
Hubo un tiempo en que las calles de la antigua Ciudad de México guardaban secretos más pesados que el silencio. Cuando la noche caía y las farolas apenas combatían la penumbra, los callejones se convertían en testigos de suspiros, juramentos y pecados que jamás debieron cometerse.
En el antiguo Callejón de las Golosas, hoy Calle República de Haití, una historia quedó suspendida entre balcones y sombras. Una historia de amor maldito, de arrepentimiento tardío y de un abanico partido que aún parece agitar el aire frío de la madrugada.
El burlador de corazones
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que durante la época colonial habitaba en la ciudad un hombre de nombre Longinos Peñuelas, acaudalado, elegante y dueño de una reputación tan brillante como oscura. Su vida estaba marcada por la conquista efímera y el abandono cruel. Promesas vacías, cartas perfumadas y caricias engañosas eran sus armas predilectas.
No pocas mujeres quedaron marcadas por su paso: algunas recluidas en conventos, otras consumidas por la vergüenza, y algunas más entregadas al silencio eterno.
El balcón de la mujer vestida de blanco
Una noche, tras abandonar el lecho ajeno, Longinos cruzó el callejón y alzó la vista. En un balcón, una joven vestida de blanco contemplaba el cielo, agitando con delicadeza un abanico de encaje. Su belleza lo desarmó de inmediato.
El pañuelo que ella dejó caer fue el pretexto perfecto. El encuentro, inevitable.
Noche tras noche, entre susurros y miradas furtivas, el romance floreció bajo el resguardo de la oscuridad. Pero cuando él intentó besarla, el abanico de nácar cayó y se partió en dos. Ella guardó una mitad como si fuese un presagio.
La casa abandonada
La joven pidió dos noches de ausencia. A la tercera huirían juntos… pero con su pequeño hijo, pues no podía abandonarlo.
Imprudente y ansioso, Longinos regresó antes de tiempo. Lo que encontró fue una casa en ruinas, muda, abandonada. Vecinas del lugar revelaron el horror: aquella casa perteneció a Don Hermenegildo Alcérreca y su hija Rosaura… desaparecidos diez años atrás.
Los gritos nocturnos eran el único rastro de su existencia.
El descubrimiento
Acompañado por un sacerdote y un cerrajero, Longinos entró. En un cuarto sellado por la oscuridad hallaron dos esqueletos: el de un bebé y el de una mujer que aún sostenía la mitad del abanico de nácar.
El sacerdote rezó. Longinos lloró.
Comprendió entonces que Rosaura, la joven del balcón, había sido una de sus víctimas.
El castigo
Apenas salió de la casa, el esposo de su última conquista lo enfrentó. No hubo palabras suficientes. La venganza fue rápida.
Cuando Longinos cayó sin vida, una carcajada helada quebró el silencio nocturno. Algunos aseguran que fue Rosaura. Otros dicen que fue el destino.
La variante duranguense: amor que trasciende la muerte
Años después, en Durango, otra historia adoptó el mismo nombre.
Ana Luisa, joven devota y bondadosa, conoció al militar Juan Luis Terreros. Su abanico en la catedral se volvió señal de amor y compromiso. Pero la guerra separó sus destinos y una carta tardía anunció la muerte del amado.
Desde entonces, en las noches cálidas, una figura femenina recorre la catedral moviendo su abanico… esperando un amor que jamás regresó.
Esta versión se funde con la leyenda de La Monja de la Catedral de Durango, demostrando cómo el tiempo y la tradición transforman las historias sin borrar su esencia.
Decía mi abuelo que hay promesas que pesan más que los pecados y ausencias que condenan más que la muerte. El abanico de Rosaura no solo partió el aire de la noche… partió también el destino de un hombre que nunca supo amar.
Y es que en asuntos del corazón, tarde o temprano, la vida cobra sus deudas.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Julián Domínguez
Leyendas del México Colonial
