
Mis queridas almas lectoras, en los pliegues más antiguos del tiempo, cuando la tierra aún susurraba secretos a quienes sabían escucharla y los cielos respondían a los llamados del hombre, existió un lugar donde el trueno no era fenómeno… sino voluntad. Allí, entre selvas densas y ríos antiguos, se alzaba una caverna que no todos podían hallar, y menos aún comprender.
Era un sitio donde la naturaleza y lo divino caminaban de la mano… y donde el precio de invocar a los dioses no siempre era ligero.
El santuario oculto del trueno
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que entre los parajes que hoy el tiempo ha cubierto de olvido, existía una caverna sagrada levantada mucho antes de que los pueblos conocidos poblaran aquellas tierras. En su interior, antiguos hechiceros habían erigido un templo consagrado al Dios del Trueno, señor de la lluvia, de los relámpagos y de los ríos desbordados.
No era sitio de paso ni de curiosos, pues llegar a él requería no solo valor, sino también un extraño llamado que pocos lograban escuchar.
El ritual de los siete sacerdotes
Cuando la tierra exigía ser sembrada, siete sacerdotes caminaban en la oscuridad de la noche. Ni la enfermedad ni el cansancio los detenían, pues su deber no conocía tregua. Siete veces invocaban a los dioses, y sus voces se alzaban hacia los cuatro vientos, siguiendo un orden tan antiguo como el ciclo de la luna.
Golpeaban el gran tambor ceremonial, arrastraban pieles secas y lanzaban flechas encendidas al cielo. Y entonces… el mundo respondía.
Relámpagos cegadores descendían como látigos de luz, los truenos sacudían la tierra con furia desmedida, y la lluvia caía sin piedad durante días enteros. Los ríos crecían, las riberas desaparecían bajo el limo… y la selva entera temblaba.
Cuanto más insistían los sacerdotes, más feroz era la tormenta. Como si el dios escuchara… pero también exigiera.
La llegada de los hombres sonrientes
Pasaron los siglos… hasta que un día llegaron hombres distintos, venidos del gran mar de las turquesas. Traían consigo nuevas costumbres, nuevas creencias… y una extraña alegría que parecía no quebrarse.
Eran los totonacas, los llamados hombres sonrientes, quienes tras sobrevivir a las furias del mar encontraron en esas tierras un refugio generoso. Pero su llegada no fue bien recibida por los antiguos sacerdotes.
En su enojo, los hechiceros acudieron a la caverna y desataron tormentas aún más violentas, buscando amedrentar a los recién llegados. Y durante días y noches, la lluvia cayó sin descanso, como si el cielo quisiera borrar toda presencia humana.
Cuando el hombre comprende su lugar
Mas el destino, caprichoso como siempre, permitió que uno de aquellos hombres encontrara la caverna. Allí vio a los siete sacerdotes invocando fuerzas que no debían ser perturbadas con tal arrogancia.
Los totonacas, sabios y prudentes, comprendieron que no podían luchar contra aquello que superaba su entendimiento. Y como bien diría un viejo de antaño: “No se combate al viento… se aprende a escuchar su rumbo.”
Decidieron entonces poner fin a los hechiceros y cambiar el modo de relacionarse con los dioses: no mediante la imposición, sino a través del respeto.
El nacimiento del templo de las tempestades
En el mismo sitio donde la caverna reposaba, los totonacas levantaron un templo majestuoso, dedicado al Dios del Trueno. Durante trescientos sesenta y cinco días, tantos como los escalones que conducían a lo profundo de aquel lugar, ofrecieron flores, frutos e incienso.
Sus cantos ya no eran gritos de poder, sino alabanzas que arrullaban a los niños y encendían el amor en los corazones.
Y el dios, complacido, habló en silencio a sus fieles: debían sepultar la caverna y elevar sobre ella un monumento digno de su poder.
Así nació el templo de El Tajín… el lugar de las tempestades, donde aún hoy, dicen algunos, los truenos resuenan con una intención que no parece del todo natural.
Donde aún respira la tormenta
Hoy, la imponente Pirámide de El Tajín se alza como testigo de aquel pacto antiguo entre el hombre y lo divino. Sus nichos, sus formas y su silencio guardan la memoria de un tiempo donde los cielos respondían a los llamados… y donde los errores podían costar más que la vida.
Y hay quienes aseguran que, en noches de tormenta, si uno guarda silencio… puede escuchar el lejano retumbar de un tambor.
Quien pretende dominar las fuerzas del mundo, termina siendo arrastrado por ellas; pero quien aprende a respetarlas, encuentra en ellas su lugar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Elaborado por el Cronista Garbancero en base a los relatos populares.
