
Querétaro es tierra donde el agua corre bajo piedra, la historia bajo polvo… y la leyenda bajo el silencio. Hay casas que crujen, templos que murmuran y haciendas que guardan secretos tan antiguos que ya no saben si fueron verdad o invención. La Hacienda del Marqués de la Villa del Villar y del Águila es una de ellas.
Por décadas —y acaso siglos— se habló de túneles, cofres, tesoros y pasajes secretos. Unos juraban que ahí escondieron su botín bandidos de buen corazón; otros, que un emperador derrotado dejó huellas de su paso. Pero como suele suceder en estas tierras, la realidad resultó ser menos brillante… y mucho más profunda.
La historia
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que bajo la hacienda, cuando la noche está quieta y la tierra húmeda, aún se escucha el eco del agua corriendo por galerías de piedra. No son lamentos ni cadenas: es el sonido de una ciudad que bebió durante doscientos años de un corazón oculto.
La Hacienda del Marqués, situada en la zona de La Cañada, fue propiedad de Juan Antonio de Urrutia y Arana, el mismo hombre que impulsó la construcción del imponente acueducto de Querétaro, concluido en 1735 con sus 74 arcos de cantera.
En aquellos años, la ciudad padecía una sed constante. El río de “aguas blancas”, como le llamaban, prometía abundancia, pero había que domarla. Así nació un sistema hidráulico admirable para su tiempo: túneles, galerías filtrantes, veneros y cámaras subterráneas excavadas siguiendo la veta del agua, como si se tratara de oro líquido.
¿Para que eran los túneles?
No eran túneles secretos para huir ni esconderse: eran socavones hidráulicos, venas abiertas en la tierra para llevar vida a la ciudad.
Dentro de la hacienda existían al menos treinta y tres veneros. El principal, conocido como el venero mayor, desemboca en una gran oquedad de casi cinco metros de diámetro, donde —según las crónicas— “brotaba un buey de agua”, un chorro tan potente como el cuerpo de un animal entero.
Décadas después, ya entrado el siglo XIX, Cayetano Rubio amplió y aprovechó parte de este sistema para alimentar sus fábricas textiles, como Hércules, la Purísima y San Antonio, dejando su huella en estos túneles que nunca dejaron de crecer.
Pero el abandono vino con los años. El agua dejó de correr, la memoria se secó… y la leyenda hizo lo suyo.
Se empezó a decir que por ahí caminaron Chucho el Roto y La Carambada, ocultando botines robados a los ricos. Otros aseguraban que Maximiliano de Habsburgo utilizó estos pasajes durante su estancia en Querétaro.
Nada de eso pudo probarse jamás… pero bastó para que la gente comenzara a saquear piedras, a romper muros y a buscar tesoros que nunca existieron.
Fue por ello que, durante años, los túneles fueron sellados para protegerlos.
Hasta que la tierra habló de nuevo.
En exploraciones recientes, encabezadas por Antonio González Jauregui Zubizarreta y su familia, descendientes del Marqués, apareció un pesado cofre oculto tras piedras y tierra. Dentro, no había oro ni joyas, sino documentos: testamentos, escrituras y papeles donde el Marqués figuraba como albacea. Historia pura, sin brillo, pero de valor incalculable.
También se localizaron nuevos túneles, la cámara del venero principal y, más recientemente, una estructura pétrea semejante a una lápida con una cruz tallada, de setenta centímetros de grosor, hoy bajo estudio para determinar si forma parte del sistema hidráulico o de algo aún más antiguo.
Todo este hallazgo ha sido documentado y difundido gracias al trabajo del Cronista del estado de Querétaro y del municipio del Marques Dr. Jaime Zúñiga Burgos, a quien se debe el crédito por rescatar esta historia del olvido y devolverle su justa dimensión: no como mito de riqueza escondida, sino como testimonio del ingenio y esfuerzo de otra época.
Mire usted…
A veces creemos que la historia vale sólo si brilla como moneda recién acuñada. Pero hay tesoros más discretos: un documento, un túnel bien trazado, un chorro de agua que sostuvo una ciudad entera.
Estos pasajes no guardaron oro… guardaron vida. Y eso, mis queridas almas lectoras, vale mucho más.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en el trabajo del Dr. Jaime Zúñiga Burgos, Cronista del estado de Querétaro y del municipio del Marques
En la información resguardada por el Sr. Antonio González Jauregui Zubizarreta
