
Mis queridas almas lectoras, hay ciudades que guardan sus secretos bajo la tierra y otras que los dejan vagar por sus calles cuando cae la noche. Guanajuato es una de ellas. Sus minas, callejones y antiguas casonas parecen haber aprendido a conservar los suspiros de quienes partieron sin descanso.
Entre todas las historias que he escuchado en mis andanzas, pocas me han dejado tan honda impresión como la del Conde de la Cadena. No se trata solamente de un hombre de carne y hueso que participó en los días más sangrientos de nuestra Independencia, sino de una sombra que, según los antiguos vecinos, todavía se niega a abandonar la Alhóndiga de Granaditas.
Y es que hay culpas tan grandes que ni la muerte consigue ocultarlas.
La víspera de la tormenta
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que la tarde del veintitrés de noviembre de mil ochocientos diez, cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas de Guanajuato, las campanas de la parroquia y los toques militares hicieron comprender a todos que el peligro estaba cerca.
Las fuerzas realistas del brigadier Félix María Calleja avanzaban hacia la ciudad, mientras los insurgentes, encabezados por Ignacio Allende y otros valientes caudillos, preparaban la defensa.
Aquellos hombres conocían la tierra que pisaban. Los cerros, las cañadas y los estrechos caminos de Marfil podían convertirse en aliados. Se cavaron barrenos en las montañas y se dispusieron enormes peñascos para cerrar el paso al enemigo.
Los viejos del lugar aseguraban que, durante aquellos preparativos, nadie hablaba en voz alta. El viento parecía llevarse las palabras y hasta las aves habían abandonado los riscos.
Porque cuando una tierra sabe que beberá sangre, guarda silencio.
El avance de los ejércitos
El amanecer del día siguiente trajo consigo el estruendo de tambores, caballos y fusiles.
Calleja, advertido de las trampas preparadas en los caminos, dividió sus tropas. Una parte siguió su avance por rutas menos peligrosas, mientras otra quedó bajo el mando de un hombre cuyo nombre el tiempo no habría de olvidar.
Era Manuel Flón, conocido como el Conde de la Cadena.
Se decía que era un militar de experiencia, de carácter severo y voluntad de hierro. Bajo sus órdenes, los soldados comenzaron a tomar las posiciones que protegían los cerros del sur de Guanajuato.
La lucha fue feroz. Los insurgentes resistieron con el valor de quienes saben que pelean por una causa mayor que sus propias vidas. Desde las alturas, el enorme cañón llamado «El Defensor de América» lanzaba sus proyectiles contra los invasores, mientras piedras, lanzas y viejas armas acompañaban la defensa.
A cada disparo parecía responder el eco de las montañas. A cada caída, otra mano tomaba el arma del compañero. Así combatían los mexicanos de aquellos días.
El cerro de San Miguel
Al caer la tarde, las fuerzas del Conde de la Cadena habían conseguido dominar el cerro de San Miguel.
Mientras tanto, Calleja avanzaba por otros frentes y la situación de los insurgentes se volvía desesperada.
Ignacio Allende comprendió entonces que permanecer en la ciudad significaría perderlo todo. Con profundo pesar ordenó la retirada.
No fue una decisión sencilla. Hay derrotas que se aceptan para poder librar otra batalla.
Sin embargo, algunos grupos permanecieron en sus posiciones, negándose a abandonar el combate.
Los cañones seguían tronando. Las montañas devolvían el estrépito de la guerra. Los barrancos comenzaron a llenarse de cuerpos.
Y cuando el humo se disipó, el paisaje entero parecía un inmenso camposanto. Los insurgentes habían sido vencidos.
Pero los ancianos de Guanajuato acostumbraban decir que aquel día no murió el espíritu de la libertad.
Sólo quedó sembrado entre las piedras, esperando mejores tiempos.
El origen de una sombra
Muchos pensaron que la batalla había terminado. Pero las desgracias humanas tienen la mala costumbre de llamar a otras mayores.
Aquella misma noche comenzaron a correr rumores por las calles. Se hablaba de venganzas, de odios antiguos.
De hombres dispuestos a cometer actos que ni el mismo demonio habría aconsejado.
Y entre el estrépito de los fusiles y el miedo de la población, el nombre del Conde de la Cadena comenzó a escucharse cada vez con más frecuencia.
Sin saberlo, Guanajuato estaba a punto de presenciar los episodios que convertirían a aquel militar en una de las figuras más temidas de su historia.
Y cuentan los viejos guardianes de la Alhóndiga que, desde aquella noche, la luna jamás ha querido iluminar sus patios con la misma tranquilidad de antes…
Porque hay lugares donde la guerra termina. Y hay otros donde el rencor permanece haciendo guardia.
La noche en que la cordura abandonó Guanajuato
Después de la retirada de los insurgentes, una pesada incertidumbre cayó sobre Guanajuato. Las puertas comenzaron a cerrarse antes de que anocheciera, las madres llamaban a sus hijos y hasta los perros parecían ladrar a las sombras.
Corría de boca en boca la noticia de que el ejército realista pronto entraría a la ciudad y que nadie escaparía a su castigo. Los rumores crecían como la llama en un pastizal seco, alimentados por el miedo y la desesperación.
En aquellos momentos apareció un hombre llamado Lino, platero de oficio y de ánimo turbulento, quien comenzó a recorrer plazas y callejones encendiendo el furor del pueblo.
Aseguraba que, una vez tomada la ciudad, los españoles presos en la Alhóndiga se unirían a Calleja para exterminar a los habitantes.
Verdad o mentira, el miedo suele prestar oídos a quien habla más fuerte.
Y como decían los abuelos: «Cuando el temor se sienta a la mesa, la prudencia sale por la puerta.»
La tragedia de la Alhóndiga
Las palabras de aquel hombre prendieron en los corazones alterados. Una multitud enfurecida se dirigió hacia la Alhóndiga de Granaditas.
Nadie parecía escuchar razones. Nadie parecía recordar que el odio tiene hambre insaciable.
Las viejas puertas del edificio cedieron al empuje de la multitud y el caos se apoderó del lugar.
Las armas brillaban bajo las antorchas. Los gritos se confundían con los ruegos.
La noche parecía estremecerse.
Muchos españoles que permanecían prisioneros encontraron entonces un trágico final. La violencia desbordó toda medida y el saqueo acompañó a la desgracia.
Años después, algunos ancianos aseguraban que las piedras del edificio conservaron durante mucho tiempo un extraño color oscuro que ni las lluvias ni el paso de los años consiguieron borrar del todo.
Porque las construcciones antiguas tienen memoria.
Y la piedra suele recordar aquello que los hombres desean olvidar.
Una ciudad esperando el castigo
Terminada la tragedia, las calles de Guanajuato quedaron sumidas en un silencio difícil de describir.
Las casas permanecían cerradas. Las ventanas apenas se entreabrían.
Las campanas parecían negarse a romper la oscuridad. Pocos se atrevían a caminar por las calles.
Cada familia esperaba noticias. Cada familia rezaba por los suyos.
Sin embargo, el destino todavía guardaba una prueba más amarga.
Aquella misma noche, las avanzadas realistas conocieron lo sucedido.
El brigadier Calleja recibió informes de la matanza. También los escuchó Manuel Flón, el Conde de la Cadena.
Los relatos hablaban de sangre, de cadáveres y de una ciudad fuera de control.
Dicen que el Conde permaneció largo rato en silencio.
Nadie supo lo que cruzó por su pensamiento. Algunos afirmaban que se enfureció.
Otros aseguraban que simplemente encontró el pretexto perfecto para dar rienda suelta a una crueldad que ya habitaba en su corazón.
El fraile que desafió a la guerra
Con la llegada del nuevo día, los soldados descendieron de las montañas y ocuparon la ciudad.
El estruendo de los cascos resonaba sobre las calles empedradas. Los vecinos cerraban las puertas al escuchar el paso de las tropas.
La derrota insurgente era un hecho. Entonces comenzó a hablarse de una terrible orden.
Se decía que las armas debían callar para dar paso al degüello. El castigo sería ejemplar.
El miedo se convirtió en pánico. Fue en aquel instante cuando un hombre de fe decidió enfrentar a los vencedores.
Fray José Belaunzarán salió al encuentro del Conde de la Cadena llevando únicamente un crucifijo entre las manos.
Los viejos cronistas cuentan que se plantó frente al militar sin temblar y le habló en nombre de Cristo, suplicándole que tuviera compasión de la ciudad y de sus habitantes.
Aquella escena quedó grabada en la memoria popular. De un lado, un religioso armado solamente con su fe.
Del otro, un soldado victorioso rodeado de hombres y fusiles. El fraile recordó al Conde que todo poder es pasajero y que algún día habría de rendir cuentas ante el juicio eterno.
Por unos instantes pareció que el tiempo se detenía. Las tropas aguardaban.
Los vecinos contenían el aliento. Y el propio Conde permanecía inmóvil. Finalmente, contra todo pronóstico, revocó aquella orden.
Nadie supo si fue el temor a Dios, el peso de aquellas palabras o simplemente un instante de humanidad perdido entre tantos días de guerra.
Pero el alivio duró poco. Porque la clemencia de aquella hora no impediría que otros padecimientos cayeran sobre Guanajuato.
Las leyes del vencedor
Poco después comenzaron los nuevos mandatos. Se exigió entregar las armas. Se prohibieron las reuniones.
Se castigaría a quien ocultara insurgentes o desobedeciera las disposiciones del ejército vencedor.
Las calles quedaron vigiladas. Las conversaciones se hicieron en voz baja.
Los amigos dejaron de reunirse. Los vecinos aprendieron a desconfiar incluso del silencio.
Y mientras la ciudad intentaba acostumbrarse a la derrota, Manuel Flón recorría sus edificios y plazas observando cuanto ocurría.
Fue entonces cuando decidió instalarse en el lugar donde poco antes había ocurrido la tragedia.
La vieja Alhóndiga de Granaditas. Aquella enorme construcción de gruesos muros y corredores sombríos. Aquella casa donde todavía parecía flotar el eco de los gritos. Aquella mansión de piedra que, según cuentan los mayores, jamás volvió a sentirse completamente vacía.
Porque el verdadero horror del Conde de la Cadena…
Apenas estaba por comenzar.
La noche en que la cordura abandonó Guanajuato
Después de la retirada de los insurgentes, una pesada incertidumbre cayó sobre Guanajuato. Las puertas comenzaron a cerrarse antes de que anocheciera, las madres llamaban a sus hijos y hasta los perros parecían ladrar a las sombras.
Corría de boca en boca la noticia de que el ejército realista pronto entraría a la ciudad y que nadie escaparía a su castigo. Los rumores crecían como la llama en un pastizal seco, alimentados por el miedo y la desesperación.
En aquellos momentos apareció un hombre llamado Lino, platero de oficio y de ánimo turbulento, quien comenzó a recorrer plazas y callejones encendiendo el furor del pueblo.
Aseguraba que, una vez tomada la ciudad, los españoles presos en la Alhóndiga se unirían a Calleja para exterminar a los habitantes.
Verdad o mentira, el miedo suele prestar oídos a quien habla más fuerte.
Y como decían los abuelos: «Cuando el temor se sienta a la mesa, la prudencia sale por la puerta.»
La tragedia de la Alhóndiga
Las palabras de aquel hombre prendieron en los corazones alterados. Una multitud enfurecida se dirigió hacia la Alhóndiga de Granaditas.
Nadie parecía escuchar razones. Nadie parecía recordar que el odio tiene hambre insaciable.
Las viejas puertas del edificio cedieron al empuje de la multitud y el caos se apoderó del lugar.
Las armas brillaban bajo las antorchas. Los gritos se confundían con los ruegos.
La noche parecía estremecerse. Muchos españoles que permanecían prisioneros encontraron entonces un trágico final. La violencia desbordó toda medida y el saqueo acompañó a la desgracia.
Años después, algunos ancianos aseguraban que las piedras del edificio conservaron durante mucho tiempo un extraño color oscuro que ni las lluvias ni el paso de los años consiguieron borrar del todo.
Porque las construcciones antiguas tienen memoria.
Y la piedra suele recordar aquello que los hombres desean olvidar.
Una ciudad esperando el castigo
Terminada la tragedia, las calles de Guanajuato quedaron sumidas en un silencio difícil de describir.
Las casas permanecían cerradas. Las ventanas apenas se entreabrían. Las campanas parecían negarse a romper la oscuridad.
Pocos se atrevían a caminar por las calles. Cada familia esperaba noticias. Cada familia rezaba por los suyos.
Sin embargo, el destino todavía guardaba una prueba más amarga. Aquella misma noche, las avanzadas realistas conocieron lo sucedido.
El brigadier Calleja recibió informes de la matanza. También los escuchó Manuel Flón, el Conde de la Cadena.
Los relatos hablaban de sangre, de cadáveres y de una ciudad fuera de control. Dicen que el Conde permaneció largo rato en silencio.
Nadie supo lo que cruzó por su pensamiento. Algunos afirmaban que se enfureció.
Otros aseguraban que simplemente encontró el pretexto perfecto para dar rienda suelta a una crueldad que ya habitaba en su corazón.
El fraile que desafió a la guerra
Con la llegada del nuevo día, los soldados descendieron de las montañas y ocuparon la ciudad. El estruendo de los cascos resonaba sobre las calles empedradas.
Los vecinos cerraban las puertas al escuchar el paso de las tropas. La derrota insurgente era un hecho.
Entonces comenzó a hablarse de una terrible orden. Se decía que las armas debían callar para dar paso al degüello.
El castigo sería ejemplar. El miedo se convirtió en pánico.
Fue en aquel instante cuando un hombre de fe decidió enfrentar a los vencedores. Fray José Belaunzarán salió al encuentro del Conde de la Cadena llevando únicamente un crucifijo entre las manos.
Los viejos cronistas cuentan que se plantó frente al militar sin temblar y le habló en nombre de Cristo, suplicándole que tuviera compasión de la ciudad y de sus habitantes.
Aquella escena quedó grabada en la memoria popular. De un lado, un religioso armado solamente con su fe. Del otro, un soldado victorioso rodeado de hombres y fusiles.
El fraile recordó al Conde que todo poder es pasajero y que algún día habría de rendir cuentas ante el juicio eterno. Por unos instantes pareció que el tiempo se detenía.
Las tropas aguardaban. Los vecinos contenían el aliento. Y el propio Conde permanecía inmóvil.
Finalmente, contra todo pronóstico, revocó aquella orden. Nadie supo si fue el temor a Dios, el peso de aquellas palabras o simplemente un instante de humanidad perdido entre tantos días de guerra.
Pero el alivio duró poco. Porque la clemencia de aquella hora no impediría que otros padecimientos cayeran sobre Guanajuato.
Las leyes del vencedor
Poco después comenzaron los nuevos mandatos. Se exigió entregar las armas.
Se prohibieron las reuniones. Se castigaría a quien ocultara insurgentes o desobedeciera las disposiciones del ejército vencedor.
Las calles quedaron vigiladas. Las conversaciones se hicieron en voz baja.
Los amigos dejaron de reunirse. Los vecinos aprendieron a desconfiar incluso del silencio.
Y mientras la ciudad intentaba acostumbrarse a la derrota, Manuel Flón recorría sus edificios y plazas observando cuanto ocurría.
Fue entonces cuando decidió instalarse en el lugar donde poco antes había ocurrido la tragedia. La vieja Alhóndiga de Granaditas.
Aquella enorme construcción de gruesos muros y corredores sombríos. Aquella casa donde todavía parecía flotar el eco de los gritos.
Aquella mansión de piedra que, según cuentan los mayores, jamás volvió a sentirse completamente vacía.
Porque el verdadero horror del Conde de la Cadena…
Apenas estaba por comenzar.
La Alhóndiga del terror
Si las paredes de la Alhóndiga de Granaditas pudieran hablar, quizá ningún hombre tendría valor suficiente para escuchar cuanto allí aconteció. Hay edificios destinados a guardar el trigo y la riqueza de un pueblo, pero existen otros que, por obra de los hombres, terminan almacenando recuerdos más pesados que el hierro.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que…
Cuando la ciudad quedó sometida al poder realista, la antigua Alhóndiga dejó de ser solamente una fortaleza y se convirtió en una inmensa prisión.
La mansión de piedra y silencio
En aquellos días llegaron hasta sus corredores hombres y mujeres de toda condición.
No importaba el apellido.
No importaba la fortuna.
No importaba siquiera si habían tomado las armas.
Bastaba una sospecha, una denuncia o el simple infortunio de hallarse en el lugar equivocado para terminar tras aquellos gruesos muros de cantera.
La ciudad contemplaba con miedo las interminables filas de prisioneros.
Las madres rezaban.
Los ancianos bajaban la mirada.
Los niños aprendían demasiado pronto el significado del silencio.
Y mientras el pueblo sufría, el Conde de la Cadena estableció su residencia en aquella sombría construcción.
El hombre que caminaba entre las sombras
Las antiguas crónicas describen a Manuel Flón como un hombre ya entrado en años.
Su rostro era duro. La mirada profunda.
Las cejas espesas parecían ocultar unos ojos incapaces de la compasión.
Pero lo que más llamó la atención de quienes lo vieron fue su costumbre de recorrer los corredores de la Alhóndiga ocultando ambas manos dentro de los bolsillos de su casaca.
Caminaba despacio. De un extremo a otro. Sin hablar.
Como si estuviera esperando algo.
Los soldados evitaban interrumpirlo.
Los prisioneros bajaban la cabeza a su paso.
Los propios oficiales procuraban no sostenerle la mirada.
Decían que había hombres capaces de mostrar su enojo con gritos.
El Conde, en cambio, lo hacía con el silencio.
Y pocas cosas resultan más temibles que un hombre cuya ira no necesita palabras.
Las mazmorras de Granaditas
Los cautivos eran encerrados en las partes más oscuras del edificio.
Las gruesas paredes apenas permitían entrar la luz.
El aire era pesado.
La humedad descendía desde las bóvedas.
El eco de las cadenas parecía no terminar nunca.
Cuando llegaba el momento, los guardianes abrían las puertas y llamaban algunos nombres.
Los prisioneros salían creyendo, quizá, que serían interrogados o puestos en libertad.
Pero el destino les tenía reservado otro camino.
Los conducían por los corredores de piedra.
Un sacerdote les ofrecía la última confesión.
Después…
Sonaban los disparos.
La descarga retumbaba contra las bóvedas de la Alhóndiga.
Los demás presos escuchaban.
Contaban los tiros.
Rezaban en silencio.
Y esperaban su turno.
La Historia recuerda entre aquellas víctimas a distinguidos habitantes de Guanajuato que fueron ejecutados en aquellos días amargos.
Sus nombres fueron pasando de generación en generación como ejemplo del precio que la patria habría de pagar por su libertad.
El pasillo de las descargas
Los fusilamientos se sucedieron uno tras otro.
Los soldados apenas tenían tiempo para retirar a las víctimas antes de recibir nuevos prisioneros.
El humo de la pólvora impregnaba los corredores.
El suelo de piedra se oscurecía.
Los propios ejecutores comenzaban a mostrar señales de agotamiento.
Sin embargo…
Los viejos relatos aseguran que el Conde contemplaba aquellas escenas con una serenidad imposible de comprender.
Permanecía inmóvil. Observaba. Escuchaba.
Y parecía prestar especial atención al eco de cada descarga.
Como si los disparos fueran una extraña música destinada solamente a sus oídos.
Los habitantes de Guanajuato comenzaron entonces a murmurar que aquel hombre había perdido toda misericordia.
Y cuando un hombre pierde la misericordia…
Dicen los abuelos que la sombra comienza a ganarle terreno al alma.
La plata maldita
En medio de aquellos acontecimientos ocurrió un episodio que los antiguos cronistas jamás olvidaron.
Uno de los prisioneros reveló la existencia de una importante cantidad de plata escondida en una casa cercana.
El hallazgo interesó a las autoridades.
Se envió una pequeña escolta para recuperar el tesoro.
La misión fue cumplida sin dificultad y el cargamento volvió a la Alhóndiga.
Pero el destino había preparado otro episodio que habría de alimentar la leyenda.
Al regresar la escolta, dos jóvenes se acercaron respetuosamente solicitando hablar con el Conde.
Nadie supo qué asunto deseaban tratar.
Quizá pedían justicia. Quizá llevaban noticias.
Quizá imploraban la libertad de algún familiar.
Sus palabras jamás llegaron hasta nosotros.
Fueron conducidos al interior del edificio.
El oficial informó de su presencia.
El Conde permanecía leyendo unos documentos.
Sin levantar la vista pronunció unas palabras.
—Que los fusilen.
El oficial creyó haber escuchado mal.
Pensó que la orden correspondía a otros prisioneros.
Y preguntó nuevamente.
—¿A los jóvenes, señor?
Entonces el Conde levantó la mirada.
Quienes presenciaron la escena aseguraban que sus ojos parecían arder.
Con una voz fría y terrible repitió la sentencia.
—¡Que los fusilen!
No hubo juicio.
No hubo explicación.
No hubo defensa.
Pocos momentos después, los cuerpos de aquellos dos muchachos quedaron tendidos sobre las piedras de la Alhóndiga.
Y hasta el día de hoy nadie sabe quiénes eran.
Tal vez por eso el pueblo nunca los olvidó.
Porque las víctimas sin nombre suelen encontrar refugio en la memoria de las leyendas.
El nacimiento del aparecido
Terminados aquellos sucesos, la guerra siguió su curso.
Los ejércitos marcharon.
Los gobernantes cambiaron.
Los años comenzaron a borrar las huellas del combate.
Pero no pudieron borrar los recuerdos.
Los primeros vigilantes nocturnos de la Alhóndiga aseguraban escuchar pasos cuando el edificio permanecía vacío.
Algunos afirmaban haber visto una figura recorrer lentamente los corredores.
Un hombre anciano.
De rostro sombrío.
Con ambas manos ocultas en los bolsillos de la casaca.
Caminaba despacio.
Se detenía.
Parecía escuchar algo.
Y luego continuaba su marcha.
Como si aún esperara el eco de una nueva descarga.
Desde entonces, los habitantes de Guanajuato comenzaron a llamarlo simplemente…
El Conde de la Cadena.
Y hubo quien juró que ninguna noche en que la luna ilumina el patio de Granaditas, aquel espectro deja de cumplir su eterna condena.
El fantasma del Conde de la Cadena
Hay hombres que pasan por el mundo dejando buenos recuerdos, otros dejan grandes obras y algunos, por desgracia, únicamente consiguen sembrar dolor. Sin embargo, los antiguos habitantes de Guanajuato sostenían que la justicia de los hombres suele ser imperfecta, pero la del tiempo jamás olvida una deuda.
Cuando la guerra se alejó de la ciudad y el estruendo de los fusiles fue reemplazado por el tañer de las campanas, la Alhóndiga de Granaditas nunca volvió a ser la misma.
Los corredores fueron limpiados.
Las piedras lavadas.
Las heridas de los muros reparadas.
El pueblo intentó seguir adelante.
Pero había algo que ningún hombre conseguía borrar.
Los recuerdos.
Los viejos vecinos evitaban pasar frente a la Alhóndiga cuando la noche había caído.
Los arrieros apresuraban el paso de sus bestias.
Los serenos procuraban no mirar hacia las ventanas.
Y los soldados encargados de la vigilancia preferían caminar acompañados.
No era por temor a los vivos.
Era por respeto a los muertos.
Porque quienes habían contemplado aquellos sucesos aseguraban que las almas de las víctimas aún permanecían allí.
Y que ninguna injusticia desaparece mientras alguien la recuerde.
El hombre de las manos ocultas
Los primeros relatos comenzaron a correr de boca en boca.
Un centinela dijo haber escuchado pasos sobre las baldosas.
Otro aseguró que una puerta se había abierto sola.
Hubo quien afirmó haber visto una silueta cruzando lentamente uno de los pasillos.
Siempre era la misma figura.
Un hombre anciano.
Vestido a la antigua usanza.
Con el rostro severo.
Las cejas espesas.
La mirada dura.
Y ambas manos escondidas dentro de los bolsillos de la casaca.
No hablaba.
No amenazaba.
No perseguía a nadie.
Simplemente caminaba.
Se detenía frente a ciertos rincones.
Inclinaba ligeramente la cabeza.
Y seguía avanzando.
Algunos decían que buscaba a quienes había condenado.
Otros afirmaban que intentaba escapar de las voces que aún escuchaba en su memoria.
Los más ancianos aseguraban algo distinto.
Decían que estaba condenado a recorrer eternamente el mismo camino que recorrieron sus víctimas.
Porque quien siembra dolor…
Muchas veces termina habitando el mismo campo donde sembró.
Las noches de luna sobre Granaditas
Existe una vieja creencia en Guanajuato.
Afirma que cuando la luna llena ilumina el patio de la Alhóndiga, las sombras parecen adquirir una vida extraña.
El viento atraviesa los corredores.
Las puertas antiguas crujen.
Los ecos se multiplican.
Y entonces…
Algunas personas aseguran distinguir una figura avanzando lentamente por los pasillos.
Su marcha es pausada.
Nerviosa.
Inquieta.
Oculta las manos en la casaca.
Parece escuchar algo.
De pronto se detiene.
Como si acabara de oír el estampido de un fusil.
Permanece inmóvil unos segundos.
Después continúa su camino.
Y termina perdiéndose entre las sombras.
Quienes conocen la historia afirman que se trata del Conde de la Cadena.
Quienes no la conocen…
Prefieren marcharse sin preguntar.
Porque hay preguntas cuya respuesta puede robarnos el sueño.
El juicio de la memoria
Los años convirtieron aquellos acontecimientos en historia.
Los libros conservaron los nombres.
Los cronistas escribieron los sucesos.
Los abuelos los narraron a sus nietos.
Y las leyendas hicieron el resto.
Hoy resulta difícil separar completamente la realidad del misterio.
Sabemos que hubo batallas.
Sabemos que hubo sufrimiento.
Sabemos que muchos hombres y mujeres perdieron la vida en aquellos días oscuros de la Independencia.
Pero el pueblo mexicano tiene una antigua costumbre.
Cuando una tragedia deja una herida demasiado profunda, la transforma en leyenda para que las nuevas generaciones no olviden lo ocurrido.
Y quizá por eso el espectro del Conde continúa caminando.
No como un homenaje.
Sino como un recuerdo.
Como una advertencia.
Como una vieja cuenta que la historia todavía no termina de saldar.
Porque los pueblos que olvidan sus dolores…
Corren el riesgo de repetirlos.
Los viejos del pueblo tenían un dicho que bien sirve para cerrar esta historia: «El hombre puede esconderse de la justicia de sus semejantes, pero jamás de su propia conciencia. Y si la conciencia calla, el tiempo se encarga de hablar.»
Por eso conviene obrar con prudencia y misericordia, pues la riqueza, el poder y los honores terminan por desaparecer, mientras las buenas o las malas acciones suelen quedarse viviendo entre las paredes de las viejas ciudades.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Agustin Lanuza, Romances, tradiciones y leyendas guanajuatenses.
