
Mis queridas almas lectoras cuando el viento húmedo del río acaricia los muros de ladrillo rojo y el eco de los barcos se pierde entre la bruma, hay edificios que no solo resguardan mercancías del pasado… sino también presencias que jamás se marcharon. En el puerto de Tampico, se levanta la antigua aduana como testigo de tiempos porfirianos, elegante y solemne, pero cargada de susurros que no todos están dispuestos a escuchar.
El guardián del comercio y del misterio
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que aquel edificio de estilo inglés, firme junto al caudal del Río Pánuco, no solo llevó la cuenta de riquezas y mercancías, sino también de almas que nunca partieron.
Durante más de un siglo, la aduana vigiló el ir y venir del mundo moderno, pero sus paredes, como viejos confesores, guardaron más de lo que los libros registran. Hoy, convertida en sitio de visita, recibe curiosos que buscan historia… y a veces encuentran algo más.
El juego invisible
Cierto día, en la quietud de una mañana cualquiera, un guía se encontraba solo, dispuesto a tomar su alimento antes de iniciar su jornada. Fue entonces cuando, sin previo aviso, un pequeño objeto metálico rodó hasta sus pies.
No era piedra ni moneda… sino algo semejante a una canica.
Pensó en bromas humanas, como es costumbre entre vivos, pero al comprobar que no había nadie alrededor, comprendió que aquello no era travesura común.
Y es que, en ocasiones, lo invisible gusta de hacerse notar… con la inocencia de un juego.
“Niña, ¿con quién vienes?”
Días después, la inquietud se volvió certeza. Subiendo la escalera de herrería, el hombre observó a una niña de espaldas. Vestía como en tiempos antiguos: trenzas oscuras, moños encendidos, vestido con olanes y zapatos de broche.
Con voz firme, preguntó:
—Niña, ¿con quién vienes?
El silencio fue su única respuesta.
Repitió la pregunta… y entonces la figura comenzó a girar lentamente la cabeza, como si el tiempo mismo se negara a avanzar.
Dicen que no hay cosa más inquietante que aquello que se mueve sin prisa… cuando el alma exige huir.
Y así lo hizo el hombre, pues hay encuentros que no se enfrentan, sino que se sobreviven.
Los juegos que no terminan
Otros testigos han afirmado escuchar el rodar de canicas en los baños, pequeñas risas que parecen esconderse entre los muros, y pasos ligeros que no pertenecen a visitante alguno.
Una mujer, conocedora de lo oculto, aseguró que se trataba de dos niños: una niña y un pequeño compañero de travesuras.
Decía que no eran malignos… solo inquietos, como aquellos infantes que no conocen descanso.
Pues incluso en la muerte, hay quienes no abandonan sus juegos.
Un remedio de vieja sabiduría
Ante tales presencias, se recurrió a antiguas prácticas. Se recomendó dejar dulces, especialmente aquellos que guardan una pequeña pasa en su interior, como ofrenda silenciosa para apaciguar a los pequeños espíritus.
Y así fue. Las molestias cesaron.
Mas el misterio no terminó ahí, pues los dulces, al ser probados por otros, habían perdido todo sabor… como si alguien ya hubiese disfrutado de ellos.
He ahí una verdad que no necesita explicación: lo que se ofrece al más allá, rara vez vuelve intacto.
Hay espíritus que no buscan asustar, sino recordar que alguna vez fueron vida. Y si juegan, es porque quizá nunca aprendieron a despedirse.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Francisco Ramos Alcocer.
