
Mis queridas almas lectoras, hay noches en que los aparecidos callan y los viejos libros son quienes toman la palabra. En ocasiones, los fantasmas no habitan en los panteones ni en las haciendas abandonadas, sino entre las páginas amarillentas de antiguos manuscritos que conservan ideas tan extraordinarias como los propios cuentos de espantos.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hubo un tiempo en que hombres de letras, estudiosos y viajeros creyeron haber descubierto el origen de los antiguos mayas. Decían que sus raíces no nacían únicamente en las selvas del Mayab, sino que se perdían en las lejanas riberas del Nilo, donde los faraones levantaban pirámides y los sacerdotes escribían misteriosos jeroglíficos.
Quizá la historia sea cierta o acaso solamente sea el sueño de una época. Mas ya decía mi abuelo que los hombres buscan sus orígenes con el mismo empeño con que buscan un tesoro enterrado: pocas veces encuentran oro, pero siempre hallan una buena historia.
El eco de una antigua tradición
A principios del siglo pasado, el escritor yucateco Manuel Rejón García, conocido como Marcos de Chimay, dio a conocer una curiosa recopilación de tradiciones mayas que despertó gran interés entre sus contemporáneos.
Según relataba, una antigua narración indígena hablaba de Ac Ahau, personaje venido de lejanas tierras, quien cantaba himnos sagrados acompañándose del tunkul y celebrando un gran río que, al desbordarse, fertilizaba los campos.
Aquella descripción hizo pensar al autor en el río Nilo.
La semejanza le pareció tan notable que decidió seguir el rastro de aquella idea, preguntándose si los antiguos pobladores del Mayab podían haber llegado desde las tierras egipcias.
Así comenzó una de las teorías más singulares que conoció el Yucatán de principios del siglo XX.
El río que unía dos mundos
Los antiguos viajeros solían creer que el mundo estaba lleno de señales ocultas. Un monumento semejante, una palabra parecida o una costumbre compartida podían ser indicios de un parentesco remoto.
Marcos de Chimay observó que las antiguas construcciones mayas y las egipcias poseían cierto aire de familia. Las pirámides parecían desafiar al tiempo con una solemnidad semejante. Los jeroglíficos de ambas culturas alimentaban la imaginación de los investigadores. Algunas voces indígenas y ciertos relatos antiguos parecían tender puentes entre pueblos separados por océanos.
Con el entusiasmo propio de los hombres de su tiempo, el escritor reunió comparaciones arquitectónicas, referencias bíblicas y estudios de otros autores para sostener que los mayas descendían de antiguos egipcios que habían cruzado mares desconocidos.
Hoy sabemos que aquellas semejanzas no bastan para demostrar un parentesco histórico. Sin embargo, el valor de esta teoría no radica únicamente en sus conclusiones, sino en el enorme deseo de comprender los misterios del pasado.
El caballo que alimentó el misterio
Entre los argumentos más curiosos se encontraba uno que hoy resulta casi novelesco.
Los antiguos mayas no conocieron el caballo antes de la llegada de los europeos. Marcos de Chimay razonó que, si los supuestos emigrantes egipcios habían abandonado su tierra antes de que aquel animal se hiciera común, podrían haber llegado a América sin conocerlo jamás.
Para los investigadores modernos esta explicación carece de sustento arqueológico, pero para los estudiosos de hace más de un siglo era una pieza más del gran rompecabezas que intentaban resolver.
Así eran aquellos tiempos: una época en la que la historia, la religión, la arqueología y la tradición popular caminaban tomadas de la mano.
El sueño de los viejos investigadores
No debe juzgarse con demasiada severidad a los hombres del pasado.
Cuando Marcos de Chimay escribió estas páginas, muchos secretos del mundo maya permanecían ocultos. Gran parte de sus jeroglíficos no habían sido descifrados y las antiguas ciudades seguían cubiertas por la selva.
En aquellos años, algunos pensaban que América había sido poblada por egipcios, fenicios, atlantes o pueblos perdidos de la antigüedad.
La teoría de los mayas descendientes de Egipto nació precisamente en ese ambiente de curiosidad intelectual.
Más que una certeza histórica, representa el esfuerzo de una generación por responder una pregunta que ha inquietado a la humanidad desde siempre:
¿De dónde venimos?
Y acaso esa pregunta sea más antigua que las propias pirámides.
El legado de una vieja idea
El tiempo pasó y la ciencia siguió su camino.
Las investigaciones modernas mostraron que la civilización maya floreció de manera independiente en Mesoamérica y que sus extraordinarios conocimientos fueron fruto de un desarrollo propio.
Sin embargo, las antiguas teorías no desaparecieron del todo.
Permanecen en los libros, en las bibliotecas y en las conversaciones de quienes aman las viejas historias. Son parte del patrimonio cultural de México porque nos recuerdan cómo pensaban nuestros antepasados y cómo intentaban explicar los grandes misterios del mundo.
Al fin y al cabo, las leyendas no siempre buscan demostrar una verdad; muchas veces sólo desean conservar una pregunta.
Decían los viejos que quien deja de hacerse preguntas envejece antes de tiempo. Pero también advertían que no toda respuesta antigua debe tomarse por cierta. La sabiduría consiste en escuchar las voces del pasado sin dejar de aprender las del presente.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Manuel Rejón García (Marcos de Chimay), Leyendas y Tradiciones Yucatecas, Tomo II, selección de Gabriel Antonio Menéndez, 1947.
Nota del Cronista Garbancero: Esta narración fue recopilada por Manuel Rejón García (Marcos de Chimay) en 1905. Algunas interpretaciones corresponden a las creencias y conocimientos de su época y forman parte del patrimonio cultural y literario de Yucatán.
