
Mis queridas almas lectorasn cuando el sol comienza a rendirse detrás de los cerros y la penumbra se desliza como un suspiro sobre los ríos del norte, hay historias que despiertan… historias que no pertenecen del todo a este mundo.
En el municipio de Zaragoza, Nuevo León, donde el agua aún guarda ecos de tiempos antiguos, se murmura una leyenda tan hermosa como peligrosa. Una historia que habla de cantos que embrujan… y de promesas que, al romperse, cuestan la vida.
El río que guarda secretos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que, mucho antes de que el bullicio del turismo llegara a El Salto, aquel paraje era un santuario natural… un rincón apartado donde el agua corría libre y el silencio tenía peso.
Dicen que no siempre fue tierra lo que pisamos… que en tiempos remotos aquello fue mar. Y si el mar habitó esas tierras, ¿quién podría asegurar qué criaturas quedaron atrapadas en su memoria?
Entre esas historias, se habla de una guardiana… una hija del río.
Una presencia que no envejece. Una voz que no olvida.
El canto bajo la luna
Una tarde, cuando la luna comenzaba a trepar el cielo, un hombre caminaba solo por las cercanías del río, el murmullo del agua lo envolvía… pero no era lo único.
Había un canto. Dulce… lejano… irresistible.
A cada paso, aquel canto parecía más claro, más cercano, más… íntimo. Como si lo llamara por su nombre sin pronunciarlo.
El hombre, sin darse cuenta, dejó de caminar… y comenzó a seguir.
La cueva y la revelación
Guiado por aquella melodía, el hombre llegó hasta una cueva escondida entre la roca y la vegetación, y ahí la vio.
Primero, apenas un destello…
Luego, una silueta…
Y finalmente, la verdad.
No era mujer… ni bestia… sino ambas.
Una figura de belleza imposible: cabello largo como la noche, mirada profunda como el abismo… y en lugar de piernas, una cola brillante como la de un pez.
Una sirena.
Pero no de mar…
Sino de agua dulce.
La hija del río
Aquella criatura no mostró agresividad… ni miedo.
Habló.
Le dijo que era hija del río, que era su guardiana, que su existencia no debía ser revelada.
Su canto no era un accidente…
Era una elección.
Lo había llamado, pero no para dañarlo… sino para advertirle.
Antes de marcharse, cuentan que le dio un beso… un beso frío, como el agua profunda… y le hizo prometer silencio.
El secreto que no sobrevivió
Pero ay… el hombre es débil cuando el asombro le desborda el alma, aquel hombre bajó al pueblo… y habló.
Contó de su belleza, de su voz, de su existencia.
Y como ha ocurrido tantas veces en estas tierras…
No vivió mucho después de hacerlo, dicen que murió sin explicación clara… como si el río reclamara lo que le pertenecía.
Y así, su historia se convirtió en advertencia.
La guardiana que aún observa
Oculta entre las corrientes del Río Blanco, vigilante, eterna.
Algunos dicen que aún canta en las noches claras…
Otros… que ya no canta tanto, entristecida por lo que el hombre ha hecho con su entorno.
Porque si algo deja esta historia, mis buenas almas… no es solo miedo.
Es tristeza.
Y mire usted… no todo espanto viene a asustar, hay algunos que vienen a cuidar.
Antes, los ríos eran sagrados… se respetaban. Hoy, el hombre los ensucia, los rompe, los olvida.
Tal vez… solo tal vez… estas leyendas no nacieron para entretener… sino para recordarnos que no somos dueños de la tierra.
Que somos… apenas visitantes.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla. Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Testimonio compartido en el programa Reportajes de Alvarado, conducido por el Lic. Eduardo Alvarado Ginesi, con la participación de la cronista del municipio, Elvira Reina.
