
Las antiguas villas del México colonial guardan historias que sobreviven al paso de los siglos.
En los portales, en las calles empedradas y en los viejos barrios donde la luna ilumina los tejados de cantera, todavía parece escucharse el eco de voces que ya no pertenecen a este mundo.
Entre todas las historias que recorren el país —desde los desiertos de Sonora hasta las selvas de Yucatán— hay una que hiela la sangre incluso al más valiente: la leyenda de La Llorona.
Pero pocos saben que su lamento también se escuchó en la antigua Villa de la Asunción de Aguascalientes, donde durante muchos años los vecinos aseguraban ver un carruaje negro cruzar la ciudad a medianoche… guiado por una mujer que lloraba por sus hijos.
La mujer que quiso vivir entre los ricos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace muchos años, cuando Aguascalientes aún era conocida como la Villa de Nuestra Señora de la Asunción, vivía en ella una mujer joven, hermosa y de buena familia llamada Marisa López de Figueroa.
Era una dama elegante, de rostro fino y porte distinguido. Su esposo, Don Figueroa, era un hombre mayor que ella, trabajador, responsable y de buen corazón. La quería profundamente y hacía todo lo posible por complacerla.
Había solo un problema. El hombre no tenía fortuna.
Sin embargo, sabiendo que su esposa disfrutaba de la compañía de las damas adineradas de la villa, se esforzaba día y noche para darle una vida digna y permitirle mantener las apariencias ante la sociedad.
Pero Marisa no conocía la moderación. El dinero que su marido ganaba con tanto esfuerzo desaparecía rápidamente entre vestidos, joyas, paseos y fiestas.
Mientras las otras damas paseaban por la plaza o celebraban tertulias interminables, ella trataba de mantenerse a su altura… aunque el precio fuera cada vez más alto.
Los hijos olvidados
Con los años, Marisa tuvo cuatro hijos. Pero la maternidad nunca fue de su agrado.
Los pequeños crecieron prácticamente en manos de la servidumbre, mientras su madre continuaba preocupándose por vestidos, reuniones y apariencias.
El hogar, que debía ser refugio, se convirtió en un lugar frío, y el esposo, cada vez más agotado, seguía trabajando sin descanso para sostener aquella vida que parecía no tener fin.
Hasta que un día, el destino decidió poner fin a aquel esfuerzo, Don Figueroa enfermó gravemente y poco tiempo después… murió.
Con él se fue también el dinero.
El día del paseo
La viuda se encontró de pronto sin fortuna, sin apoyo y con cuatro niños que alimentar. Durante un tiempo vendió los muebles de la casa, después las joyas… y finalmente todo aquello que alguna vez le dio prestigio ante la sociedad. Pero el dinero se agotó.
Y cuando la desesperación alcanzó su punto más oscuro, tomó una decisión terrible. Una mañana reunió a sus hijos y les dijo que los llevaría de paseo al río de los Pirules.
Los niños saltaron de alegría, era la primera vez que su madre los llevaba al campo. Subieron al carruaje entre risas y preguntas inocentes.
El carruaje salió de la ciudad con prisa y pronto llegó a la orilla del río. En aquellos tiempos el río era profundo y caudaloso.
Bajó a los niños, y sin decir palabra…
los fue arrojando uno a uno al agua.
Las pequeñas manos de los niños se agitaban desesperadas mientras la corriente los arrastraba, pero la mujer no hizo gesto alguno.
Los observó desaparecer bajo el agua… hasta que todo quedó en silencio.
El remordimiento
Después de aquello, Marisa subió al carruaje y partió a toda velocidad, pero la conciencia es un juez que nunca duerme.
No había avanzado mucho cuando el horror de lo que había hecho comenzó a devorarla, regresó al río, pero ya era tarde.
Sus hijos habían desaparecido para siempre.
Desesperada, fuera de sí, comprendiendo el crimen que había cometido…
se arrojó también al agua.
Poco después, los habitantes del lugar encontraron los cuerpos flotando en el río, los cuatro niños y la madre.
El carruaje que recorre la ciudad
Desde aquella tragedia, los habitantes de la villa comenzaron a escuchar algo extraño.
A la medianoche, un carruaje. Y el llanto de una mujer.
Dicen que la señora Marisa vuelve desde el cementerio, donde fue sepultada junto a sus hijos, y cruza la ciudad montada en un carruaje negro.
Mientras recorre las calles, su voz resuena en la oscuridad:
—¡Ay, mis hijos!
—¡Dónde están mis hijos!
Los vecinos aseguraban verla pasar por antiguas calles como Carrillo Puerto, Guerrero y la calle de Nieto, siempre rumbo al río de los Pirules.
A la luz de la luna, el carruaje parecía envuelto en sombras. Y algunos juraban que de él salían llamaradas, mientras el lamento de la mujer se extendía por toda la villa.
Las mujeres cerraban las ventanas, y más de un trasnochado que volvía de fiesta… perdía la borrachera al verla pasar.
Los hombres que quisieron seguirla
Una noche, cuatro hombres que salían de una cantina decidieron seguir el carruaje, decían no creer en fantasmas pero llevaban suficiente alcohol encima para convencerse de que nada podía asustarlos.
El carruaje avanzaba lentamente por las calles silenciosas, ellos lo siguieron.
Primero por Carrillo Puerto, luego por Guerrero, finalmente por la calle de Nieto. Al llegar cerca del río de los Pirules, el carruaje se detuvo.
Entonces se escuchó el último grito. Un grito largo. Desgarrador.
—¡Ay… mis hijos!
Y en ese mismo instante…
el carruaje desapareció.
Como si nunca hubiera existido.
El silencio que volvió a la villa
Durante años, la aparición de la Llorona mantuvo aterrorizados a los habitantes de Aguascalientes.
Nadie quería salir después de la medianoche, las puertas se cerraban temprano, las velas se apagaban. Y las madres abrazaban a sus hijos con más fuerza.
Con el tiempo, dicen algunos, el espectro dejó de aparecer.
Tal vez pagó su condena. Tal vez encontró descanso. O tal vez…
solo espera que la noche vuelva a ser lo suficientemente oscura para regresar.
Decía mi abuelo que pocas cosas son tan terribles como el remordimiento.
Porque cuando el arrepentimiento llega tarde… ni los ríos pueden borrar lo que se ha hecho. Y por eso, cuando escuche el viento arrastrarse por las calles en la madrugada…
más vale no seguir ese llanto.
No todos los dolores pertenecen a este mundo.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Oliver Barona,
“Leyendas de Aguascalientes”
