
Mis queridas almas lectoras… arrime su silla al rescoldo de la lumbre (o al brillo triste de una vela, si la modernidad ya le robó el fogón). Saltillo tiene un centro histórico que no se deja domar: calles que crujen bajo el paso, cantera que guarda secretos, y una casa que parece traída en barco desde otra isla, con aires de Europa y corazón norteño.
Ahí está: la Casa Purcell, con su porte neogótico, su fachada rara —como si el viento del Atlántico se hubiera equivocado de destino—, y ese silencio de edificio viejo que no está vacío… aunque se mire vacío. Hoy la recorren visitantes por arte y cultura; ayer la recorrieron familias de apellido extranjero, con costumbres de té, vitrales, chimeneas y relojes que ya no quieren volver a latir.
En Saltillo…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cuando cae la noche en la calle Hidalgo, la Casa Purcell se endereza, como quien vuelve a ponerse el sombrero frente al espejo.
Que primero es un detalle: un crujido en la escalera, un suspiro que no pertenece a nadie, el parpadeo de una lámpara que jura estar bien. Y luego, lo otro: pasitos pequeños, carreras breves, risitas que nacen y mueren antes de que uno alcance a persignarse.
Y si el caminante se detiene, si mira con terquedad hacia la reja o al ventanal oscuro, dicen que ve —por un instante nomás— a unos niños: no de carne y travesura, sino de sombra y recuerdo. Están ahí como quien juega sin saber que el tiempo se acabó… y cuando usted pestañea, ya no están.
Hay quien asegura algo peor, más raro y más difícil de inventar: llamas azules. No fogonazos rojos de candil ni reflejos de farol: azul, como fuego frío. Azul, como si la casa respirara un relámpago por la boca. Azul, como si alguna culpa vieja se prendiera sola para avisar que “aquí hubo vida… y aquí quedó algo”.
La casona y su dueño: un irlandés con pulso de hierro
Antes de que le meta yo espanto hasta en las costillas, pongamos el piso firme: Guillermo Purcell Hallinan, irlandés de nacimiento, llegó al norte de México siendo joven y terminó por levantar un imperio comercial. En Saltillo, su nombre se volvió sinónimo de negocio grande: comercio, banca, minería, agricultura… una visión de esas que no caben en una libreta de apuntes, sino en toda una época.
La casa —según las versiones históricas más citadas— se construyó a inicios del siglo XX (con registros que suelen ubicar su levantamiento entre 1905–1908 y referencias frecuentes a 1906 como año clave de construcción). Lo cierto es que, para cuando Saltillo aún olía a polvo de camino y a comercio de mostrador, ya se alzaba ese “castillo” urbano a unos pasos de la Catedral y la Plaza de Armas.
Dicen también —y esto ya es cuchicheo de sala y pasillo— que don Guillermo no la disfrutó como debía: la muerte no respeta arquitectura, ni fortuna, ni apellido. Su cuerpo fue trasladado y velado en la misma casa, y desde ahí, la historia empezó a agarrar ese sabor de leyenda que tanto nos gusta… y tanto nos inquieta.
Helen O’Sullivan y las hijas: la educación inglesa en el corazón de Coahuila
La familia no era poca cosa. Don Guillermo se casó con Helen O’Sullivan (a veces escrita O’ Sullivan), y tuvieron ocho hijos: dos varones y seis mujeres. Los varones murieron sin descendencia; una de las hijas falleció siendo niña; dos se casaron y se fueron a Inglaterra; y tres permanecieron solteras, de modo que el apellido Purcell, con los años, se fue apagando como vela sin repuesto.
Pero antes del apagón, hubo rutina:
- Vestidos sobrios.
- Modales de misa dominical.
- Y ese ritual sagrado que a mí me da risa (de buena): el té de las cinco, servido como si Saltillo fuera Londres y no el norte bravo.
Y aquí es donde la casa deja de ser “edificio” y se vuelve “personaje”. Porque la gente no le teme a la cantera… le teme a lo que la cantera recuerda.
Las noches del Instituto: cuando lo cultural se vuelve susurro
Hoy la Casa Purcell funciona como Centro Cultural (también vinculada al Instituto Municipal de Cultura en relatos locales), con exposiciones temporales y espacios para actividades artísticas. Es decir: de día hay luz, voces, pasos normales, y el murmullo civilizado de quien va a aprender algo bonito.
Pero de noche… ay, de noche cambia el trato.
Trabajadores y visitantes han contado que se escuchan ruidos inexplicables, objetos que parecen moverse sin mano, sombras que cruzan aunque el pasillo esté solo, y —como hilo conductor— la sensación de que alguien “custodia” cada sala. Un equipo de investigación paranormal incluso afirma que la energía se siente más densa en ciertas habitaciones y que el sótano concentra una presencia particular.
¿Y quiénes serían esas “guardianas”? Muchos apuntan a las hermanas O’Sullivan / Purcell, caminando con calma, como si siguieran cuidando la casa, como si aún tuvieran pendientes que ni la muerte les firmó.
El sótano, la “respiración” de la casa y el rumor de túneles
Toda casa vieja tiene entrañas. Y las entrañas, cuando son profundas, inventan historias solas.
La Casa Purcell tiene sótano amplio (mencionado en testimonios y recorridos). Ahí, cuentan, se guardaban objetos personales; ahí también se habla de “energía” que sube como humedad, pero en vez de mojar pared… moja el ánimo.
Y luego está el tema que a los curiosos les encanta: túneles. En Saltillo circula desde hace tiempo el rumor de pasajes subterráneos; algunos recorridos y testimonios modernos hablan de estructuras que pudieron ser norias, respiraderos o conductos naturales. La leyenda, claro, lo agranda: “túneles bajo la casa”, “caminos ocultos”, “rutas para secretos”. Y como toda leyenda bien nacida, mezcla verdad posible con imaginación inevitable.
Una estampa para imaginar la aparición
Permítame pintarle una escena, como lo hacían los abuelos:
Usted entra a la casa cuando ya cerraron al público. No hay exposición, no hay guía, no hay risas. Nomás vitrales oscurecidos, madera vieja, y un reloj inmóvil que parece estar escuchando.
En la sala donde un día hubo velorio, el aire pesa. No es frío: es serio. Como si la casa recordara que ahí se lloró de verdad.
Entonces suena algo arriba: dos golpecitos, como de tacón leve… o como de juguete que cae. Usted se ríe nervioso, porque el miedo educado siempre intenta hacerse chiste.
Y al dar vuelta, en el reflejo del cristal, ve pasar una silueta femenina: sombrerito, velo fino, postura recta. No corre. No espanta con brincos. Espanta con presencia.
Cuando usted voltea… no hay nadie. Pero queda el olor: té, polvo antiguo y esa cosa rara que sólo conocen las casas que han visto demasiado.
Mis queridas almas lectoras… no todas las casas “embrujadas” lo están por demonios ni por maldiciones de opereta. Algunas lo están por algo más simple y más tremendo: por memoria.
Una casa como la Purcell juntó vida, disciplina, pérdidas, viajes, partidas y regresos. Juntó niños jugando temporadas felices, adultos cuidando negocios, mujeres que envejecieron con costumbres de otro mundo. Y cuando todo eso se va… el eco se queda.
Así que si alguien le dice “yo vi a las hermanas caminando”, no se burle. Y si usted no cree, tampoco pasa nada: el miedo no es obligación, pero el respeto a la historia… ése sí es de buena crianza.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
