
Mis queridas almas lectoras, arrímense al fuego tenue de esta narración y escuchen con atención, pues no toda hazaña se escribe en mármol ni toda valentía descansa en paz. Hay nombres que el viento arrastra entre las sierras, y uno de ellos, pronunciado con respeto y un dejo de incredulidad, es el de aquel hombre al que llamaron “El Pachón”.
La sangre que no se rinde
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que Encarnación Ortiz, conocido como “El Pachón”, fue uno de los más fieros y decididos insurgentes que dio la tierra de Guanajuato. Oriundo de San Felipe, su nombre era sinónimo de arrojo, de esos hombres que no conocen la rendición, pues antes entregan la vida que someterse al enemigo.
Se le veía cabalgar entre montañas y veredas, cruzando torrentes y barrancos, siempre al frente de sus hombres, desafiando el hambre, el cansancio y la muerte. Era astuto en la emboscada, veloz en la maniobra y brutal en el asalto, un verdadero espectro de guerra para los realistas que, en más de una ocasión, vieron sus filas quebrarse ante su ímpetu.
Su refugio predilecto era un sitio conocido como La Mesa de los Caballos, enclave natural donde las tropas virreinales jamás lograron doblegarlo… hasta aquel día en que la fortuna, caprichosa como suele ser, decidió darle la espalda.
El día en que la muerte se quedó esperando
Cuentan que, tras una traición o descuido, los realistas lograron penetrar la única entrada del monte que El Pachón había defendido durante años. Lo sorprendieron a él y a sus hombres en condiciones miserables: sin armas, sin municiones y debilitados por el hambre.
Pero lo que parecía una captura segura se tornó en una escena imposible de olvidar.
Al verse rodeado, El Pachón montó su brioso caballo y, perseguido sin tregua, llegó al borde de un barranco tan profundo que parecía abrirse como la boca misma del inframundo. Sin vacilar, sin mirar atrás, levantó la rienda… y lanzó a su corcel al vacío.
El caballo descendió entre riscos y zarzas, golpeando, rebotando, desgarrándose la piel contra la piedra, en una caída que parecía no tener fin. Era un descenso feroz, imparable, como el curso de un destino que ya ha sido escrito.
Sin embargo, y he aquí lo que aún hiela la sangre de quien lo escucha, el jinete y su caballo llegaron al fondo… ilesos. Como si fueran una sola pieza, como si la muerte hubiera decidido apartarse a su paso.
Desde lo alto, los enemigos contemplaron atónitos aquella hazaña, incapaces de comprender si habían presenciado un acto de valor o un pacto con fuerzas que escapan al entendimiento humano.
Cuando la patria pesa más que la vida
Mas la historia no termina en aquel barranco.
Años después, cuando la lucha por la independencia aún sacudía la tierra mexicana, El Pachón marchaba junto a los dragones de Guanajuato bajo el mando insurgente. En medio de una feroz batalla, un cañón quedó inutilizado entre el fango, rodeado de fuego enemigo.
Fue entonces que, con voz firme, ordenó avanzar para rescatarlo, pues consideraba que aquella pieza de artillería valía tanto como la vida misma de sus hombres.
Se lanzó al frente, tirando del cañón bajo una lluvia de balas, hasta que el plomo enemigo le atravesó el pecho. Cayó, sí… pero cayó con la frente en alto, coronado por la gloria que sólo los valientes conocen.
Dicen que, al enterarse de su sacrificio, se ordenó que su nombre fuera llamado en lista como si aún viviera, pues hombres así no mueren… se vuelven leyenda.
Un nombre que aún resuena
En las serranías de Guanajuato, todavía hay quienes aseguran que, en noches de viento inquieto, puede escucharse el galope de un caballo descendiendo por pendientes imposibles. Otros dicen haber visto una figura erguida entre la niebla, vigilante, como si aún defendiera su tierra.
Porque hay almas que no descansan, no por condena… sino por lealtad.
Hay hombres que nacen para vivir… y otros que nacen para ser recordados. Y entre ambos destinos, el más pesado no es el de morir, sino el de sostener el honor hasta el último aliento.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Agustín Lanuza, libro «Romances, Tradiciones y Leyendas Guanajuatenses» 1908
