
Mis queridas almas lectoras, hay ciudades que parecen haber sido construidas para guardar secretos.
Algunas los esconden entre las piedras de sus templos, otras bajo las raíces de sus árboles centenarios, y unas cuantas, las más antiguas, prefieren ocultarlos detrás de los balcones de sus viejas casonas.
Así es Córdoba, tierra de huertos fragantes, de cafetales eternos y de memorias que se niegan a morir.
Y entre todos sus relatos, ninguno ha viajado tanto ni ha despertado mayor curiosidad que el de una mujer cuya hermosura parecía inmune al paso del tiempo.
Una ciudad donde floreció el misterio
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que, cuando la villa de Córdoba apenas comenzaba a escribir su historia, ya se hablaba de una mujer distinta a todas las demás.
Aquella tierra había nacido para defender el camino de Veracruz de los asaltantes y de los negros cimarrones que sembraban temor entre los viajeros.
Con el paso de los años, la villa prosperó, sus jardines daban mangos y limones, sus calles veían pasar comerciantes, soldados y religiosos.
Sin embargo, hubo un nombre que terminó por eclipsar a todos.
La Mulata.
Nadie sabía de dónde había venido, nadie conocía a sus padres.
Y nadie podía explicar por qué, mientras todos envejecían, ella seguía siendo joven.
La mujer que nadie podía comprender
Era hermosa. Pero no era solamente su belleza la que inquietaba a los hombres.
Era su mirada, era su sonrisa, era la tranquilidad con que caminaba entre las calles sin temer a nadie.
Los jóvenes suspiraban por ella, los caballeros más ricos deseaban conquistarla, los militares le prometían fortuna, los comerciantes joyas. Pero a ninguno correspondía.
Aquello bastó para que la imaginación del pueblo comenzara su trabajo.
Unos aseguraban que había entregado su alma al demonio.
Otros juraban que a medianoche una luz rojiza salía de su casa.
Más de uno decía haberla visto cruzando los tejados como si el viento mismo la llevara.
Pero también existía otra versión. La de quienes la conocían de cerca.
La mujer que ayudaba a los necesitados
Curiosamente, aquella supuesta hechicera jamás faltaba a misa.
Socorría enfermos.
Consolaba viudas.
Alimentaba pobres.
Visitaba moribundos.
Y cuando alguien enfrentaba un problema imposible, acudía a ella.
Las muchachas que deseaban marido.
Los comerciantes arruinados.
Los soldados retirados.
Los abogados sin clientes.
Los médicos sin enfermos.
Todos llegaban a buscar su ayuda, y todos regresaban agradecidos.
Tan grande fue su fama que comenzó a decirse una frase que todavía hoy sobrevive entre nosotros.
—¡Ni que fueras la Mulata de Córdoba!
Como quien pide un milagro. Como quien espera lo imposible.
El pecado de ser diferente
No existe enemigo más peligroso que la envidia.
Y cuando una persona destaca demasiado, siempre aparecen quienes desean verla caer.
Algunos dijeron que poseía riquezas ocultas.
Otros afirmaron que un hombre rechazado había jurado destruirla.
Y hubo quien aseguró que el mismo demonio la protegía.
Bastó una denuncia.
Bastó un rumor.
Bastó el miedo.
Y la Mulata fue llevada ante el Santo Oficio.
Las cárceles de la Inquisición eran famosas por arrancar confesiones.
Pocas personas entraban en ellas sin perder la esperanza.
Pero aquella mujer parecía conservar una tranquilidad desconcertante.
Como si supiera que ningún muro podía detenerla.
El navío dibujado en la pared
Pasó el tiempo. Llegó la víspera de su juicio.
Un carcelero abrió la puerta del calabozo y entonces vio algo extraordinario.
Sobre la pared, hecho con un simple trozo de carbón, aparecía el dibujo de un magnífico navío.
Tan perfecto que parecía dispuesto a zarpar.
La Mulata preguntó:
—Decidme… ¿qué le falta a ese barco?
El hombre respondió:
—Nada… salvo que pueda navegar.
Ella sonrió.
—Pues eso tiene remedio.
Dio un paso.
Subió al dibujo.
Y el navío comenzó a moverse.
Primero lentamente.
Después con rapidez.
Sus velas parecieron inflarse con un viento invisible.
Y ante la mirada horrorizada del guardián, aquella embarcación atravesó la pared del calabozo.
En un instante desapareció.
La prisión quedó vacía.
Y la Mulata jamás volvió a ser vista.
El destino de la hechicera
Las versiones fueron muchas.
Que el demonio vino por ella.
Que huyó hacia lejanas tierras.
Que cruzó los mares.
Que llegó hasta Manila.
Que nunca existió.
Y hasta hubo quien aseguró que el pobre carcelero terminó perdiendo la razón, hablando día y noche de un barco imposible que navegaba bajo las calles de la Nueva España.
Lo cierto es que nadie volvió a capturar a la Mulata.
Y quizá ese sea el verdadero encanto de esta historia.
Porque hay leyendas que no necesitan explicar sus misterios.
Les basta con permanecer vivas.
El eco de los siglos
Todavía hoy, cuando alguien logra aquello que parecía imposible, el pueblo recuerda a aquella mujer.
La que nunca envejecía.
La que ayudaba a pobres y enfermos.
La que fue llamada bruja y hechicera.
La que desafió al poder más temido de su tiempo.
Y la que convirtió un simple dibujo en la más extraordinaria de las fugas.
Tal vez la Mulata nunca pactó con el demonio.
Tal vez únicamente tuvo el valor de vivir sin pedir permiso.
Y eso, en ciertas épocas, era considerado el mayor de los pecados.
Decían los antiguos que el miedo suele disfrazarse de justicia y que la envidia acostumbra llamarse virtud. Pero también enseñaban que ninguna reja es suficientemente fuerte para encarcelar a quien tiene la conciencia tranquila y el espíritu libre.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Luis González Obregón, Las Calles de México, 1924.
