
Mis queridas almas lectoras, deteneos un instante y dejad que el susurro de los cerros y el eco del viento os cuenten algo que pocos vivos se atreven a escuchar. Imaginad un poblado antiguo, donde la neblina abraza cada mañana y las montañas guardan ecos de tiempos remotos; allí, entre barrancas y cascadas, se encuentra un sitio que hace palpitar el corazón de quien ama las historias sombrías: el Balcón del Diablo de Zacatlán.
Leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que allá por el siglo XVI, cuando los ecos del evangelio resonaban por los senderos boscosos de Zacatlán, vivió una mujer cuya hermosura parecía tejida por la luna y el misterio. Su mirada era profunda y magnética, tan penetrante que ningún hombre, por fuerte que fuera su espíritu, podía resistirse al embrujo de sus ojos.
No era vanidad lo que poseía, sino ese encanto que nace donde el silencio se mezcla con los suspiros del bosque. Y así fue, que cuando un grupo de monjes misioneros llegó a estas tierras —cargados de hábitos, cruzes santas y rezos—, todos sintieron, sin querer, una atracción imposible de explicar.
Mas hubo uno, un joven monje de alma inquieta, que olvidó sus votos y su misión por seguir a aquella dama de luz y sombra. Los dos se adentraron en el bosque, caminando entre árboles susurrantes y sombras nocturnas que parecían observarlos con ojos invisibles.
El cielo ruje…
Cobijados por un atardecer rojo como sangre antigua, cuando ya estaban a punto de ceder ante la pasión que se encendía entre ellos, el cielo se fracturó.
Un rayo terrible descendió con furia, seguido por una luz tan intensa que parecía arrancada de algún infierno distante. Un trueno atronador estremeció los cerros, su sonido rebotando hasta los rincones más recónditos de la comarca, tanto que la tierra misma se partió.
De un golpe, la montaña se abrió, creando un abismo profundo y oscuro. Aquella pareja fue atrapada en medio del estruendo infernal, y cuando por fin volvió la calma —esa calma inquietante que antecede a lo inexplicable— los lugareños que acudieron a buscar restos de los desafortunados amantes no hallaron más que dos piedras inexplicables, recostadas en el fondo del barranco.
Rocosas, silenciosas… y parecidas a dos figuras que, aún después de siglos, parecen intentar unirse una y otra vez.
Dicen los viejos que estas piedras no son simples rocas: son la mujer y el monje, condenados a permanecer en eternidad separados, inmóviles, eternamente llamando con su silencio al viento.
Los vivos aún pueden verlas, y pocos visitan ese lugar sin sentir un escalofrío profundo, acompañado de cierta paz que solo los sitios antiguos saben ofrecer.
Mis queridas almas lectoras, si alguna vez tenéis la fortuna —o la curiosidad— de caminar por los senderos de Zacatlán, permitid que el murmullo del viento en el Balcón del Diablo os abrace. Mirad hacia ese abismo y recordad que algunas pasiones, aunque humanas, pueden desafiar incluso a los cielos… y pagar un precio eterno por ello.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Esta versión fue creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular.
