
Mis queridas almas lectoras, existen historias que nacen entre los viejos caminos, allí donde la niebla cubre la carretera y los faros de los automóviles apenas logran abrirse paso entre la oscuridad. Son relatos que pasan de boca en boca como un murmullo incómodo, de esos que obligan a mirar dos veces el espejo retrovisor cuando se conduce de noche.
Veracruz, tierra húmeda y exuberante, siempre ha sido fértil para los espantos. Entre montañas cubiertas por neblina y pueblos atravesados por carreteras solitarias, abundan los cuentos de aparecidos, nahuales y criaturas que caminan entre el mundo de los vivos y el de las sombras. Y pocas historias causaron tanto temor como aquella de la misteriosa mujer rubia cuyos colmillos brillaban bajo la luz de la luna.
Porque hay bellezas que no fueron hechas para ser contempladas… sino para servir de advertencia.
El arribo de la mujer desconocida
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que alrededor de mayo de 1988 comenzó a verse, por distintos pueblos del sur de Veracruz, a una mujer cuya presencia parecía imposible de olvidar.
Decían que era alta, elegante y extraordinariamente hermosa. Su cabello rubio resaltaba entre la oscuridad de las carreteras veracruzanas y sus ojos parecían poseer un fulgor extraño, casi animal. Pero aquello que verdaderamente estremecía a quienes lograban verla de cerca eran las marcas en su cuello: dos profundas señales semejantes a mordidas… o quizá a colmillos.
Al principio, las historias surgieron en Minatitlán y Coatzacoalcos. Luego aparecieron rumores semejantes en Acayucan y San Andrés Tuxtla. Siempre era el mismo relato: conductores solitarios encontraban a una mujer pidiendo aventón en medio de la noche.
Y casi siempre, aquellos hombres no regresaban igual.
Las carreteras donde acechaba la bestia
Las historias crecieron como crece el fuego cuando encuentra pasto seco. Los taxistas comenzaron a negarse a trabajar después de cierta hora y muchos automovilistas preferían detener sus viajes antes de caer la medianoche.
Se decía que la mujer abordaba vehículos con una sonrisa seductora y una voz suave que parecía adormecer la voluntad. Algunos aseguraban haber percibido un perfume dulce y penetrante; otros afirmaban que el interior del automóvil se volvía inexplicablemente frío.
Pero el verdadero horror comenzaba cuando la pasajera inclinaba lentamente el rostro.
Entonces aparecían los colmillos.
Los cuerpos de algunas víctimas eran encontrados con terribles heridas en el cuello, como si una bestia salvaje hubiera descargado sobre ellos una furia imposible de explicar. Otros simplemente desaparecían sin dejar rastro.
Los viejos del camino comenzaron a llamarla “La Mujer Loba”, aunque algunos aseguraban que se trataba de una nahual capaz de adoptar distintas formas bajo la oscuridad de la noche.
Porque en México, mis queridas almas, siempre se ha sabido que ciertos seres conservan pactos antiguos con las sombras.
El miedo llegó a Xalapa
Con el paso de las semanas, los rumores alcanzaron la capital veracruzana. La presencia de la criatura comenzó a mencionarse en Plaza Cristal, Jardines de Xalapa, El Sumidero y diversas colonias cercanas.
El miedo se volvió costumbre.
Las familias procuraban regresar temprano a sus hogares. Después de las diez de la noche las calles quedaban silenciosas y vacías, como si toda la ciudad hubiese decidido encerrarse antes de que algo terrible despertara.
Muchos viajeros llevaban escapularios colgados al cuello. Otros rezaban La Magnífica mientras conducían. Algunos preferían no mirar a ninguna mujer solitaria al borde del camino, por temor a descubrir demasiado tarde aquellos dientes afilados.
Y es que cuando una leyenda logra que incluso los incrédulos recen en voz baja… deja de ser solamente una historia.
La huida de la mujer loba
Con la misma rapidez con la que apareció, comenzaron a circular rumores de su partida. Algunos afirmaban que la criatura había abandonado Xalapa y se dirigía hacia Guadalajara. Otros decían haberla visto cerca de antiguas carreteras rumbo al occidente del país.
Nadie pudo comprobarlo.
Pero todavía hubo quienes juraron encontrar huellas extrañas cerca de caminos rurales y escuchar, durante ciertas madrugadas, un aullido femenino mezclado con el viento.
Un sonido tan triste como salvaje.
Tal vez la mujer loba nunca perteneció realmente a ningún lugar. Quizá solamente seguía el rastro de los hombres imprudentes, avanzando de ciudad en ciudad bajo el cobijo de la noche.
Porque existen criaturas que no necesitan esconderse en cementerios ni castillos abandonados.
A veces basta una carretera vacía… y un conductor solitario.
Decían los antiguos que no todo peligro enseña las garras desde el principio. Hay males que llegan sonriendo y hablando con dulzura. Por eso el viejo sabio desconfiaba de las noches demasiado silenciosas y de las bellezas que aparecen donde nadie debería caminar solo.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Alberto Espejo, Historias, cuentos y leyendas de Xalapa, 2002.
