
Mis queridas almas lectoras, hay puertos donde el mar guarda tesoros, otros donde esconde cadáveres y algunos, los más antiguos, conservan promesas y pecados que ni las olas consiguen borrar. Campeche es uno de esos lugares donde el viento parece conocer los nombres de los viejos corsarios y donde las campanas de los templos todavía recuerdan noches de sangre y de fuego.
No todos los hombres temen al demonio. Hay algunos que, por soberbia, creen poder desafiar hasta al mismo cielo. Esta es la historia de uno de ellos.
El muchacho que eligió el camino de las sombras
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hubo un joven llamado Román, nacido en una familia respetable de San Francisco de Campeche. Era fuerte, atrevido y tan audaz que el peligro parecía divertirle.
Cuando los piratas de Lorencillo asolaron la ciudad, el muchacho tomó una decisión que habría de condenar su destino. En lugar de esconderse, se unió a los invasores.
Peleó junto a ellos con tal fiereza que el propio jefe pirata decidió perdonarle la vida y convertirlo en uno de los suyos.
Dicen los viejos que el primer pecado cuesta trabajo, pero el segundo se comete con facilidad y el tercero ya parece costumbre.
La gloria maldita del corsario
Los años pasaron y Román se convirtió en un pirata temido.
Navegó por Belice y Sisal. Participó en incendios, saqueos y combates. Recibió una espada y una pistola como premio a su valentía.
Olvidó los huertos de naranjos de Campeche, las amistades de su infancia y hasta el rostro de aquella muchacha que alguna vez le sonrió.
Sin embargo, había una inquietud que lo perseguía.
En medio de las largas travesías descubrió a un grumete contemplando una pequeña imagen del Santo Cristo de San Román.
Entonces recordó su barrio natal.
Y comprendió por qué había escogido el nombre de Román como nombre de guerra.
El rival del Cristo Negro
El Santo Cristo de San Román era protector de los marinos y orgullo de Campeche.
Muchos navegantes afirmaban que detenía las tormentas y guiaba a los barcos perdidos hasta puerto seguro.
Pero Román no sentía devoción.
Sentía odio.
Creía que aquel Cristo era el único poder capaz de enfrentarse a sus maldades.
Tres veces atacó Campeche junto a Lorencillo.
Tres veces el barrio de San Román quedó a salvo.
Aquello alimentó su orgullo y decidió que algún día demostraría que ningún poder estaba por encima del suyo.
La noche del desafío
Llegó el trece de septiembre.
La oscuridad cubría el puerto y el viento del sureste agitaba las aguas.
Román desembarcó completamente solo.
Armado únicamente con un cuchillo de mar, atravesó el atrio y penetró en el templo.
Dos grandes cirios iluminaban el altar del Santo Cristo.
El pirata subió decidido.
Sus manos tocaron el gran clavo que sujetaba los pies de la imagen.
Con una mano se sostuvo de las rodillas del Crucificado y con la otra buscó el cuchillo que llevaba entre los dientes.
Quería herir al Cristo.
Quería dejar una marca eterna de su victoria.
Entonces ocurrió.
Las rodillas de la sagrada imagen comenzaron a temblar.
El equilibrio abandonó al corsario.
El terror, desconocido hasta para aquel hombre acostumbrado a la guerra, se apoderó de él.
El cuchillo cayó al suelo.
El estruendo despertó a los guardianes.
Y Román huyó.
El callejón que guarda el secreto
El pirata cruzó el atrio y se internó por el estrecho callejón que conducía hasta la playa.
Los guardianes lo siguieron.
Pero cuando llegaron, solo encontraron el rumor del mar.
Una pequeña embarcación se alejaba entre las sombras.
La vela se desplegó impulsada por el viento y el hombre desapareció en la noche.
Desde entonces aquel paso estrecho comenzó a ser conocido como el Callejón del Pirata.
Y algunos pescadores aseguran que, cuando el puerto duerme, todavía puede escucharse el eco de unos pasos apresurados huyendo del templo.
El regreso del pecador
Muchos años transcurrieron.
Un hombre maduro regresó a Campeche.
Su semblante era serio y sus cabellos mostraban las huellas del tiempo.
Venía arrepentido. Deseaba ayudar a mejorar la iglesia de San Román.
Cuando las obras concluyeron se organizó una procesión.
El benefactor salió de rodillas desde el callejón hasta el templo.
Llevaba en las manos un cuchillo de oro con empuñadura de rubíes. Lo ofreció al Santo Cristo como exvoto.
En la hoja podía leerse una sencilla frase.
«Nadie puede vencerte.»
Y cuentan que aquel hombre era Román.
El mismo pirata que había querido desafiar al cielo.
Los abuelos de antes decían que la valentía sin prudencia termina siendo soberbia, y la soberbia siempre encuentra un muro más alto contra el cual estrellarse. El hombre puede vencer a otros hombres, pero hay batallas que se libran contra la propia conciencia y esas suelen ser las más difíciles.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Pedro F. Rivas, Leyendas y Tradiciones Yucatecas, Tomo II, selección de Gabriel Antonio Menéndez, 1947.
