
Mis queridas almas lectoras, existen historias que nacen entre viejos callejones, otras junto a los panteones y algunas más en lugares donde menos se espera encontrar lo sobrenatural. Entre pupitres, patios escolares y corredores silenciosos surgió una leyenda que todavía provoca escalofríos cuando noviembre se aproxima.
En una escuela primaria de Guanajuato comenzó a hablarse de una misteriosa muñeca conocida como La Monita. Lo que al principio parecía un simple rumor infantil terminó convirtiéndose en uno de esos relatos que sobreviven al paso de los años, alimentados por testimonios, accidentes y sucesos difíciles de explicar.
La llegada de La Monita
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que la historia comenzó hace varias décadas, cuando los estudiantes empezaron a hablar de una pequeña muñeca que aparecía en distintos rincones de la escuela.
Nadie podía explicar con certeza de dónde había venido ni por qué su presencia generaba una sensación tan inquietante. Sin embargo, poco a poco comenzaron a surgir relatos de niños que aseguraban verla cerca de los lugares más oscuros y apartados del plantel.
Como suele decirse en los pueblos antiguos, cuando una historia es contada por demasiadas personas distintas, algo de verdad suele esconderse entre sus sombras.
El altar consumido por las llamas
Con la llegada de las festividades de noviembre, una maestra organizó un altar de muertos dentro de la escuela. Veladoras, flores y papel de colores adornaban el homenaje a quienes habían partido.
Pero durante un descuido ocurrió un accidente inesperado. Una de las veladoras cayó y las llamas comenzaron a extenderse por el altar.
Aunque el incidente tuvo una explicación lógica, muchos alumnos y algunos trabajadores aseguraron que aquello había sido provocado por La Monita. Desde entonces, la muñeca quedó asociada con sucesos desafortunados y acontecimientos difíciles de comprender.
La fama de aquel espíritu comenzó a crecer y el miedo se instaló entre los estudiantes.
La voz en los baños
Entre todos los relatos relacionados con La Monita, existe uno que continúa siendo recordado por quienes conocieron la historia de primera mano.
Una tarde, cuando la intendente realizaba sus labores habituales, escuchó claramente una voz infantil que pronunciaba su nombre una y otra vez.
—Claudia… Claudia… Claudia…
Sorprendida, la mujer se acercó para averiguar quién la llamaba.
La voz parecía provenir de uno de los cubículos del baño de niñas.
Al preguntar qué ocurría, una niña respondió que necesitaba papel higiénico.
Sin sospechar nada extraño, la señora acudió rápidamente a solicitar ayuda y regresó con lo necesario. Sin embargo, cuando volvió al baño y miró por la abertura de la puerta, descubrió que el lugar estaba completamente vacío.
No había ninguna niña.
No había pasos.
No había sonido alguno.
Sólo permanecía el silencio.
Dicen que aquella experiencia fue suficiente para que la mujer abandonara el lugar presa del terror.
Los pájaros y el extraño presagio
Con el paso de los años surgió otro elemento que hizo aún más inquietante la leyenda.
Algunos alumnos aseguraban que cuando La Monita aparecía, los pájaros descendían de los árboles cercanos y comenzaban a comportarse de manera extraña.
Las aves parecían reunirse alrededor de un mismo punto, emitiendo sonidos que nadie lograba interpretar.
Muchos llegaron a pensar que existía algún tipo de comunicación entre aquellas criaturas y el espíritu de la muñeca.
La superstición aumentó cuando varios accidentes escolares ocurrieron después de que algunos niños afirmaran haber visto a La Monita cerca del lugar.
Aunque nunca pudo comprobarse relación alguna, el rumor se extendió rápidamente y terminó convirtiéndose en parte inseparable de la leyenda.
El regreso de noviembre
Cada año, cuando las flores de cempasúchil vuelven a colorear los caminos y las campanas anuncian la temporada de los difuntos, la historia resurge con nueva fuerza.
Los estudiantes más pequeños escuchan los relatos de generaciones anteriores y aprenden que noviembre es el mes en que La Monita suele regresar.
Por ello, muchos niños acostumbraban rezar antes de entrar a clases o visitar el templo cercano para pedir protección.
Quizá se trate únicamente de una vieja tradición escolar.
O quizá, como aseguraban los ancianos de antaño, hay presencias que jamás abandonan por completo los lugares donde decidieron permanecer.
Las leyendas viven porque los pueblos las recuerdan. A veces no importa si fueron completamente ciertas o no; basta con que enseñen prudencia, respeto y memoria. Después de todo, quien ignora las historias de su comunidad corre el riesgo de olvidar también una parte de sí mismo.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Programa Integral de Impulso a la Lectura (PIIL), Leyendas de mi comunidad, 2018.
