
Las cascadas siempre han sido lugares de misterio. El agua que cae sin descanso parece borrar huellas, secretos y pecados antiguos. En muchos rincones de México, donde el rumor del río se mezcla con la bruma nocturna, la imaginación del pueblo ha tejido historias que sobreviven generación tras generación.
Una de ellas habita en la cascada conocida como El Salto, donde el estruendo del agua no solo ahoga palabras… también esconde lamentos.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en noches de luna llena, cuando el vapor del agua se vuelve neblina y el reflejo plateado tiembla sobre las rocas, puede verse a una mujer vestida de blanco caminando junto al río. Es de figura esbelta, rostro imposible de distinguir y larga cabellera negra que cae como sombra sobre su espalda.
No camina… dicen que se desliza.
No pisa… jamás deja huellas en el lodo.
Quienes la han observado desde lejos coinciden en algo inquietante: su presencia es silenciosa, pero su tristeza es palpable. Algunos sostienen que no es otra que la Llorona, extraviada entre barrancos y corrientes; otros, más prudentes, aseguran que se trata de un alma distinta, atrapada en el eco perpetuo del agua.
La noche de los jóvenes
Hace ya varios años, un grupo de muchachos llegó a la cascada con la intención de nadar y pasar el día entre risas. El sol se ocultó sin que lo notaran y, seducidos por la luna llena, decidieron quedarse un rato más. El aire nocturno era fresco, el rugido del agua constante y la oscuridad parecía inofensiva.
Fue entonces cuando la vieron.
Una mujer solitaria se aproximaba a la orilla de la cascada. Su figura contrastaba con la espuma y la luz lunar. El asombro dio paso a la curiosidad… y la curiosidad al atrevimiento.
Uno de los jóvenes, intentando ocultar su nerviosismo, le habló con voz temblorosa:
—Eres muy bella.
La mujer giró lentamente.
Pero no había rostro.
O quizá sí lo había… solo que la mente de los testigos se negó a comprenderlo.
Un chillido desgarrador brotó de su figura, un grito que no parecía humano y que se mezcló con el estruendo del agua hasta convertirse en un eco imposible de olvidar. El grupo huyó sin mirar atrás, tropezando entre piedras y maleza.
El miedo que no se va con el amanecer
El susto no terminó esa noche.
Los jóvenes enfermaron sin causa aparente. No comían, no dormían y las pesadillas los perseguían con la imagen de la mujer y su grito. Fue necesaria la intervención de una curandera, quien con hierbas, rezos y humo de copal les realizó una barrida que, poco a poco, devolvió la calma.
Desde entonces, ninguno regresó a la cascada después del anochecer.
El misterio que permanece
Nadie ha podido explicar quién es la mujer de blanco que se aparece en El Salto. Algunos dicen que fue víctima de un amor traicionado; otros, que murió arrastrada por la corriente en tiempos remotos. También hay quienes creen que la cascada misma guarda un espíritu protector, una presencia que se manifiesta para recordar que la naturaleza no debe ser desafiada.
Sea cual sea la verdad, el lugar sigue envuelto en una atmósfera de respeto y cautela. Al caer la noche, el murmullo del agua parece pronunciar palabras antiguas… y en ocasiones, un lamento que hiela la sangre.
Mire usted… el agua tiene memoria.
Lo que en ella cae, no siempre se pierde; a veces permanece, repitiéndose como un susurro eterno. Por eso, en los ríos y cascadas conviene caminar con respeto, porque donde el hombre ve belleza, el tiempo puede esconder tragedia.
Y ya ve… la curiosidad es buena compañera de día, pero en la noche suele llevar de la mano al miedo.
Basado en la obra Leyendas de Michoacán
Ediciones Horus
