directo al pecho. Agustina perdió la razón.
Sin escuchar a nadie, sin ver a sus hijos, corrió hacia las catas del cerro de Proaño. Sus listones de colores ondeaban al viento mientras subía por las rocas, como si la tierra misma quisiera detenerla.
Pero nadie detuvo a Agustina.
Se arrojó a una de las profundidades del cerro, perdiéndose en la oscuridad de la mina. Su cuerpo destrozado fue encontrado días después y enterrado como manda la santa costumbre.
Los hijos quedaron al cuidado de unos parientes en el barrio del Potrero Azul.
El pueblo siguió su vida… y poco a poco la tragedia se fue olvidando.
O al menos eso creyeron.
El llanto al anochecer
Una fría tarde de enero, cuando el sol apenas se escondía tras los cerros, los vecinos del rumbo de Las Delicias escucharon algo que les heló la sangre.
Era un grito.
Un lamento desgarrador.
Una mujer corría por las calles, vestida con ropas elegantes, con el cabello largo adornado con listones. Iba de un lado a otro, llorando como alma en pena.
—¿Qué será de mis hijos?
¡Ay de mis hijos!
Quienes la vieron juraron que era Agustina.
Desde entonces, el pueblo empezó a llamarla Agustina, la Llorona, y se volvió costumbre cerrar puertas y ventanas al caer la noche. No por superstición… sino por prudencia.
Porque hay penas que no se resignan.
Y madres que nunca dejan de buscar.
Mire usted, la traición es como un tiro mal dado en la mina: puede no hacer ruido, pero deja la grieta abierta para siempre. Y cuando el dolor no encuentra consuelo, se vuelve sombra, se vuelve eco… se vuelve leyenda.
Por eso los viejos decían: “Más vale una verdad amarga que una mentira que empuje a alguien al abismo”.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Leyendas de Zacatecas
recopilación tradicional.
