
Mis queridas almas lectoras… hay cerros que no solo guardan piedra y tierra, sino secretos que laten con una paciencia antigua, aguardando al incauto que se atreva a buscarlos. En la noble tierra de Cholula, donde la historia respira entre templos y pirámides, se levanta el Cerro Zapotecas, sitio de peregrinaje no solo de curiosos, sino de desesperados… de aquellos cuya pobreza les susurra soluciones peligrosas.
Cuando la necesidad nubla el juicio
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que… cuando la bolsa está vacía y la esperanza se marchita, no falta quien diga con media sonrisa y tono sombrío: “Ve al Zapotecas”. Y no lo dicen por consejo ligero, sino con el peso de quien sabe que en ese cerro habita algo más que viento y sombra.
En aquellos tiempos, un hombre de honor se vio atrapado entre su deber y su miseria. Debía cumplir con la mayordomía de su pueblo, obligación sagrada que exigía flores, música, comida y regocijo para la comunidad. Mas la tierra aún no daba cosecha, y ni amigos ni compadres pudieron socorrerle.
La noche del encuentro
Vencido por la angustia, emprendió su camino al cerro en la negrura de la noche. No había luna que lo guiara ni estrella que lo consolara. Fue entonces cuando, entre los árboles, apareció una figura: un hombre de porte recio, como caporal de hacienda, cubierto con gabán y sombrero.
—¿Me andabas buscando? —dijo con voz firme—. No hace falta que hables. Conozco tu pena… y puedo remediarla.
El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra. Luego vino la sentencia:
—Solo debes decidir… ¿de quién será el alma que me entregarás?
El precio de la ambición
El hombre, aterrado, intentó huir, mas el camino ya no era el mismo. Donde antes hubo monte, apareció una enorme casa, como hacienda surgida de la nada. Desde su interior brotaban lamentos que helaban la sangre.
Al cruzar el umbral, la escena fue peor que cualquier pesadilla: hombres colgados, atados, marcados por el castigo. Algunos inmóviles, otros apenas respirando. Y entre ellos… su compadre.
—Compadrito… ¿qué haces aquí? —susurró con voz rota—. Huye… antes de que vuelva… no voltees…
Mas la advertencia quedó inconclusa, como si el aire mismo se negara a escucharla.
El valor de lo sencillo
Sin mirar atrás, el hombre corrió hasta perder el aliento. Al llegar a su hogar, comprendió que no hay riqueza que justifique la condena eterna.
Al amanecer, vendió dos de sus vacas. No hubo lujo ni exceso, pero cumplió con su deber. La fiesta fue sencilla… mas su alma, intacta.
Brujas, pactos y noches prohibidas
Dicen los pobladores que el Cerro Zapotecas no ha perdido su misterio. Que en sus laderas aún se ven sombras danzantes, y que cada primero de marzo, las brujas se reúnen en secreto, celebrando rituales antiguos bajo la mirada invisible de aquello que mora en la cueva.
Y así, el cerro sigue esperando… paciente… silencioso… tentador.
Quien busca atajos en la vida, muchas veces termina tomando caminos sin regreso; porque lo fácil suele ser caro… y lo caro, se paga con el alma.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Texto creado por el Cronista Garbancero, basado en relatos populares.
