
En las inmediaciones del pueblo de San Andrés Tlalnelhuayocan, donde la neblina se arremolina como si fuera dueña del paisaje y los cerros parecen custodios antiguos del silencio, se alza una loma cuyo nombre despierta curiosidad y recelo: El Cerro del Estropajo.
En otros tiempos, el lugar era conocido por su sencillez. Árboles generosos sostenían enredaderas que regalaban estropajos naturales, y las familias acudían con canastas y risas a recolectarlos. Era un sitio de trabajo humilde, de charlas campesinas y tardes doradas por el sol.
Mas el tiempo —ese viejo bromista— cambió la fama del cerro. Y lo que antes fue tierra de cosecha, terminó siendo terreno de susurros.
El cerro que cambió de rostro
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hubo un momento en que el Cerro del Estropajo dejó de ser únicamente un paraje rural para convertirse en escenario de encuentros nocturnos que nadie se atrevía a explicar del todo.
Aunque la loma se encuentra detrás del Seminario Mayor y cerca de lo que hoy es la colonia UCIS-VER, la aparente cercanía con la vida cotidiana no impidió que el misterio se instalara en sus senderos. Por el contrario, esa proximidad volvió más inquietante lo que comenzaba a contarse.
Los martes y viernes, cuando la noche cae como un manto espeso, algunas personas aseguran haber visto grupos subir con discreción. No eran paseantes ni peregrinos. Eran figuras envueltas en ropajes poco comunes, portando objetos que reflejaban la luz como si cargaran rituales antiguos.
Antorchas en la penumbra
Quienes han espiado desde la distancia —porque el miedo siempre se mezcla con la curiosidad— describen escenas difíciles de olvidar.
Antorchas encendidas dibujaban sombras gigantes en la vegetación. Grandes hogueras ardían como si el cerro reclamara un corazón de fuego. Los participantes, dicen, formaban círculos mientras entonaban cantos que el viento llevaba cuesta abajo en fragmentos incomprensibles.
Algunos hablan de invocaciones. Otros prefieren llamarlo ceremonias. Pero todos coinciden en un detalle: el ambiente parecía cargado de una energía que erizaba la piel.
El aquelarre que estremeció al cerro
Con el paso de las horas, la reunión se transformaba. La solemnidad inicial cedía lugar a una atmósfera febril. Música, danza y movimientos rituales daban forma a lo que los más viejos describen como un verdadero aquelarre.
El fuego iluminaba rostros concentrados, mientras el eco de tambores y voces se confundía con el crujir de la loma. Era una celebración que oscilaba entre lo espiritual y lo terrenal, entre la fe torcida y el deseo de poder.
Al amanecer, el cerro recuperaba su silencio. Sólo quedaban cenizas, huellas dispersas y la certeza de que algo había ocurrido.
El misterio que se desplaza
Con el crecimiento urbano y la llegada de nuevas viviendas, los encuentros parecieron desvanecerse del Cerro del Estropajo. Pero la tradición oral asegura que no desaparecieron… simplemente migraron.
Los mismos grupos habrían buscado nuevas lomadas, otros rincones apartados donde la noche siga siendo cómplice y el fuego continúe hablando en lenguajes antiguos.
Así, el cerro conserva su reputación: no como un sitio maldito, sino como un lugar donde la frontera entre lo visible y lo oculto se volvió demasiado delgada.
Decía mi abuelo —y el viejo tenía más arrugas que certezas— que no todo lo que ocurre en la noche es maligno, pero sí profundamente humano. El deseo de entender lo inexplicable ha llevado a hombres y mujeres a encender fogatas en cerros, a murmurar palabras secretas y a buscar respuestas donde la razón no alcanza.
Quizá el Cerro del Estropajo no sea más que un espejo de esa inquietud eterna: la necesidad de tocar lo invisible, aunque el precio sea vivir con el murmullo del misterio.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Alberto Espejo
Sonido del Agua y la Arena. Historias, cuentos y leyendas de Xalapa 3ª ed. ilust. reimp. (2013)
