
Mis queridas almas lectoras, hay sitios donde la historia no duerme, donde los pasos del pasado siguen resonando en la tierra como ecos que el viento no logra disipar. La región lagunera guarda en su memoria más que polvo y batallas; resguarda presencias que, aun sin carne, conservan el porte de su antigua vida. Y es ahí, entre muros silenciosos y noches bañadas por la luna, donde se manifiesta una figura cuya elegancia hiela la sangre y cuyo destino quedó sellado por la traición y la pólvora.
Entre haciendas, poder y rebelión
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que, en tiempos en que la Revolución Mexicana encendía los campos con fuego y ambición, los hombres no sólo luchaban por ideales, sino también por intereses que dividían la lealtad y el honor. Corría el año de 1912, y en la región de La Laguna, poderosos hacendados, temerosos de perder sus dominios, se levantaron en contra del nuevo orden que pretendía instaurar Don Francisco I. Madero.
Aquellos hombres, aferrados a los privilegios del antiguo régimen, formaron un ejército conocido como “Los Colorados”, compuesto por capataces, guardias rurales y peones convertidos en soldados. Bajo la apariencia de disciplina, se escondía una turbia mezcla de ambición, violencia y servilismo hacia los poderosos.
Gómez Palacio, tierra de excesos y sombras
Cuando las tropas revolucionarias avanzaban hacia Torreón, los llamados “Colorados” fueron concentrados en Gómez Palacio. Sin combate inmediato, la ociosidad se tornó vicio, y la disciplina militar se diluyó entre cantinas, saqueos y excesos.
Las noches, en lugar de silencio, se llenaban de risas desordenadas, de botellas rotas y de pasos torpes. El pueblo observaba con temor, pues cuando el hombre pierde el orden, también pierde el alma.
El alto mando federal, enterado del caos, envió al coronel Laurentino Salas con la encomienda de imponer disciplina. Pero aquella decisión, aunque justa, llegó como chispa en un campo seco.
El asesinato que desató la condena
Fue en el Club Lagunero donde el destino se escribió con pólvora. El coronel Salas, firme en su deber, enfrentó a los cabecillas de los “Colorados”, reprochándoles su conducta. No hubo diálogo, no hubo honor. Sólo balas.
Ahí mismo, frente a todos, fue acribillado sin piedad. La traición fue tan rápida como brutal.
La respuesta no tardó en llegar. Las órdenes fueron claras: capturar y ejecutar a los responsables. Pero los culpables, sabiendo su suerte, huyeron en distintas direcciones, como sombras perseguidas por la justicia.
Elegancia antes del final
Entre los fugitivos se encontraba Santiago Lavín, hombre de abolengo y figura destacada entre los hacendados. Aquella misma noche, buscando engañar al destino, acudió a la casa de un amigo donde se vistió con sus ropas más finas: jaquet negro, cuello blanco impecable, bastón de empuñadura dorada y sombrero de copa.
No vestía para la guerra… sino para aparentar normalidad, como si la elegancia pudiera ocultar la culpa.
Subió a un coche de caballos, intentando pasar desapercibido. Mas el pueblo, que todo observa, lo reconoció. Y cuando la verdad se alza, ni el traje más fino puede esconderla.
Fue detenido y, sin demora, fusilado junto a la barda trasera de la Jabonera. Su cuerpo cayó al polvo… pero su historia no terminó ahí.
La aparición bajo la luna
Desde entonces, en noches de luna llena y cuando el reloj marca la medianoche, muchos aseguran haber visto a un caballero caminar con paso firme junto a aquel mismo muro.
Elegante, impecable, como si aún asistiera a una reunión que jamás ocurrió. Su figura se distingue entre la penumbra: negro absoluto, porte altivo, bastón en mano.
Mas al acercarse… desaparece. No huye, no corre… simplemente se disuelve en el aire, como un suspiro que el mundo ya no puede sostener.
A esa aparición, las generaciones le han dado un nombre sencillo, pero cargado de misterio: El Curro de Santa Rosa.
Lo que no se explica, se respeta
Hombres y mujeres de palabra firme han dado fe de su presencia. No se trata de cuentos de cantina ni de supersticiones infantiles. Son relatos que se transmiten con respeto, casi en susurro, como quien habla de algo que no debe ser perturbado.
Porque hay presencias que no buscan ser comprendidas… sólo recordadas.
Dicen los viejos que el traje puede vestir al hombre, pero jamás ocultar su destino; y que quien derrama sangre injustamente, tarde o temprano camina eternamente con ella sobre los hombros.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Manuel Taran Lira, Leyendas Laguneras II
