
La Huasteca es tierra de neblina temprana, de ríos que murmuran y cerros que guardan secretos. Allí, entre milpas y senderos que huelen a hojas húmedas, el tiempo parece detenerse para escuchar lo que dicen los mayores. Son relatos que explican la furia del cielo, el llanto de la tierra y la eterna relación entre el hombre y lo divino.
Entre esos cuentos que se deslizan como lluvia sobre teja vieja, sobrevive la memoria del Hombre Mám, figura misteriosa que fue bendición y castigo para los habitantes de los llanos.
El hombre de la milpa eterna
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que Hace muchísimos años, en la cima del cerro Tamáb, vivía una pareja sin hijos. Su vida era sencilla: la milpa, el viento y el silencio de la montaña. Pero había algo que despertaba murmullos entre la gente del valle.
Mientras en los llanos la sequía marchitaba las cosechas y los ríos adelgazaban hasta parecer hilos de barro, la milpa del hombre del Tamáb florecía verde y generosa todo el año. El maíz crecía como si la tierra lo protegiera con cariño secreto.
Y como suele ocurrir entre mortales, donde hay abundancia ajena nace la envidia.
La sospecha de los llanos
Los habitantes del valle decidieron esperar al hombre cuando bajara a vender su maíz. Le preguntaron con insistencia por qué a él lo bendecía la lluvia y a ellos no. El campesino respondió con calma, pero sus palabras no convencieron.
Lo tomaron por embustero y lo encerraron.
Pasaron días hasta que el gobernador lo interrogó. Entonces el hombre prometió algo imposible: si lo dejaban libre, enviaría la lluvia que tanto necesitaban. Nadie lo creía, pues ignoraban su verdadera naturaleza.
Aquel campesino no era un hombre común. Era un Mám, un señor de las tormentas.
La promesa cumplida… y la ingratitud
Liberado, regresó al Tamáb y contó a su esposa lo ocurrido. Ella, comprensiva, aceptó el compromiso. Esa misma tarde, las nubes descendieron y la lluvia acarició los llanos.
Pero la gratitud dura poco en el corazón inquieto. Los habitantes querían más agua, más caudal, más certeza de cosecha. Y así, una madrugada subieron al cerro para exigir explicaciones.
El Mám no estaba. En su lugar hallaron a la mujer, a quien maltrataron con palabras y empujones, culpándola de una lluvia que consideraban insuficiente.
La furia del cielo
Al regresar, el Mám encontró a su esposa llorando. La injusticia pesó más que la compasión. Entonces levantó la mirada al cielo y llamó a las nubes.
La tormenta descendió con furia desconocida.
Llovió por días enteros. Los ríos rugieron como bestias y las aguas arrasaron casas, caminos y memorias. Aquello que pidieron con avidez se convirtió en su desgracia.
El juicio divino
Desde lo alto, Dios observaba. Envió emisarios para llevar al Mám al cielo. El señor de las tormentas intuía el regaño y dudó en acudir, pero finalmente rindió cuentas.
La sentencia fue clara: debía aprender a usar su don con bondad. Como castigo, fue enviado a las tierras del norte, donde el frío y la soledad templarían su carácter. Su esposa quedó en el Tamáb, guardiana de la milpa.
Mas el castigo no logró apaciguar su corazón. La distancia lo volvió rencoroso.
Dicen que desde entonces, cada año, el Hombre Mám provoca los huracanes que azotan las costas. No obstante, cuando visita el Tamáb, deja lluvias suaves y fértiles para que el maíz siga creciendo junto a su amada.
Quien escucha esta historia entiende que la naturaleza no es enemiga ni aliada: es reflejo del equilibrio. Pedir demasiado puede convertir la bendición en castigo, y la ingratitud suele despertar tormentas más feroces que el viento.
Tal vez por eso los abuelos enseñaban a mirar el cielo con respeto… y a agradecer cada gota que cae.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente
Basado en la obra de Homero Adame
Mitos, relatos y leyendas del estado de San Luis Potosí
