
Mis queridas almas lectoras, dicen los viejos que hay historias que no pertenecen del todo a los vivos, pues son susurros prestados de quienes aún vagan sin descanso entre este mundo y el otro. Y entre todas esas voces que atraviesan la noche, hay una que ningún oído olvida, una que hiela la sangre y detiene el paso del caminante: el lamento de aquella a quien llaman, con temor y tristeza, La Llorona.
Mas en esta ocasión, no es el pueblo quien habla… sino la propia ánima en pena, quien, en un acto poco común, decidió romper el silencio y pedir justicia a su manera.
La inesperada visita
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cuando el doctor Jaime Zúñiga Burgos se hallaba al borde de concluir su obra sobre fantasmas y aparecidos, una presencia no invitada cruzó el umbral de su estancia. No hubo golpe en la puerta ni aviso alguno; simplemente, como si el aire se hubiera vuelto más frío, ella estaba ahí.
Era La Llorona. No como la cuentan las habladurías, sino como una mujer cargada de un dolor antiguo, con mirada profunda y una súplica que no cabía en palabras comunes.
Reclamaba algo sencillo y a la vez imposible: ser escuchada.
El doctor, hombre de letras y razón, intentó disuadirla. Le dijo que su historia ya había sido contada demasiadas veces, que su figura era conocida hasta el cansancio. Pero hay verdades que, por repetidas, no dejan de doler… y otras que, por no ser dichas correctamente, condenan al alma a seguir penando.
La súplica de una madre
Fue entonces que, con voz quebrada por siglos de angustia, La Llorona imploró que se le concediera tan solo unos minutos. No pedía redención ni consuelo, sino algo más humano: la oportunidad de contar su propia versión.
Porque, como bien dicen los abuelos, “no hay peor injusticia que ser juzgado por palabras ajenas”.
El doctor, conmovido quizá más por el peso invisible del sufrimiento que por sus argumentos, accedió. Y así comenzó una de las confesiones más estremecedoras que haya cruzado el umbral entre la vida y la muerte.
Una vida antes del lamento
La mujer habló de un tiempo distinto, cuando México aún vestía otros rostros y otras costumbres.
Se describió como hija de una familia honrada, criada en principios de rectitud y caridad. Su vida, en aquellos días, era sencilla pero digna. Conoció al hombre que sería su esposo, y en él creyó ver reflejados los mismos valores.
Formaron un hogar. Tuvieron dos hijos, criaturas que eran su orgullo y su razón de existir.
Quien ha sido madre lo sabe: el amor por un hijo no se mide, se respira. Y ella, como tantas, vivía para verlos crecer.
El inicio de la oscuridad
Mas no hay dicha que no tiemble cuando la desgracia acecha en silencio.
El marido, antes afable, comenzó a tornarse extraño. Los celos y la bebida —compañeros peligrosos— lo fueron consumiendo poco a poco.
Las palabras dulces se volvieron reclamos. Los reclamos, insultos. Y los insultos, golpes.
La casa, que antes era refugio, se transformó en un sitio de angustia.
Y como suele suceder en los hogares donde reina el miedo, el sufrimiento se volvió costumbre.
“Hay dolores que no hacen ruido, pero desgastan el alma”, diría cualquier anciano que haya visto de cerca la vida.
La noche que lo cambió todo
Llegó entonces la noche que marcaría el destino de todos.
El hombre regresó más perturbado que nunca, cuchillo en mano, con los ojos encendidos de locura y el espíritu dominado por una oscuridad que ya no le pertenecía.
Cerró la puerta. Nadie saldría.
Tomó al hijo mayor… y sin vacilar, comenzó a herirlo ante la mirada impotente de su madre.
El niño murió entre súplicas silenciosas.
Luego fue la niña. Y el horror se repitió con mayor crueldad.
No hay palabras suficientes para describir ese momento, porque hay tragedias que el lenguaje rehúye por misericordia.
La mujer, rota por dentro, ya no era del todo de este mundo cuando el hombre finalmente la alcanzó. Su cuerpo cayó… pero su alma, dicen, ya vagaba en un grito eterno.
El nacimiento del lamento
Desde entonces, lo único que quedó fue un eco.
Un eco que se repite sin cesar en calles, ríos y caminos:
“¡Ay, mis hijos!”
Pero no es un lamento de culpa, como muchos creen. Es un grito de búsqueda, de desesperación, de amor que no encontró descanso.
Ella no robó niños, ni fue invención de ladrones ni engaño de supersticiones.
Es, según sus propias palabras, una madre condenada a vagar hasta encontrar a aquellos que le fueron arrebatados.
Y si a veces se deja ver —flotando, sin tocar el suelo— es porque su dolor ha crecido tanto que necesita ser escuchado.
El eco que aún resuena
Recorre ciudades sin descanso: Querétaro, Pachuca, México, Guanajuato…
No distingue fronteras ni calendarios.
Han pasado más de doscientos años —o quizá más— y su búsqueda continúa.
Dicen que hay noches en que su presencia se vuelve más intensa, cuando la tristeza se desborda y su figura se vuelve visible entre la bruma.
Y en esos instantes, quien la escucha no olvida jamás ese lamento que parece venir desde lo más profundo del tiempo.
Hijo, recuerda siempre que el dolor mal contado se convierte en leyenda, pero el dolor comprendido se vuelve enseñanza. No juzgues sin conocer, porque hasta las sombras guardan verdades que la luz ignora.
Si te gusto este extracto y quieres conocer la platica completa, te invito a que adquieras el libro «De Fantasmas, aparecidos y una plática con la llorona» obra el Dr. Jaime Zúñiga Burgos, Cronista del estado de Querétaro y del municipio del Marques.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra del Dr. Jaime Zúñiga Burgos, Cronista del estado de Querétaro y del municipio del Marques.
Libro: De Fantasmas, aparecidos y una plática con la llorona.
