
Mis queridas almas lectoras dicen los viejos que los panteones no son solo morada de los muertos, sino también de aquello que jamás encontró descanso. Lugares donde el tiempo se detiene y donde, al caer la noche, el silencio no siempre es señal de paz, sino de advertencia. Entre los senderos del panteón de Palo Verde, en la húmeda tierra de Xalapa, existe una historia que aún hoy es contada en voz baja, como si el simple hecho de nombrarla pudiera despertar aquello que duerme bajo la tierra removida.
Una visita que se prolongó más de lo debido
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que…
Cierto día, tres personas acompañadas de un pequeño acudieron al panteón de Palo Verde para honrar a sus difuntos. Era una jornada tranquila, de esas en las que el viento apenas susurra entre las lápidas y el sol cae manso sobre las cruces desgastadas.
Entre limpiar tumbas, cambiar flores marchitas y acarrear agua desde los viejos depósitos, el tiempo se les escurrió entre los dedos sin que lo notaran. Y como suele ocurrir en estos lugares, donde las horas parecen diluirse, no se percataron de que las rejas del camposanto ya habían sido cerradas.
Cuando quisieron darse cuenta, el día había muerto sin despedirse.
El olor que anuncia lo impensable
Fue entonces, en medio de aquella labor silenciosa, cuando un hedor insoportable comenzó a invadir el aire. No era un aroma cualquiera, sino uno espeso, pesado, que se adhería a la garganta… como carne podrida abandonada al tiempo.
Los presentes alzaron la vista, inquietos, y lo que observaron heló su sangre.
Entre las sombras, avanzando con una lentitud antinatural, venía hacia ellos un hombre… o lo que quedaba de él. Su figura era deforme, como si la vida lo hubiese abandonado a pedazos. Sus ropas colgaban desgarradas, y su carne, abierta y sangrante, parecía deshacerse con cada paso.
Muchos juraron después que aquello no era un hombre… sino el eco de uno.
La persecución del enterrador
El miedo no pide permiso. Los visitantes huyeron sin recoger sus cosas, sin mirar atrás, con el alma encogida y el corazón desbocado.
Pero lo peor estaba por comenzar.
Aquella figura no solo caminaba… los seguía. Y no lo hacía con torpeza, sino con una rapidez inquietante, casi flotando sobre la tierra, como si no perteneciera ya a este mundo.
El hedor los alcanzaba primero, envolviéndolos, ahogándolos, como si la muerte misma respirara sobre sus nucas.
Al llegar a la reja, descubrieron su encierro. No había salida fácil. Con manos temblorosas y cuerpos impulsados por el terror, lograron trepar y saltar al otro lado, cayendo sin elegancia, pero con vida.
Y aun así, ninguno se atrevió a voltear. Porque hay cosas que es mejor no ver dos veces.
El eco de lo que habita bajo tierra
Aquella noche, los sobrevivientes regresaron a sus hogares sin aliento, sin palabras, con el miedo pegado a la piel. Algunos dicen que jamás volvieron a pisar un panteón; otros, que durante días el olor los acompañó, como si algo se hubiese quedado con ellos.
Desde entonces, el panteón de Palo Verde guarda un secreto que pocos se atreven a mencionar: que entre sus tumbas no solo descansan los muertos… sino también quien los vigila.
Un enterrador que no descansa.
Un guardián de la podredumbre.
Una advertencia para quienes olvidan que la noche no es territorio de los vivos.
Hay quienes creen que los muertos nada pueden hacer… pero el viejo siempre decía que no es a los muertos a quienes debemos temer, sino a aquello que se queda entre ellos sin poder irse. Porque cuando algo no encuentra descanso, tampoco permite que otros lo encuentren.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Alberto Espejo, Sonido del Agua y la Arena. Historias, cuentos y leyendas de Xalapa, 2013.
