
Hay imágenes que se veneran. Y hay imágenes que responden.
En Los Altos de Jalisco, donde el viento levanta polvo antiguo y los panteones guardan más historias que huesos, existe un Cristo pintado sobre adobe que no necesita mármol ni retablos dorados para imponer respeto.
Dicen que no es su rostro…
Ni la corona de espinas…
Ni siquiera las almas del purgatorio que lo rodean.
Dicen que lo que nadie olvida… son sus rodillas.
El Cristo del Panteón
En la Capilla del Panteón de la Encarnación se encuentra la imagen del Señor de la Misericordia. No es escultura. No es talla de cantera. Es pintura sobre pared de adobe, pero su presencia es solemne.
Cristo aparece crucificado, estilizado con rasgos casi bizantinos. Sangrante.
El rostro inclinado hacia la derecha, los ojos cerrados.
La corona de espinas oprime su frente.
La cabellera ondulada cae sobre la espalda.
Un resplandor difuso lo envuelve.
Bajo sus pies y alrededor de la cruz —tableada y con la tradicional tarja INRI— emergen almas del purgatorio, con manos juntas, implorando misericordia.
Toda la escena inspira respeto. Y silencio.
Pero un día de octubre… el silencio fue roto.
El testimonio del Vichi
Fue el profesor quien, buscando información, llegó hasta la alfarería de Pedro Aranda Aguilera, mejor conocido como “El Cupido”. Allí, entre cazuelas recién salidas del torno y el olor a barro húmedo, se encontraba un hombre al que llamaban “El Vichi”.
Don Pablo Povedano… aunque pocos lo conocían por ese nombre.
El viejo recordaba con claridad al Padre Lucio, aquel sacerdote que promovió las fiestas del Señor de la Misericordia.
—¡Claro que me acuerdo! —decía— Yo estaba chamaco… tendría siete u ocho años. Fui danzante del Padre Lucio. Nos daba nuestro premio y un jarro de atole…
Pero lo que narró después, aún le estremecía la voz.
El día que Cristo sangró
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que casi recién llegado al panteón, el Padre Lucio consideró que la imagen del Cristo estaba descuidada. Quizá por estar pintada en la pared, quizá por el paso del tiempo.
Un día llamó a dos muchachos:
—Mañana se vienen temprano. Compran unos estropajos.
A la mañana siguiente llevaron una cubeta, jabón y zacates.
—Con esto van a lavar la imagen —ordenó el sacerdote.
El Vichi tomó los zacates, los mojó, los enjabonó… y comenzó a tallar las rodillas del Señor de la Misericordia.
Y entonces ocurrió.
Apenas dio la primera tallada… los estropajos se tiñeron de rojo.
Sangre.
No pintura.
No polvo húmedo.
Sangre.
Los muchachos corrieron espantados a avisarle al Padre. Cuando éste vio los zacates empapados en sangre, corrió al templo.
Cayó de rodillas frente a la imagen. Y lloró. Rezó. Pidió perdón.
Prometió que jamás volvería a intentar alterar la imagen y que siempre le celebraría su fiesta con devoción.
Desde aquel día —según el testimonio del Vichi— el Padre Lucio, cada vez que iba al panteón, avanzaba de rodillas desde las últimas casas de la calle Ánimas hasta la capilla.
Siempre llevaba el pantalón roto en las rodillas. Pero nadie lo notaba, pues la sotana lo cubría.
Fue él quien impulsó las fiestas del Señor de la Misericordia.
Falleció el 27 de junio de 1917. Sus restos descansan en el nicho 1058 del mismo panteón del que fue guardián.
La promesa y la memoria
En Los Altos, la fe no se discute: se respeta.
Hay quienes dicen que fue milagro.
Hay quienes dicen que fue advertencia.
Y hay quienes prefieren callar… por si acaso.
Porque una cosa es limpiar polvo.
Y otra muy distinta… es tallar lo sagrado.
Mire, muchacho…
No todo lo que parece suciedad necesita estropajo.
Hay cosas que el tiempo cubre por respeto.
Y hay imágenes que no quieren ser tocadas.
La fe, cuando es verdadera, se arrodilla sola.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Prof. Ezequiel Hernández Lugo,
Historias, crónicas y leyendas de Los Altos de Jalisco
