
Mis queridas almas lectoras… pocas criaturas provocan tanto respeto y desasosiego como el alacrán, ese pequeño guardián de la noche que, oculto entre las piedras, parece esperar el momento justo para recordar al hombre su fragilidad. En tierras de Durango, donde el calor abrasa la tierra y las sombras se alargan con misterio, existe un relato antiguo que no solo explica su origen, sino que advierte sobre los peligros del deseo y la debilidad del espíritu.
El sacerdote y su promesa
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que… existió un hombre llamado Yappan, sacerdote de fama intachable, cuya voluntad parecía más firme que la piedra misma. Decidido a purificar su alma, se retiró a la sagrada roca de Tehuéhuetl, donde juró vivir en absoluta sobriedad y castidad, alejándose incluso de su esposa, Tlahuitzin.
Se decía que su disciplina era tal, que ni el viento osaba perturbar sus rezos, ni la noche lograba sembrar dudas en su espíritu. Pero bien se sabe —como decía mi abuelo— que el corazón humano, por más firme que se crea, siempre guarda una rendija por donde se cuela la tentación.
La prueba de los dioses
Las divinidades, intrigadas por la fortaleza de Yappan, decidieron someterlo a una prueba final. Enviaron a Tlazolteotl, diosa del amor impuro, con la encomienda de quebrar su voluntad.
Y bastó apenas un instante… un suspiro, una mirada… para que el sacerdote, que había resistido al mundo, sucumbiera sin remedio. Cayó en los brazos de la diosa con la misma rapidez con la que una vela se apaga al menor soplo.
El castigo inevitable
Al descubrir su falta, los dioses no mostraron piedad. Enviaron a Yaotl, enemigo de Yappan y figura tan oscura como el propio Tezcatlipoca, para ejecutar el castigo.
Sin misericordia, el verdugo descendió sobre él y su esposa. En un instante, sus vidas fueron segadas… sus cuerpos cayeron al suelo, sin cabeza, tendidos con los brazos abiertos como si imploraran perdón a un cielo que ya no escuchaba.
La transformación bajo la piedra
Pero la muerte no fue el final. Como suele suceder en estos relatos que huelen a eternidad y castigo, el verdadero destino apenas comenzaba.
Yappan fue transformado en el primer alacrán negro, condenado a arrastrarse por la tierra que antes contemplaba desde lo alto de su penitencia. Su esposa, Tlahuitzin, fue convertida en uno rojizo, como reflejo del ardor de su culpa.
Lleno de vergüenza, el nuevo ser huyó y se ocultó bajo la piedra de Tehuéhuetl, aquella misma que había sido testigo de su promesa… y de su caída. Desde entonces, se dice que los alacranes habitan bajo las rocas, esperando en silencio, como almas castigadas que no encuentran descanso.
El legado del veneno
En Durango, aún hoy, muchos miran con recelo a estos pequeños habitantes de la tierra. No los ven solo como animales, sino como recordatorios vivientes de una historia antigua, donde la traición a uno mismo se paga con un destino eterno.
Dicen que su picadura arde como el fuego de Xiuhtecuhtli y que su presencia guarda relación con Mictlantecuhtli, señor de los muertos. Quizá por ello, cada encuentro con un alacrán es más que un accidente… es un susurro del pasado que se niega a morir.
El hombre puede engañar al mundo entero, pero jamás a su propia conciencia… y mucho menos a los dioses que observan en silencio.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente
Basado en la obra de Mario Villagrán, México Tierra de Leyendas.
