
Mis queridas almas lectoras, hay historias que se cuentan por gusto y otras que se narran por necesidad, como quien se quita una espina del alma. Esta que hoy llega a sus oídos no nació de la imaginación ni del ocio, sino de la experiencia viva de un hombre que, aun siendo incrédulo, hubo de enfrentarse a aquello que ni la razón ni la ciencia alcanzan a explicar. Porque no hay filosofía que sostenga al espíritu cuando lo imposible se vuelve cotidiano, ni duda que resista cuando lo inexplicable insiste en mirarnos… fijamente.
Una vida entre el trabajo y la incredulidad
A principios del siglo pasado, en las polvorientas calles de San Luis Potosí, vivía un hombre trabajador, conductor de un modesto camión que zigzagueaba entre la calle de Ontañón y la plaza de San Juan de Dios. No era poeta ni fabulador; era, por el contrario, un escéptico declarado, de esos que dudan incluso de la existencia de la verdad misma. Su vida transcurría entre el ruido del motor, el trato con los pasajeros y la rutina que, como buen compañero, adormece las inquietudes del alma.
Mas como bien decían los antiguos: no es el hombre quien busca lo extraño, sino lo extraño quien encuentra al hombre cuando menos lo espera.
El hallazgo en el panteón abandonado
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en una tarde cualquiera, mientras el sol se despedía con desgano y la sombra comenzaba a trepar por los muros del viejo panteón, aquel hombre acudió al lugar para extraer tierra. Fue entonces cuando, entre restos olvidados y silencio sepulcral, descubrió una calavera reposando en un nicho.
Al principio no hubo temor, solo curiosidad. Pero bastó un instante… un leve cambio de ángulo… para que sintiera aquello que ningún razonamiento puede contener: la certeza de estar siendo observado.
La calavera, con sus cuencas vacías, parecía mirarlo.
La mirada que desafía la razón
El hombre, fiel a su naturaleza, sonrió con desdén. Pensó que aquello no era más que una ilusión, un juego de sombras o de su mente fatigada. Sin embargo, al moverse, al cambiar de posición, al mirarla desde otro punto… la sensación persistía.
Contó hasta veinte, como aconsejaban los sabios antiguos para dominar la ira y el miedo. Se obligó a mantener la calma, tomó la calavera entre sus manos y la examinó. Nada fuera de lo común… salvo esa inquietante impresión de vida en lo muerto.
Decidió entonces enterrarla, darle reposo, como dicta la costumbre cristiana. Y así lo hizo, convencido de haber terminado con aquel episodio.
Pero la muerte, cuando se inquieta, no siempre acepta el descanso.
El regreso imposible
Al día siguiente, regresó al panteón. Y ahí estaba.
La misma calavera.
En el mismo nicho.
Mirándolo.
El hombre, aferrado a su incredulidad, elaboró explicaciones: debía ser otra, alguien jugaba una broma, el panteón guardaba secretos más mundanos que sobrenaturales. Pero la duda, como humedad en los huesos, comenzó a filtrarse en su espíritu.
Volvió a enterrarla.
Volvió a marcharse.
Volvió a regresar.
Y cada vez… la calavera lo esperaba.
La obsesión de lo inexplicable
Decidió entonces llevársela consigo, guardarla en su camión, mantenerla lejos del nicho que parecía reclamarla. Pero ni la distancia ni la lógica pudieron aliviar su inquietud. Cada vez que giraba la mirada, sentía sobre sí aquellas cuencas vacías, fijas, persistentes, burlonas.
Y como si el destino se deleitara en su desconcierto, al volver una vez más al panteón…
Ahí estaba de nuevo.
En el nicho.
Esperándolo.
El eco de los testigos silenciosos
Nadie más vio aquello. Nadie más pudo confirmar su experiencia. Pero en los pueblos antiguos, donde las piedras guardan memoria y el viento susurra verdades olvidadas, no es necesario el testimonio colectivo para reconocer lo sobrenatural.
Porque hay encuentros que no buscan ser creídos… sino recordados.
Dicen los viejos, y no sin razón, que hay cosas que no deben moverse de donde reposan, pues lo que pertenece a la tierra, tarde o temprano, vuelve a ella… aunque para lograrlo tenga que arrastrar consigo la paz de los vivos.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de J. Jesús C. Pérez “Peritos”
Leyendas y cuentos del viejo San Luis, 2007.
