
Mis queridas almas lectoras, en los silencios de los campos antiguos, donde la brisa parece traer ecos de otros tiempos, hay historias que no se cuentan en voz alta, sino que se susurran con respeto. Los Altos de Jalisco, tierra de fe profunda y tradiciones arraigadas, resguarda entre sus llanuras relatos que hielan la sangre incluso al más incrédulo. Esta es una de esas historias… una donde la soberbia humana se enfrentó a fuerzas que no pertenecen a este mundo.
Una vida marcada por la incredulidad
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace ya muchos años, en los albores del siglo XIX, vivía en la Hacienda del Sauz de Cajigal, cercana a Arandas, un hombre de carácter firme y voluntad indomable: don Felipe Hernández. Dueño de tierras vastas y de mirada altiva, era hombre que confiaba más en su juicio que en las advertencias de quienes le rodeaban.
Sus trabajadores hablaban con temor de las lagunas cercanas, sitio donde —decían— se escuchaban lamentos nocturnos y risas que no eran de este mundo. Mas don Felipe, con desdén propio de quien no ha sido probado, atribuía tales relatos a la flojera de sus peones o a la imaginación desbordada de los sencillos.
El llamado de las lagunas
Aquella mañana de agosto, tras el desayuno familiar, don Felipe ordenó ensillar a su fiel caballo, el Negro. Decidido a recorrer los terrenos que tantos temían, partió rumbo a las lagunas, con el pensamiento dividido entre la curiosidad y el desprecio.
Mientras avanzaba, el murmullo de las leyendas comenzó a enredarse en su mente como espinas invisibles. Aunque no lo admitía, algo en su interior comenzaba a inquietarse, como si la tierra misma le advirtiera del peligro.
El encuentro con lo impensable
Al intentar cruzar un riachuelo que conducía al corazón de aquel paraje, el aire cambió de naturaleza. Un olor penetrante a azufre invadió el ambiente, y el viento comenzó a silbar entre los arbustos como si pronunciara palabras prohibidas.
El caballo, antes dócil, se tornó inquieto, alzando las patas en señal de terror. Entonces, a lo lejos, resonó una risa… una risa hueca, extendida, que parecía brotar de la misma tierra.
Don Felipe, aunque estremecido, continuó. Pero el destino ya había sido trazado.
La furia del viento infernal
En el claro donde se encontraban las dos lagunas, el mundo pareció detenerse. Ni un ave cantaba, ni una hoja osaba moverse sin permiso del aire.
De pronto, murmullos, risas y sollozos lo rodearon. Un remolino se levantó, oscuro y violento, envolviendo al hacendado y a su caballo. El demonio —así lo llamaron después— había tomado forma en aquel viento.
El corcel, desesperado, se deshizo de su jinete. Don Felipe fue alzado por fuerzas invisibles, arrojado entre las copas de los árboles como si fuera una hoja sin peso. En lo alto, entre la vida y la muerte, comprendió lo que antes negaba.
Y entonces… oró.
El eco de los testigos
Con voz quebrada, invocó a San José, prometiendo erigirle una capilla si lograba sobrevivir a aquel tormento. Fue en ese instante cuando el viento cedió, como si una voluntad superior hubiera intervenido.
El cuerpo de don Felipe cayó por la ladera, golpeado pero vivo. Libre al fin, clamó al cielo pidiendo perdón, no solo por su incredulidad, sino por su soberbia.
Fiel a su palabra, mandó construir una capilla en honor de San José. Y cerca de ella, sobre una roca, ordenó labrar un asiento donde cada tarde acudía a contemplar el horizonte… recordando el sitio donde el demonio le enseñó a creer.
Hay fuerzas que no necesitan ser vistas para existir, y hay verdades que solo se comprenden cuando el alma ha sido sacudida. Quien camina con soberbia, tarde o temprano tropieza con aquello que no puede dominar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente
Basado en la obra de Alexis Guadalupe Orozco Rizo, publicada en Historias, crónicas y leyendas de Los Altos de Jalisco.
