
Mis queridas almas lectoras, hay calles por las que uno camina con el paso ligero y la mirada baja, no porque sean oscuras, sino porque guardan recuerdos que el tiempo jamás pudo enterrar. En la ciudad de León, Guanajuato, existe una esquina donde los vecinos aún bajan la voz al mencionar lo ocurrido. Allí, donde alguna vez hubo una funeraria y donde las velas alumbraron una noche imposible, se cuenta una historia que ha pasado de boca en boca como un carbón encendido.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hubo un hombre que vendió su tranquilidad por el poder, y cuando llegó la hora de pagar su deuda, el mismo Diablo vino a cobrarla.
Una vida entregada a las sombras
Hace muchos años vivió un hombre llamado Elpidio, aunque otros le conocían simplemente como el brujo. Había nacido en San Francisco del Rincón, pero terminó estableciéndose en lo que hoy es Barrio Arriba, en León.
No era un hombre cualquiera. A su puerta acudían personas desesperadas, amantes abandonados, comerciantes arruinados y enemigos sedientos de venganza. A unos les prometía fortuna, a otros amores imposibles y a muchos más les ofrecía desgracias para sus rivales.
Poco a poco comenzaron los rumores, que hablaba con seres de la oscuridad.
Que conocía antiguos conjuros, que el propio Lucifer caminaba a su lado.
Como dicen los viejos: quien juega con brasas termina oliendo a humo.
El pacto que nadie debía aceptar
Con el paso del tiempo, la fama del brujo fue creciendo y también el temor de sus vecinos. Se decía que había realizado un pacto terrible.
Mientras estuviera vivo tendría riquezas, poder y conocimientos vedados para los hombres comunes. A cambio, cuando llegara la muerte, su cuerpo y su alma pertenecerían al Señor de las Tinieblas.
El propio hechicero jamás negó aquellos rumores. Al contrario, parecía aceptar con tranquilidad el precio que algún día tendría que pagar.
Y cuando sintió que la muerte se acercaba, llamó a su madre, su última voluntad fue sencilla y escalofriante.
Pidió ser colocado en un humilde ataúd de madera y jamás ser enterrado en un camposanto, tal vez sabía lo que estaba por ocurrir.
La velación del brujo
El miedo era tan grande que nadie quiso velar al difunto. Ni amigos, ni clientes, ni aquellos que habían obtenido favores gracias a sus hechizos. Solo su anciana madre se ocupó de darle el último adiós.
Encontró un pequeño cuarto perteneciente a la funeraria conocida como Cristo Rey y allí colocó el ataúd, acompañado únicamente por unas cuantas veladoras y algunos familiares que acudieron más por compromiso que por cariño.
Llegó la medianoche, el silencio era tan profundo que podía escucharse el crepitar de las velas. Entonces alguien decidió comenzar un rezo.
Y al hacer la señal de la cruz…
Todo cambió.
La noche en que el Diablo llegó a León
El cuarto entero se estremeció.
Las paredes parecieron respirar.
El aire se volvió pesado y un viento inexplicable apagó algunas veladoras mientras otras crecían con furia.
Las llamas alcanzaron el ataúd.
El cuerpo del brujo comenzó a arder.
Los presentes, aterrados, huyeron despavoridos.
Nadie quiso mirar atrás.
Dicen que algunos alcanzaron a escuchar pasos pesados.
Otros aseguran haber oído una risa profunda.
Y hubo quien juró distinguir una enorme sombra inclinándose sobre el féretro.
Pasó el tiempo.
El fuego terminó por extinguirse.
Con el corazón encogido, los familiares regresaron.
Pero el ataúd estaba vacío.
No había restos.
No había cenizas.
No había cadáver.
Solo el olor del humo y el silencio, el Diablo había cumplido el pacto.
El eco que permanece en las calles
Los años pasaron, la funeraria desapareció.
Las bardas fueron derribadas y el lugar cambió de apariencia.
Pero las historias permanecieron.
Los vecinos de la calle 20 de Enero y Cuauhtémoc cuentan que por las noches se escuchan golpes y ruidos extraños.
Hay quienes sienten una presencia detrás de ellos.
Otros prefieren cambiar de banqueta.
Y algunos afirman que, en ciertas madrugadas, una sombra alta y oscura permanece inmóvil observando la esquina donde ocurrió la velación.
Nadie puede asegurar qué sucedió aquella noche.
Pero tampoco hay quien explique el misterio del cadáver desaparecido.
Los viejos decían que toda deuda encuentra cobrador y que ninguna riqueza obtenida por malos caminos dura para siempre. El que vende su conciencia por una ventaja pasajera puede terminar perdiendo aquello que ni todo el oro del mundo puede recuperar: su propia alma.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la tradición oral de León, Guanajuato, y en recopilaciones periodísticas y populares sobre «La Velación del Brujo» y «El Diablo en la Funeraria de León».
