
En la ciudad de Xalapa, cuando la neblina baja lentamente desde las laderas del cerro Macuiltépetl, los árboles parecen susurrar historias tan antiguas como la misma tierra.
Mucho antes de que los templos coloniales levantaran sus campanas y antes de que las calles empedradas vieran pasar carruajes, aquel cerro estaba cubierto por bosques profundos, flores silvestres y animales que caminaban sin temor entre los senderos.
Los antiguos pobladores decían que allí existía una laguna escondida entre los árboles. Un espejo de agua tan sereno que reflejaba el cielo como si fuese otro mundo.
Pero también decían que aquella laguna guardaba un secreto.
Un secreto nacido del llanto de una joven que amó tanto su tierra… que jamás quiso abandonarla.
La doncella del cerro sagrado
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que…
Hace muchos siglos, cuando el territorio era conocido como Xallapan, vivía en los bosques del Macuiltépetl una tribu teochichimeca.
Eran gente acostumbrada al silencio del monte, a la medicina de las plantas y al lenguaje de los animales. Entre ellos vivía una joven llamada Xállac.
Los ancianos del pueblo decían que su nombre era tan hermoso como la misma naturaleza que la rodeaba. Xállac era conocida por su extraordinaria belleza, pero sobre todo por su sabiduría. Conocía las raíces que curaban la fiebre, las hojas que calmaban el dolor y las flores que atraían a las aves.
A diferencia de otros jóvenes de su pueblo, ella prefería pasar largas horas caminando entre los senderos del bosque. Se detenía a escuchar el viento entre los árboles.
Observaba a los venados beber en la laguna y hablaba con los animales como si fueran viejos amigos.
Para ella, el Macuiltépetl no era sólo un cerro.
Era su hogar.
Era su mundo.
La guerra que cambió el destino
Pero como suele suceder en la historia de los pueblos, la paz no dura para siempre. Un día llegaron noticias inquietantes. Los mexicas avanzaban hacia la región para conquistar los territorios del Xallapan.
Los guerreros del pueblo sabían que resistir sería inútil. Las invasiones se volvieron cada vez más frecuentes y violentas. Finalmente, los jefes de la tribu tomaron una decisión dolorosa: abandonar el cerro y buscar un nuevo lugar donde vivir.
Las familias comenzaron a preparar su partida. Las chozas fueron desmontadas. Los utensilios guardados. Los ancianos caminaron lentamente detrás de los jóvenes guerreros. Pero cuando llegó el momento de partir…
Xállac no apareció.
La joven que decidió quedarse
Los habitantes del pueblo la buscaron entre los senderos, entre la laguna y entre los árboles. La llamaron durante horas, pero nadie encontró rastro de ella. Lo que nadie sabía era que Xállac había tomado una decisión que cambiaría la historia del lugar.
No podía abandonar el bosque, no podía dejar atrás a los animales, ni la laguna, ni los árboles que habían sido su hogar desde niña.
Así que huyó hacia las partes más profundas del monte. Se escondió en cuevas, entre raíces gigantes y entre las sombras de los árboles más antiguos del cerro. Mientras su pueblo partía hacia tierras lejanas…
Xállac se quedó sola.
La soledad del bosque
Al principio, el miedo fue su único compañero, cada ruido del bosque parecía un enemigo, cada sombra parecía esconder un guerrero mexica.
Pero con el paso del tiempo, los animales comenzaron a acercarse, los venados se acostaban cerca de su refugio, las aves cantaban sobre las ramas que la protegían, incluso los animales más feroces parecían reconocerla como parte del bosque.
Así pasaron los días, las lunas, las estaciones.
Pero poco a poco, una tristeza profunda comenzó a crecer dentro de ella, Xállac recordaba a su gente.
Recordaba las voces del pueblo, las risas junto al fuego, las historias de los ancianos.
Y entonces…
comenzó a llorar.
El llanto que se volvió agua
Dicen que su llanto fue tan profundo que parecía brotar desde el corazón mismo de la tierra.
Lloró durante días, durante noches, durante lunas enteras.
Sus lágrimas caían sobre la tierra húmeda del bosque, y la tierra las recibió.
Algunos dicen que un día el llanto cesó. Otros aseguran que simplemente se volvió parte del silencio del cerro. Lo cierto es que Xállac nunca volvió a ser vista.
Pero desde entonces comenzaron a surgir pequeños manantiales entre las raíces de los árboles.
Agua clara.
Agua fresca.
Agua que parecía brotar de lo más profundo del Macuiltépetl.
Y los ancianos de la región comenzaron a decir algo que aún hoy se repite en voz baja:
que esos manantiales nacieron del llanto eterno de Xállac.
Los abuelos de Xalapa solían decir que la naturaleza nunca olvida a quienes la aman de verdad.
Por eso, cuando el agua brota en las montañas, algunos creen que no es sólo lluvia filtrándose en la tierra.
Sino el recuerdo de aquellos que entregaron su vida por cuidar ese lugar.
Y si alguna vez sube usted al Macuiltépetl, tal vez escuche algo entre el viento y las hojas.
Un suspiro.
Un lamento suave.
O el murmullo de una joven que decidió quedarse para siempre en el bosque.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basada en la obra de Alberto Espejo
Libro: Sonido del Agua y la Arena. Historias, cuentos y leyendas de Xalapa
