
En cada ciudad existe una casa que nadie quiere mirar demasiado tiempo. Un lugar donde la memoria se vuelve pesada como el plomo, y donde los pasos parecen sonar más huecos que en cualquier otra parte.
En Querétaro, entre calles que de día son tranquilas y de noche parecen guardar secretos, se levanta una vivienda común, sin torres ni cruces ni símbolos extraños. Pero basta que el sol se oculte para que los vecinos bajen la voz y los niños prefieran cambiar de acera.
No es una casa antigua ni colonial. No fue escenario de guerras ni de conspiraciones. Fue, simplemente, el hogar de una familia.
Y quizá por eso, la historia resulta aún más terrible.
La historia
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en aquella casa vivía una mujer devota, de trato amable, conocida por su fe y su dedicación a sus hijos.
Claudia Mijangos había nacido en Mazatlán en 1956. De joven fue reina de belleza, y con los años se convirtió en catequista y madre de familia. Junto a su esposo se mudó a Querétaro, donde intentaron construir una vida tranquila.
Tuvieron tres hijos: Alfredo Antonio, de seis años; Ana Belén, de nueve; y Claudia María, de once.
Pero el matrimonio comenzó a resquebrajarse. Las discusiones se volvieron frecuentes, la separación llegó, y la mujer empezó a cambiar.
Los vecinos decían que ya no era la misma. Que hablaba sola. Que creía ver señales extrañas. Que algo oscuro parecía rondar su pensamiento. Los médicos, tiempo después, hablarían de crisis psicóticas, de epilepsia del lóbulo temporal y trastornos mentales severos.
Pero aquella madrugada de abril de 1989, la ciencia aún no había puesto nombre a lo que ocurría en su mente.
La madrugada terrible
Dicen que eran alrededor de las cuatro o cinco de la mañana cuando la casa quedó en silencio profundo.
Claudia despertó sobresaltada. Aseguró después que escuchaba voces. Que algo le hablaba. Que le ordenaba hacer lo impensable.
Se levantó, se vistió con calma y caminó hasta la cocina. Tomó tres cuchillos. Cada uno para un hijo.
El primero fue el pequeño Alfredo. Dormía sin sospechar nada.
El grito del niño despertó a su hermana mayor, que intentó detener a su madre. No lo logró.
La casa, que hasta entonces había sido un refugio, se convirtió en un sitio de desesperación, gritos y sombras. Cuando todo terminó, los tres niños habían muerto.
Aquel crimen estremeció al país entero. Nadie podía creerlo: una catequista, una madre devota, convertida en la protagonista de una tragedia imposible de entender.
La prensa la bautizó con un apodo cruel: “La Hiena de Querétaro.”; Fue condenada a treinta años de prisión, la pena máxima de la época.
La casa del silencio
Tras el crimen, la vivienda quedó abandonada. Las cortinas se pudrieron. La pintura se descarapeló. El jardín se llenó de hierba salvaje.
Pero lo más inquietante no fue el abandono, sino lo que comenzaron a decir los vecinos.
Algunos aseguraban escuchar pasos ligeros en las madrugadas. Otros hablaban de risas infantiles, muy suaves, como si vinieran de un cuarto cerrado. Hubo quien juró haber visto sombras pequeñas cruzar las ventanas.
Con el paso de los años, investigadores paranormales entraron al lugar. Algunos afirmaron sentir una tristeza profunda, como si el aire estuviera cargado de angustia. Otros dijeron que no vieron fantasmas, pero sí una sensación difícil de explicar, una presión en el pecho, una especie de duelo suspendido en el tiempo.
Así, poco a poco, la tragedia se convirtió en leyenda. Y la casa, en uno de los sitios más temidos de la ciudad.
El eco de los niños
Los más viejos del barrio dicen que no hay gritos ni apariciones violentas. Que no se trata de espíritus vengativos. Sino de algo más triste.
Cuentan que, en ciertas fechas del año, cuando la madrugada es fría y la luna apenas alumbra, puede escucharse el sonido de pasos pequeños. Como si tres niños recorrieran los pasillos buscando a su madre.
Y entonces, todo queda en silencio otra vez.
“Las casas guardan memoria, muchacho. No sólo de los vivos, también de los dolores. Por eso hay lugares donde uno entra y siente el corazón pesado sin saber por qué.
No son fantasmas los que espantan…
son los recuerdos que no han podido descansar.”
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la síntesis de nota roja y relatos populares del caso Mijangos. Datos biográficos y del crimen basados en registros periodísticos y fuentes documentales.
