
Mis queridas almas lectoras…
En la mansa orilla de Campeche, donde el mar parece susurrar secretos en lengua antigua y las flores caen como lluvia de oro desde los mangueros y tamarindos, nacen historias que no pertenecen del todo a este mundo.
Hay leyendas que son alegres como la mañana.
Otras, tristes como un crepúsculo lluvioso.
Y algunas —como la que esta noche traigo a vuestra merced— son tan delicadas que parecen escritas con espuma y con luz.
Ajusten el rebozo, acerquen la silla a la vela… que vamos a hablar del amor que no sabe llorar.
La Leyenda de La Playera
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en tiempos coloniales, cuando los corsarios rondaban el Golfo y las campanas de San Román marcaban el ritmo del puerto, vivía en la costa una joven conocida como Lila.
Blanca como el encaje del cielo al atardecer.
Alta y serena como palmera mecida por el viento.
De ojos grandes y brillantes, de esos que parecen guardar mareas por dentro.
Dicen que era rica… pero el mar la había adoptado como hija.
Las marineritas la querían como a una hermana.
Los pescadores callaban al verla pasar.
Y el viento parecía detenerse cuando ella caminaba.
Pero había algo extraño en Lila.
Nunca había llorado.
Y aquello la entristecía.
La Mañana del Destello
Una mañana de agosto —que en aquellas tierras llaman invierno— Lila salió del mar con su hermanito en brazos. La aurora comenzaba a teñir el horizonte con tintes de cobre y púrpura.
Fue entonces cuando el primer rayo del sol descendió como una caricia divina y quedó prendido en su cabellera.
Lila sintió algo nuevo.
Una corriente cálida.
Un latido distinto.
Una voz en el oído.
—¿Voy a llorar, Dios mío? —susurró.
Cerró los ojos.
Y el mundo cambió.
El Ángel o el Filibustero
Ante ella apareció un mancebo alado, de belleza imposible.
Sus ojos irradiaban juventud eterna.
Sus labios aún temblaban con la última nota de una canción de amor.
Venía en una barquilla de cristal.
Las olas se teñían de fuego al rozarlo.
Detrás de él descendía un pórtico de zafiro y oro.
Pero en el fondo del alma de Lila pasó una sombra negra.
En la última fiesta de San Román, había visto a un hombre semejante.
Vestía terciopelo.
Derramaba oro a manos llenas.
Nadie lo conocía.
Algunos decían que era un filibustero.
Y aquella misma mañana un bergantín con bandera negra había cruzado el horizonte.
La bandera negra… la de los corsarios.
La Barquilla y la Luna
—¿Me amas? —preguntó el ángel.
Y Lila respondió con la luz de sus ojos.
—¿Podré llorar?
—Llorarás.
La barca comenzó a bogar.
El mar parecía cantar.
El cielo se volvió templo.
De cada beso nacía un azahar.
Pero entonces…
—¡Mi hermanito! —gritó Lila.
Lo había dejado dormido en la arena.
El ángel señaló al cielo.
Allí, sobre la luna menguante, como en una cuna de plata, el niño dormía en paz.
Y la barquilla siguió avanzando…
La Leche Amarga
Antes de perderse en su éxtasis, Lila recordó algo más.
Aquella mañana había bebido leche traída por su esclava africana.
Estaba amarga.
Y la criada había palmoteado emocionada:
—Allí está… viene por nosotros.
¿El filibustero?
¿El ángel?
¿El sol?
Nadie lo supo jamás.
Solo se sabe que Lila sintió un último beso…
y murmuró:
—Creo que voy a llorar.
Y el ángel respondió:
—Llorarás.
¿Fue feliz?
Las muchachas que escuchaban aquella confesión se preguntaron:
—¿Y lloró por fin?
La respuesta fue simple y misteriosa:
Si murió, fue feliz.
Si lloró, fue feliz también.
¿No dijo Nuestro Señor que bienaventurados los que lloran?
Verán ustedes…
El primer amor es como el mar.
Uno no sabe si es cielo o abismo hasta que se deja arrastrar.
Lila no sabía llorar porque no había amado.
Y amar es aceptar la herida.
Sea que el ángel fuera sol…
sea que fuera corsario…
sea que fuera muerte…
Lo cierto es que hay felicidades que se parecen demasiado al misterio.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Justo Sierra Méndez,
Campeche a través de sus Leyendas, 1984
