
A su mercé, permítame decirle que hay noches que no pertenecen del todo a este mundo. Noches largas, heladas y benditas, donde la luna parece vigilar los pasos de vivos y muertos por igual. Así era Santa María Magdalena, al norte de la ciudad queretana: un caserío pequeño, colorido y humilde, rodeado de nopaleras cargadas de tunas rojas como la sangre y cruzado por un arroyo tan claro que parecía espejo del cielo.
Fue en una de esas noches —la más santa de todas— cuando ocurrió un suceso que aún hoy se murmura en voz baja, por respeto… o por temor.
La casa de adobe y la vida sencilla
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en una casita humilde vivía Vicente, jardinero de manos curtidas y espalda vencida por los años, junto a su joven esposa Margarita, mujer alegre, hermosa y buena, y sus dos pequeñas hijas. Pobreza había, sí, pero también cariño, y eso alcanzaba para llamarse felices.
Como tantas mujeres del pueblo, Margarita acudía al arroyo a lavar la ropa. Aquel día, confiada, se bañó en sus aguas cristalinas sin pensar en el viento helado que comenzaba a soplar. El frío se le metió al pecho sin pedir permiso. Tos, fiebre, escalofríos… y el principio del fin.
La enfermedad que no cedía
El curandero nada pudo hacer. Cuando el médico llegó desde la ciudad, ya era tarde: la pulmonía había tomado ambos pulmones. Margarita se iba apagando despacio, dejando esposo viudo y dos niñas huérfanas… o eso creyeron todos.
Era 24 de diciembre. Vicente, con el alma hecha pedazos, cortó flores de Nochebuena del jardín que cuidaba con devoción. No tenía regalos, pero sí fe. Entró a la iglesia, rezó frente al nacimiento y pidió compasión, no con palabras, sino con lágrimas.
Las campanas a muerto
Al volver a casa, el murmullo lo anunció todo. Las campanas de la torre tocaban a difunto. Margarita yacía inmóvil, rodeada de cirios y flores, pálida como la cera. Vicente colocó su ramo junto a ella y abrazó a sus hijas sin voz para llorar.
A la medianoche, cuando el gallo cantó y el reloj dio las doce, Lupita, la hija mayor, se levantó y besó la mano de su madre.
—¡Mi mamá movió el dedo! —gritó.
Nadie le creyó… hasta que Vicente lo vio con sus propios ojos. El dedo meñique se movía. Luego la mano entera. Luego un suspiro profundo.
Margarita no estaba muerta.
El regreso
Al despertar, Margarita habló de un camino largo, de una señora vestida de blanco que le dijo que aún no era su hora… y de una espina que se le clavó en el pie al regresar.
Al descubrirle el pie, ahí estaba:
una espina de nopal, fresca, sangrante, imposible de explicar en una mujer que llevaba días en cama.
La retiraron. Margarita durmió en paz.
El reconocimiento
Al amanecer, Vicente llevó otro ramo de Nochebuena al nacimiento. Lupita, al ver a la Virgen, exclamó:
—¡Papá! Esa es la señora que despertó a mi mamá…
Vicente no dijo nada. Las lágrimas hablaron por él.
Días después, Margarita volvió al arroyo, sana, riendo con sus hijas. Y Santa María Magdalena nunca volvió a ser el mismo.
He visto almas regresar con frío en los huesos y marcas en el cuerpo que no pertenecen a este mundo.
Cuando un muerto trae señal, es porque caminó donde no todos pueden volver… y alguien le permitió regresar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de María Luisa Medina de Montes Collantes,
La abuela contaba, Querétaro.
