
Mis queridas almas lectoras, hay árboles que ofrecen sombra, otros brindan frutos y algunos acompañan silenciosamente el paso de los siglos. Sin embargo, en las antiguas tierras del Mayab existen árboles cuyo destino parece distinto. Quien contempla ciertos ejemplares de chucum durante la temporada húmeda podría jurar que sus troncos derraman lágrimas verdaderas.
Los viejos narradores de Yucatán aseguraban que aquello no era simple obra de la naturaleza. Decían que aquellas lágrimas nacieron de una tragedia tan antigua que ocurrió cuando los dioses aún caminaban entre las nubes y el mundo apenas aprendía a existir.
Cuando los dioses gobernaban las aguas
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que, en los primeros días del mundo, el gran Noh Kú, el Sol Mayor, entregó a Yum Chaac, Señor de las Aguas, la responsabilidad de distribuir las lluvias, los ríos y toda fuente de vida sobre la Tierra.
Yum Chaac aceptó la encomienda con obediencia y dedicación. Para cumplir tan importante tarea contó con la ayuda de sus hijos: Noh Zayab, la Gran Corriente de Agua, y la hermosa Xbulel, conocida como Inundación.
Xbulel estaba casada con Yaax Kin, el Sol Joven, y juntos habían tenido una pequeña hija llamada Xhoné Há, cuyo nombre significaba Agua Interior.
Por entonces, el mundo parecía vivir en equilibrio y prosperidad.
La irresponsabilidad de los hijos de Yum Chaac
Aunque poseían un deber sagrado, Noh Zayab y Xbulel eran jóvenes y preferían los juegos antes que el trabajo.
Mientras los hombres elevaban súplicas porque los cultivos se secaban y los cenotes disminuían su caudal, los hermanos se escondían para divertirse lejos de la vigilancia de su padre.
Las quejas llegaron hasta los oídos de Noh Kú.
Entonces comenzaron a escucharse truenos capaces de estremecer montañas enteras.
Pero los jóvenes no comprendieron la gravedad de sus actos.
Hay un dicho antiguo que asegura que quien desprecia una pequeña obligación termina enfrentando una gran desgracia.
El día de la gran tormenta
Una mañana el cielo amaneció cubierto por nubarrones oscuros.
Los vientos rugían como bestias furiosas y los rayos surcaban el horizonte con una violencia jamás vista.
Presintiendo el peligro, Yum Chaac llamó a sus hijos.
Les ordenó vigilar cuidadosamente el curso de las aguas y proteger especialmente a la pequeña Xhoné Há.
Los hermanos prometieron obedecer.
Pero apenas se alejaron de su padre, volvieron a sus viejas costumbres.
Xbulel tomó a la niña consigo y se reunió con Noh Zayab para jugar cerca de un río.
Antes de comenzar sus diversiones, dejó a la pequeña dormida junto a un árbol de chucum, convencida de que allí permanecería segura.
La desaparición de Xhoné Há
La furia del cielo se desató entonces sobre la Tierra.
Las nubes se rompieron y una lluvia torrencial cayó sobre el Mayab.
Los ríos crecieron de manera descontrolada.
Una enorme ola golpeó a los hermanos y los arrastró varios metros.
Al recuperar el equilibrio, Xbulel recordó a su hija.
—¡Xhoné Há! —gritó desesperadamente.
Corrieron entre la lluvia buscando a la pequeña.
Revisaron uno por uno los árboles de chucum.
Buscaron detrás de cada tronco.
Escudriñaron entre los matorrales empapados.
Pero no encontraron más que charcos y silencio.
La niña había desaparecido.
El dolor de los dioses
Cuando Yum Chaac y Yaax Kin conocieron la noticia, el dolor se extendió por los cielos.
La tormenta había causado muerte y destrucción entre los hombres, pero ninguna pérdida resultaba tan amarga como la de la pequeña Xhoné Há.
Noh Kú también lloró la desaparición de su nieta.
El Sol Mayor comprendió que aquella tragedia era consecuencia directa de la negligencia de los hermanos.
Por ello ordenó que recibieran un castigo ejemplar.
El castigo eterno
Yum Chaac, con el corazón destrozado, llamó primero a Noh Zayab.
Lo condenó a convertirse para siempre en el agua escondida bajo la piel de la Tierra.
Desde entonces, según la tradición, las aguas subterráneas recorren la península de Yucatán formando cenotes, pozos y corrientes invisibles.
Después llamó a Xbulel.
La sentenció a transformarse en las inundaciones y en las tormentas que recorren el mundo buscando eternamente a la hija que abandonó.
Por eso, durante los temporales, los vientos parecen emitir largos gemidos de tristeza.
Los antiguos mayas decían que era Xbulel llamando desesperadamente a Xhoné Há.
El llanto de los árboles de chucum
Los árboles de chucum no tuvieron culpa alguna.
Sin embargo, quedaron ligados para siempre al recuerdo de aquella tragedia.
Desde entonces, cuentan los viejos relatos, estos árboles lloran.
Sobre sus troncos aparecen escurrimientos que semejan lágrimas abundantes descendiendo por la corteza.
Quien los contempla podría pensar que una lluvia reciente los ha mojado.
Pero los ancianos del Mayab saben otra cosa.
Dicen que los árboles continúan lamentando no haber podido proteger a la pequeña Xhoné Há aquella lejana tarde en que los dioses conocieron el dolor.
Las desgracias más profundas no suelen nacer de la maldad, sino de la irresponsabilidad. Quien descuida aquello que ama puede pasar toda la vida buscándolo entre las sombras. Y hay búsquedas, mis queridos lectores, que ni siquiera terminan con el paso de los siglos.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Luis Rosado Vega, El alma misteriosa del Mayab, 1998.
