
Hubo un tiempo —antes de campanas, antes de cruces y antes de que el polvo aprendiera a llamarse México— en que los cerros escuchaban secretos y los dioses caminaban aún entre los hombres.
En aquel entonces, las historias no se escribían: se susurraban, y cada palabra llevaba el peso de la sangre, del presagio y del destino.
Esta que ahora le cuento no es historia ligera. Es origen, es ruptura, es el momento en que la guerra abrió los ojos por primera vez.
Dice el Códice …
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en el cerro de Coatepec, cerca de Tula, vivía una mujer llamada Coatlicue, “la de la falda de serpientes”. Madre ya de muchos, señora de silencios, dedicada a la penitencia más humilde: barrer. Barrer el templo, barrer el cerro, barrer el mundo.
Dicen que un día, mientras cumplía su deber, una pluma descendió del cielo, suave como aliento, redonda como presagio. Coatlicue la recogió y, sin entender del todo, la guardó en su vientre. Cuando volvió a buscarla… la pluma ya no estaba.
Pero el destino sí.
I. La vergüenza de los hijos
No tardaron los hijos en notarlo.
Los Centzonuitznahuas, los cuatrocientos hermanos, y su hermana mayor Coyolxauhqui, la de los cascabeles en el rostro, vieron el vientre crecido de su madre y ardieron de rabia.
—Nos ha deshonrado —decían—.
—Matémosla antes de que nazca esa cosa.
Coyolxauhqui, furiosa como luna rota, incendió el corazón de sus hermanos y los empujó a la guerra. Ya no eran hijos: eran ejército.
II. La voz en el vientre
Coatlicue, al saberlo, tembló.
Pero entonces ocurrió lo imposible: el hijo que aún no nacía le habló desde el vientre.
—No temas, madre —le dijo—. Yo ya lo sé.
Y al escuchar aquella voz, el corazón de Coatlicue se asentó como tierra después del temblor.
III. La marcha de los cuatrocientos
Los hijos se armaron.
Se pintaron, se emplumaron, ataron cascabeles a sus piernas y colgaron flechas afiladas. Avanzaron en orden de guerra, como manada de sombras subiendo el cerro.
Coyolxauhqui iba al frente.
Solo uno, Cuahuitlicac, avisaba en secreto al hijo que estaba por nacer.
—Ya vienen —decía.
Y Huitzilopochtli respondía desde el vientre:
—Lo sé.
IV. El nacimiento armado
Y cuando los enemigos llegaron a la cima…
Huitzilopochtli nació.
No como niño indefenso, no como llanto, sino como guerrero completo.
Traía escudo, dardos, el lanzador azul-verdoso, el cuerpo pintado de azul, la frente emplumada, un pie delgado como augurio.
Era dios desde el primer aliento.
V. La caída de la luna
Por orden suya se encendió la Xiuhcóatl, la serpiente de fuego.
Con ella hirió a Coyolxauhqui, la decapitó, y su cuerpo se despedazó al caer por las laderas de Coatepec.
Cabeza por un lado.
Manos por otro.
El torso rodando hacia la eternidad.
Así cayó la luna.
VI. La guerra del cerro
Luego Huitzilopochtli persiguió a los cuatrocientos.
Los rodeó una y otra vez, los despeñó, los destruyó sin piedad.
Le suplicaban.
Le rogaban.
Pero la guerra no conoce misericordia.
Solo unos pocos escaparon hacia Huitztlampa.
Los demás quedaron allí, enterrados en el mito.
VII. El dios que nació del presagio
Por haber nacido de una pluma sin padre conocido, Huitzilopochtli fue llamado también Tetzáhuitl, el presagio.
Los mexicas lo honraron, lo cuidaron, lo sirvieron.
Así se hizo dios.
Así comenzó todo.
Y vea usted, mis queridas almas lectoras, cómo para los antiguos no había nacimiento sin sangre ni destino sin sacrificio.
El sol no se levanta solo… hay que empujarlo con guerra y memoria.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de fray Bernardino de Sahagún,
Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino), Libro III.
