
Mis queridas almas lectoras, acérquense al resplandor tembloroso de esta vela y permitan que las sombras hagan su labor. Hay historias que nacieron para advertir, relatos viejos que no pretenden únicamente asustar, sino recordar que el corazón humano puede ser terreno fértil tanto para la gracia como para la condena.
En las calles empedradas de la antigua Tlaxcala, cuando todavía las campanas marcaban el ritmo de la vida colonial y los balcones eran testigos de secretos prohibidos, comenzó a contarse la tragedia de una joven cuya hermosura terminó siendo su peor desgracia.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que el mismo Diablo cabalgó por aquellas calles buscando reclamar aquello que consideraba suyo.
Una niña marcada desde el nacimiento
Cuentan que en aquellos años de la Colonia vivía un matrimonio respetable que esperaba con enorme ilusión la llegada de su primer hijo. Eran personas de fe, tranquilas y apreciadas por los habitantes de la villa.
Una tarde gris, mientras el viento soplaba entre los callejones y las nubes ocultaban el cielo, la mujer sintió los dolores del parto. El marido, nervioso y apresurado, fue en busca de una vieja comadrona conocida no sólo por atender alumbramientos, sino por poseer extraños dones de adivinación.
La anciana llegó cubierta con un rebozo oscuro y unos ojos cansados que parecían haber contemplado demasiadas desgracias. Ayudó a traer al mundo a una niña de extraordinaria belleza. Sus cabellos claros y su delicado rostro hicieron que incluso la vieja guardara silencio por unos instantes.
Mas cuando tomó a la criatura entre sus brazos, la expresión de la anciana cambió.
—Algo tan hermoso —murmuró con voz temblorosa— será reclamado algún día por Dios… o por el Diablo.
Los padres, creyendo que aquellas palabras eran simples delirios de vejez, ignoraron el oscuro presagio. Y ya ve usted, alma lectora… hay advertencias que llegan envueltas en humildad, pero cargadas de verdad.
El orgullo que creció junto a su belleza
La pequeña Clara creció entre lujos, cuidados y admiración. Conforme los años avanzaban, también aumentaba su hermosura. Decían las muchachas del pueblo que parecía salida de una pintura celestial; decían los hombres que ningún amanecer era tan bello como sus ojos.
Pero no toda flor que deslumbra posee buen perfume.
Poco a poco, la soberbia comenzó a ocupar espacio dentro del corazón de la joven. Clara disfrutaba observar cómo todos inclinaban la cabeza a su paso. Le complacía escuchar elogios y despreciar a quienes consideraba inferiores.
Cuando cumplió quince años, sus padres propusieron que ingresara a un convento, tal como acostumbraban algunas familias de buena posición en aquellos tiempos. Mas Clara soltó una fría carcajada y respondió que los conventos eran lugar para mujeres feas o desgraciadas.
Aquellas palabras cayeron sobre la casa como ceniza amarga.
Sus padres, resignados, le sugirieron entonces encontrar esposo entre los jóvenes caballeros de la región. Clara aceptó… aunque con una condición tan cruel como absurda: sus pretendientes debían enfrentarse en combate para demostrar quién merecía su mano.
Y así comenzaron los duelos.
Los caballeros caídos
Durante semanas enteras, los jóvenes acudieron llenos de orgullo y esperanza. Algunos llegaban vestidos con elegantes trajes; otros portaban espadas heredadas por generaciones. Todos deseaban conquistar a Clara.
Pero uno tras otro fueron cayendo.
La sangre manchó los caminos, las familias vistieron luto y las campanas doblaron demasiadas veces por muchachos que jamás regresaron a casa. Lo más terrible era que Clara observaba aquellas tragedias sin mostrar compasión alguna.
Desde su balcón contemplaba las disputas como quien disfruta un espectáculo.
Dicen los ancianos que cuando el orgullo se alimenta demasiado, termina dejando la puerta abierta para que entren sombras peores.
Y fue entonces cuando apareció aquel misterioso jinete.
El caballero vestido de negro
Una noche silenciosa, mientras Clara admiraba frente al espejo la perfección de sus rizos dorados, escuchó una melodía extraña proveniente de la calle. No era música alegre ni triste… era una tonada hipnótica, como si hubiese nacido en algún rincón olvidado del infierno.
La joven se acercó lentamente al balcón.
Abajo, montado sobre un caballo negro como boca de cueva, avanzaba un caballero vestido completamente de oscuro. Su porte era elegante y su rostro poseía una belleza inquietante. Alzó la mirada y clavó sus ojos en los de Clara.
La muchacha sintió que el mundo desaparecía.
Desde aquella noche, el misterioso hombre regresó cada vez que el sol se ocultaba. Siempre llevaba consigo una rosa roja y una sonrisa imposible de descifrar. Clara lo esperaba ansiosa en el balcón, olvidándose incluso de quienes antes habían muerto por ella.
Nadie sabía de dónde provenía aquel caballero. Nadie conocía su apellido. Pero en los pueblos antiguos se decía que los desconocidos que sólo aparecen de noche jamás traen buenas intenciones.
La huida hacia la condena
Pasaron los días y el extraño galán terminó por conquistar completamente el corazón de Clara. Una noche, mientras la luna apenas iluminaba los tejados de la villa, el caballero le susurró que escaparan juntos para vivir un amor eterno lejos de todos.
Y Clara aceptó sin dudar.
La joven abandonó la casa de sus padres en silencio y corrió hasta encontrarse con su enamorado. Él la recibió entre sus brazos mientras el viento agitaba los árboles y los perros ladraban nerviosos a la distancia.
Cerrando los ojos, Clara creyó haber encontrado finalmente la felicidad.
Pero al tomar el brazo del caballero sintió algo extraño bajo la tela de su elegante traje… una superficie áspera, cubierta de vello.
Abrió los ojos lentamente.
Y entonces contempló el verdadero rostro de aquel hombre.
No era un caballero.
No era humano.
Frente a ella se encontraba el mismísimo Diablo, con mirada ardiente y sonrisa monstruosa.
Los gritos de Clara se perdieron entre la oscuridad de aquella noche.
El hallazgo que heló a Tlaxcala
Pasaron varios días sin noticias de la joven. Sus padres, consumidos por la angustia, recorrieron caminos, plazas y capillas preguntando por ella.
Nadie sabía nada.
Hasta que un campesino llegó una mañana completamente pálido y tembloroso. Juraba haber encontrado el cuerpo de una muchacha entre unos terrenos apartados.
Cuando acudieron al lugar, el horror cayó sobre todos los presentes.
El cadáver tenía el rostro terriblemente quemado, como si el fuego mismo hubiese reclamado su carne. Lo único reconocible eran sus cabellos dorados y ondulados.
Desde entonces, algunos aseguran que durante ciertas noches puede escucharse el trote de un caballo negro atravesando las calles antiguas de Tlaxcala. Otros afirman haber visto a una joven llorando desde balcones vacíos mientras una rosa roja cae lentamente sobre el empedrado.
Y créame, alma lectora… cuando una leyenda sobrevive tantos años, es porque quizá algo de verdad todavía respira dentro de ella.
La hermosura abre puertas, pero la soberbia suele impedir ver quién espera detrás de ellas. Porque no todo lo que halaga al corazón viene enviado por el cielo.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Ediciones Horus, Leyendas de Tlaxcala.
