
Hubo un tiempo —no tan lejano como muchos quisieran— en que Veracruz decidió cubrir su pasado funerario con colores brillantes, risas de feria y música infantil. Donde antes hubo cruces, mausoleos y rezos, se levantaron castillos de fantasía y juegos mecánicos.
Pero la tierra, mis queridas almas lectoras, tiene memoria y los muertos rara vez aceptan que se les borre sin dejar rastro.
El parque de diversiones que era panteón
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que el Parque Reino Mágico nunca fue un lugar cualquiera. El sitio abrió sus puertas en noviembre de 1988, sobre los terrenos que durante más de un siglo ocuparon al Panteón General de Veracruz, fundado en 1831. Allí descansaron gobernadores, sacerdotes, comerciantes, madres, niños y marineros que jamás imaginaron que, décadas después, sobre sus huesos correrían toboganes y se escucharían carcajadas.
Para edificar el parque, muchas familias fueron obligadas a exhumar a sus difuntos y trasladarlos a otros cementerios. Sin embargo, no todos los restos fueron reclamados. Algunos quedaron olvidados, otros ignorados… y en ciertos rincones del parque aún podían verse lápidas antiguas, con nombres y fechas que nadie se atrevió a borrar del todo.
El viejo Cementerio General: la ciudad callada
Crónicas antiguas describen aquel panteón como una verdadera ciudad de los muertos, un cuadrilátero solemne, con pórtico dórico, pirámides en las esquinas y una inscripción que helaba el alma de cualquiera que la leyera:
“¡Postraos! Aquí la eternidad empieza… Y es polvo aquí, la mundanal grandeza.”
En su capilla de mármol de Carrara reposaron personajes ilustres, como el gobernador Manuel Gutiérrez Zamora y don Domingo Rois, aquel español que pidió que su cuerpo viajara a Europa… pero que su corazón se quedara enterrado en Veracruz, porque —según dijo— su alma pertenecía a esta tierra.
Y sobre esa tierra, años después, se colocaron juegos, ferias y fantasía.
Blanca Nieves y el despertar de la pesadilla
Dentro del parque existía una zona llamada El Reino de la Fantasía. Ahí se alzaba un castillo, y a su costado, una estatua de Blanca Nieves con sus siete enanos. Fue alrededor del año 2012 cuando dos intrusos nocturnos grabaron un video que estremeció al país: la estatua, rígida y blanca, parpadeaba.
El material se volvió viral. Algunos juraron que era un truco; otros, que la escultura estaba viva. Pero los testimonios de antiguos trabajadores terminaron de sellar la leyenda.
Un jardinero contó que, mientras barría junto a los pies de Blanca Nieves, sintió tres palmadas en el hombro… y luego escuchó que lo llamaban por su nombre.
Otro trabajador, encargado del cierre nocturno, escuchó murmullos y preguntó en voz alta si aún quedaba alguien dentro. La respuesta llegó clara y burlona:
—“¿Cómo que dónde estamos? ¿No nos ves? Aquí estamos.”
Al voltear, dicen, Blanca Nieves le habló. Aquel hombre fue internado con fiebre altísima y murió pocos días después.
Desde entonces, la estatua fue retirada de la vista del público. Aún permanece dentro del parque, apartada, dañada, como si el tiempo mismo intentara castigarla por haber despertado.
Accidentes, agua y pies jalados
Reino Mágico también cargó con una cadena de tragedias. En los años noventa, una estudiante de secundaria murió en un juego mecánico de una feria instalada en el estacionamiento del parque. El accidente quedó marcado como el primero de muchos.
Al norte del parque existía una zona acuática con albercas y toboganes. Ahí, cuentan los veracruzanos, algo jalaba los pies bajo el agua. Un niño se lanzó a nadar… y jamás volvió a salir.
Desde ese día, el área fue clausurada. Muchos aseguraron que no eran simples descuidos, sino el reclamo de los muertos, molestos por haber sido desalojados sin respeto.
El presente sobre la tierra inquieta
Hoy, Reino Mágico sigue en pie, transformado. Hay canchas deportivas, clases de patinaje, un vivero municipal y recuerdos de eventos internacionales.
Pero cuando cae la noche, el viento que cruza la avenida Díaz Mirón parece traer consigo ecos antiguos. Y no son pocos los que aseguran que, si uno camina en silencio, aún puede escuchar pasos donde no hay nadie… o risas que no pertenecen a ningún niño vivo.
Mis queridas almas lectoras, hay errores que se cometen por ignorancia y otros por soberbia. Jugar, reír y olvidar sobre un cementerio es tentar a la memoria de la tierra. No todos los muertos saben perdonar, y menos cuando se les cambia la cruz por un carrusel.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Versión creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular.
