
Mis queridas almas lectoras, hay objetos viejos que llegan a nuestras manos acompañados solamente por el polvo de los años. Otros, en cambio, parecen traer consigo algo que ningún trapo, ninguna oración y ningún buen sacudimiento consigue quitarles. Un retrato puede conservar una mirada; un espejo, quién sabe cuántos rostros; un baúl, secretos que acaso sería mejor no conocer. Y una cama antigua… bueno, una cama antigua ha sido testigo de suficientes cosas como para que un caballero prudente jamás le pregunte demasiado.
Nuestra historia nos lleva hasta la antigua Villa Rica de la Vera-Cruz, al barrio de La Caleta, en aquella segunda calle que con el paso del tiempo sería conocida como Independencia, entre Constitución y Emparan. Era un vecindario distinguido, habitado por personas de posibles, casas respetables y reputaciones cuidadosamente planchadas. Allí vivía una dama conocida como doña Augustita, mujer de dinero, carácter y muy alta opinión de sí misma.
Y fue precisamente en aquella residencia donde una vieja cama con dosel comenzó a quitarle el sueño.
En todos los sentidos posibles.
Doña Augustita y sus aires de grandeza
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que Doña Augustita era señora de buenas maneras, abundantes doblones y todavía más abundantes pretensiones. Gustaba de vestir bien, vivir mejor y procurar que los demás se enteraran de ambas cosas. Se decía que guardaba buena parte de su fortuna dentro de vasijas de barro cuidadosamente ocultas en su residencia, un sistema financiero que quizá no rendía intereses, pero al menos evitaba ciertas preguntas indiscretas.
La fortuna, sin embargo, no había venido acompañada de un linaje tan distinguido como ella hubiese deseado. Las malas lenguas —que en todos los siglos han trabajado sin cobrar salario— aseguraban que sus antepasados, allá en España, habían estado mucho más familiarizados con las porquerizas de algún palacio que con sus salones.
Pero aquello poco importaba a doña Augustita.
Si la sangre no era azul, los doblones sí eran de oro, y a juicio de la dama una cosa suplía perfectamente a la otra.
El trono de la señora
Cierto día llegó a conocimiento de doña Augustita que se vendía una vieja cama con dosel a precio conveniente. El mueble era grande, solemne y de una elegancia pasada de moda que a la señora le pareció sencillamente maravillosa. El dosel se alzaba sobre el colchón con tal dignidad que aquello, más que cama, semejaba el lecho de una soberana.
Doña Augustita quedó prendada.
Tal vez Dios no había considerado prudente darle título nobiliario, pero nada impedía que despertara todas las mañanas bajo algo parecido a un trono.
Después de regatear cuanto pudo —porque tener mucho dinero nunca ha impedido cuidar hasta el último real—, compró la cama y ordenó que fuese trasladada hasta su residencia. Los criados la instalaron en la alcoba, acomodaron colchón, cortinajes y almohadas, y aquella misma noche la señora contempló orgullosa su adquisición.
Ignoraba entonces que quizá no había comprado únicamente un mueble.
Las primeras noches
La primera noche, apenas recostó el cuerpo bajo el dosel, doña Augustita sintió una extraña sensación de angustia. Fue como si algo invisible hubiera entrado en la habitación y se hubiese aproximado demasiado. Durante unos instantes permaneció inquieta, con el corazón acelerado, pero aquella impresión desapareció tan repentinamente como había llegado.
Pensó que quizá se debía al cambio de cama, al cansancio o a esas ocurrencias que suele fabricar la imaginación cuando llega la noche. Rezó sus oraciones, acomodó la cabeza sobre la almohada y acabó entregándose a los brazos de Morfeo, que a ciertas edades suele ser uno de los caballeros más constantes.
Pero unos días después ocurrió algo más difícil de disculpar.
Doña Augustita dormía profundamente cuando despertó sobresaltada al sentir que alguien la sujetaba por los pies y tiraba de ella. Abrió los ojos, buscó entre las sombras y no vio persona alguna junto al lecho, pero la fuerza persistió unos instantes más.
Entonces gritó.
Los criados corrieron hasta la alcoba, encendieron las luces y registraron la habitación de punta a punta. Miraron bajo la cama, tras los cortinajes y en cualquier sitio donde un intruso pudiera haberse escondido.
No encontraron a nadie.
Aquella madrugada comenzó a instalarse en el pensamiento de doña Augustita una sospecha bastante desagradable: tal vez el problema no estaba en la casa.
Tal vez estaba en la cama.
Pisadas junto al dosel
Conforme pasaban las noches, las cosas empeoraron. Una madrugada, mientras doña Augustita permanecía despierta, comenzó a escuchar unas pisadas firmes recorriendo la alcoba. No eran los pasos ligeros de una criada ni el andar apresurado de alguien que buscara algo. Sonaban pesados, acompasados, como los de un hombre acostumbrado a hacerse notar.
Después llegó el sonido metálico de lo que parecían armas.
La señora permaneció inmóvil mientras aquellos pasos recorrían una habitación en la que no se veía a nadie. Entonces la vieja cama con dosel comenzó a rechinar, primero suavemente y después con la claridad de un mueble que recibe sobre sí el peso de una persona.
Doña Augustita decidió que aquella noche no se acostaría.
Durante largo rato permaneció sentada, mirando la cama y luego el dosel, para después mirar nuevamente la cama, como si esperara sorprender al responsable de semejantes atrevimientos. Pero el cansancio suele tener más paciencia que el miedo y, entrada ya la noche, acabó vencida.
Antes de acostarse rezó cuanto recordó, se encomendó a Dios y, por mera precaución, seguramente solicitó también el auxilio de buena parte de la corte celestial.
Finalmente se metió en la cama.
La risa en la habitación
Para entonces, la orgullosa adquisición había dejado de parecerle un trono.
Doña Augustita observaba el dosel con creciente desconfianza, atendía cada crujido de la madera y comenzaba a sospechar de cualquier sombra que se prolongara más de lo debido.
Hasta que cierta noche ocurrió algo que ya no podía achacarse a los nervios.
Mientras se preparaba para dormir y cambiaba sus ropas por la correspondiente camisa de dormir, una risa profunda brotó de algún rincón de la alcoba.
La carcajada no venía del corredor ni de la calle. Estaba allí dentro.
Era grave, cavernosa, y pareció desplazarse lentamente por la habitación hasta detenerse alrededor de la cama con dosel.
Doña Augustita quedó inmóvil. Sintió el corazón desordenarse dentro del pecho y un sudor frío recorrerle el cuerpo. Cualquier persona sensata habría salido de la habitación en ese instante y quizá también de la casa, pero debemos recordar que nuestra dama poseía una buena cantidad de orgullo, y el orgullo tiene la mala costumbre de conducir a las personas precisamente hacia donde el sentido común les aconseja no acercarse.
Así que reunió valor, levantó la cabeza y se acostó.
El muerto en la cama
¡No lo hubiera hecho!
Apenas había acomodado la cabeza sobre la almohada cuando sintió que unos brazos invisibles se cerraban alrededor de su cuerpo. Intentó incorporarse, pero algo la retenía. Entonces percibió un rostro apretándose contra el suyo y un aliento desagradable, húmedo y corrompido, le cubrió la cara.
De inmediato se extendió por toda la alcoba un olor inconfundible.
Olor a muerto.
Aquello fue suficiente para acabar con la dignidad, el orgullo, la alcurnia imaginada y cualquier preocupación por lo que pudiera comentar el vecindario. De la garganta de doña Augustita brotó un alarido que puso en conmoción la casa entera. Se libró como pudo de aquella presencia, saltó fuera del lecho y salió corriendo por la residencia hasta alcanzar la calle, donde pidió auxilio a gritos.
El escándalo fue mayúsculo.
Y, como suele ocurrir cuando un buen susto llega a un barrio de gente respetable, antes de amanecer ya debía de haber más versiones de la historia que testigos del acontecimiento.
Las comadres de La Caleta
La desgracia de doña Augustita encontró terreno fértil entre las comadres del barrio. En corrillos discretos, detrás de abanicos y puertas entreabiertas, comenzaron a discutirse aquellos extraños sucesos con esa admirable habilidad que tienen ciertos vecinos para conocer hasta los detalles que nadie les contó.
Doña Augustita, por su parte, había tenido suficiente.
Ordenó retirar de la alcoba todos los muebles que pudieran recordarle aquella experiencia. La cama con dosel fue la primera condenada, pero la limpieza fue tan concienzuda que, según contaba la tradición, terminó desapareciendo incluso la venerable taza de noche de la señora.
Cuando uno decide expulsar a un fantasma, mis almas lectoras, quizá sea prudente no dejarle mobiliario.
El antiguo dueño
Fue después cuando comenzó a circular una explicación.
Según las comadres de La Caleta, la cama había pertenecido años atrás a un noble caballero famoso por su desmedida afición a las mujeres. Al parecer, aquel hombre no hacía demasiadas distinciones: ricas o pobres, jóvenes o mayores, altas o bajas, robustas o delgadas, todas podían despertar su entusiasmo.
Debemos reconocerle, cuando menos, una amplitud de criterio notable.
Pero el caballero murió sin confesión y, conforme a las creencias de aquellos tiempos, su alma quedó condenada a vagar sin encontrar descanso.
Lo inquietante era que, a juzgar por lo ocurrido con doña Augustita, la muerte no había conseguido corregirle ciertas costumbres.
Su vieja cama con dosel parecía continuar siendo el escenario preferido para sus aventuras de ultratumba.
Y quién sabe cuántas historias podría haber contado aquel mueble de haber tenido lengua. Quizá por misericordia, las camas nacieron mudas.
El último destino de la Cama del Muerto
Después del escándalo, la famosa cama terminó abandonada en un basurero de la Villa Rica de la Vera-Cruz. Allí acabó aquel orgulloso lecho que doña Augustita había comprado para sentirse como una reina y que pocas noches después no deseaba volver a mirar.
Lo que nadie pudo explicar fue qué ocurrió con el alma del antiguo propietario.
Algunas voces afirmaban que el caballero permaneció ligado a su cama incluso después de que esta fuese desechada, y que quienes pasaban por las cercanías del basurero podían escuchar ruidos extraños o sentir que alguien invisible los observaba.
De haber sido cierto, debemos admitir que el pobre difunto sufrió una considerable pérdida de categoría: de noble alcoba a basurero.
Hasta entre fantasmas hay decadencias difíciles de sobrellevar.
La cama desapareció, la casa cambió y aquella antigua calle terminó recibiendo otro nombre, pero el relato sobrevivió. Y todavía permanece en la memoria de Veracruz la historia de aquella dama que quiso dormir como una reina y terminó descubriendo que el antiguo dueño de su cama quizá nunca había renunciado del todo a ella.
Mi abuelo acostumbraba decir que antes de llevar un objeto antiguo a casa conviene averiguar de dónde viene.
No porque todo lo viejo esté embrujado, claro está, sino porque las cosas también tienen historia, y algunas historias se aferran con demasiada fuerza a aquello que alguna vez les perteneció.
Así que si algún día encuentran una magnífica cama antigua a un precio sospechosamente conveniente, recuerden a doña Augustita.
Los buenos negocios existen.
Pero cuando hasta el muerto parece interesado en conservar la mercancía, quizá sea mejor dejarla pasar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Francisco Broissin Abdala, Leyendas de Veracruz, 1997.
