
Mis queridas almas lectoras… hay oficios que, por la constancia del hombre, parecen resistirse a morir. Tal es el caso del panadero, que antes de que el gallo cante ya ha encendido el fuego y amasado la esperanza en forma de pan. Pero existen lugares donde ese trabajo no termina ni con la muerte, donde el horno sigue caliente… aunque ya no haya manos vivas que lo atiendan.
Una vida marcada por la rutina y el cansancio
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que… allá por el año de 1954, en una panadería de la calle Soconusco, en la colonia Aguacatal de Xalapa, trabajaba un joven repartidor cuya jornada comenzaba antes de que la aurora insinuara su luz. A las cuatro en punto debía iniciar el reparto, mas la debilidad del sueño lo vencía noche tras noche, provocando retrasos que encendieron el disgusto de su patrón.
Fue entonces cuando el dueño, hombre de carácter rígido como pan endurecido, le impuso una condición: dormir dentro de la panadería para evitar nuevas tardanzas. Y así, sin más remedio, el muchacho aceptó su destino.
El origen del conflicto: la noche encerrada
Aquella noche, tras cerrar el establecimiento con candados firmes, el patrón dejó al joven dentro. El silencio se apoderó del lugar, interrumpido apenas por el eco lejano de la ciudad dormida. El muchacho subió al zarzo, aquella bodega junto al horno, y con lonas de azúcar improvisó su lecho.
Mas no había de encontrar descanso.
El momento sobrenatural: cuando el horno despertó
Apenas comenzaba a entregarse al sueño, cuando un estruendo lo sacudió: un bote de manteca cayó con violencia, y la báscula comenzó a sonar como si manos invisibles pesaran ingredientes en la oscuridad. El joven, dominado por el temor, fingió dormir, mas su cuerpo entero temblaba como hoja al viento.
Fue entonces cuando escuchó pasos… lentos, cuidadosos… ascendiendo por la escalera del zarzo.
El aire se volvió pesado, y antes de poder reaccionar, sintió cómo una lata de pan era colocada sobre su rostro. El grito que escapó de su garganta rompió el silencio, mientras aquella presencia se retiraba sin dejar rastro visible.
Los ruidos continuaron: murmullos, golpes, el incesante trajinar de una panadería que parecía seguir viva… sin estarlo.
El eco de los testigos y la incredulidad
El joven, vencido por el miedo y el cansancio, se acurrucó en la escalera hasta que el sueño lo alcanzó. Al despertar, el sonido de los candados al abrirse le devolvió el aliento. Bajó apresurado, solo para encontrar que todo estaba en su sitio: la báscula inmóvil, los utensilios intactos, como si nada hubiese ocurrido.
Mas cuando relató lo sucedido, sus compañeros no hicieron sino burlarse de él. Lo llamaron loco, soñador, exagerado. Y aunque continuó trabajando allí, jamás volvió a dormir en ese lugar.
No tardó en perder el empleo, víctima de sus tardanzas… y quizá también del miedo que se había instalado en su alma.
El hallazgo que dio sentido al horror
Pasaron los años, y el suceso quedó enterrado en la memoria, como tantos relatos que el tiempo pretende olvidar. Sin embargo, siete años después, durante la remodelación del establecimiento, los albañiles encontraron restos humanos bajo el suelo de la panadería.
Fue entonces cuando el susurro de la verdad se abrió paso entre los vivos: aquellos ruidos nocturnos no eran sino el eco de antiguos panaderos… hombres que, aun en la muerte, continuaban su labor entre harina, fuego y silencio.
Dicen los viejos que hay lugares donde el trabajo se vuelve condena, y el alma, por necedad o por pena, se queda donde más sufrió… o donde más vivió.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Alberto Espejo, Sonido del Agua y la Arena, 2013.
