
Mis queridas almas lectoras, hay historias que nacen del miedo de los pueblos, pero existen otras que parecen haber sido arrancadas directamente de la garganta del infierno. En las frías montañas de Chiapas, donde la neblina se aferra a los tejados y los perros rehúsan ladrar durante ciertas madrugadas, aún se murmura el nombre de unas criaturas cuya sola memoria hace santiguarse hasta al más incrédulo.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que, en noches sin luna, podían verse esqueletos femeninos atravesando el cielo con carcajadas tan agudas que parecían romper las tejas y agrietar el sueño de los vivos. A aquellas apariciones se les conocía como las Yalam Bequet, mujeres condenadas a abandonar su carne para entregarse al servicio del Maligno.
Y ya decía mi abuelo mientras acomodaba el brasero: “Hay puertas que uno abre por curiosidad y luego no vuelven a cerrarse jamás”.
El llamado de las sombras
En las cercanías de San Cristóbal de las Casas se decía que algunas mujeres, aparentemente tranquilas y de vida ordinaria, escondían un terrible pacto bajo la piel. Eran esposas, madres y vecinas respetadas que durante el día caminaban entre los mercados y las iglesias sin despertar sospecha alguna.
Pero llegada la medianoche, cuando el viento helado descendía desde las montañas y las velas parecían consumirse más rápido de lo normal, algo despertaba dentro de ellas.
Cuentan que se acercaban lentamente a las ventanas de sus hogares mientras todos dormían. El silencio era tan profundo que podía escucharse el rechinar de las vigas antiguas. Entonces pronunciaban en lengua tzotzil unas palabras prohibidas:
—Yalam Bequet… Yalam Bequet…
“Baja carne… baja carne…”
Y lo que sucedía después habría bastado para quitarle el sueño hasta al más valiente de los arrieros.
Cuando la carne abandonaba los huesos
Las leyendas relatan que aquellas mujeres comenzaban a desprenderse de su propia piel como quien se quita un vestido húmedo después de una tormenta. El rostro desaparecía primero, luego los brazos, el torso y las piernas, hasta dejar únicamente un esqueleto desnudo y brillante bajo la luz de la noche.
La carne vacía quedaba tendida sobre el suelo como una triste cáscara abandonada.
Libre ya de su peso humano, el esqueleto se elevaba por los aires acompañado de otras figuras semejantes. Algunas personas aseguraban haberlas visto cruzar sobre los montes de Chiapas como cometas de hueso, riendo con una locura que helaba la sangre.
No tenían ojos, pero parecían mirar.
No tenían labios, pero reían.
No tenían corazón… pero obedecían.
Y es que, según los antiguos relatos, aquellas criaturas pertenecían al Diablo, quien las guiaba por senderos invisibles entre nubes negras y parajes donde ningún cristiano debía poner los pies.
El regreso antes del amanecer
Poco antes del alba, cuando la niebla comenzaba a cubrir las calles empedradas y el canto lejano de algún gallo anunciaba el nuevo día, las Yalam Bequet regresaban silenciosamente a sus hogares.
Descendían agotadas, cubiertas por el rocío y el olor de la madrugada. Entonces buscaban la piel abandonada horas antes y pronunciaban otro conjuro:
—Muyán Bequet… Muyán Bequet…
“Sube carne… sube carne…”
La carne volvía a adherirse lentamente a los huesos hasta devolverles su apariencia humana. Al amanecer, nadie sospechaba de aquellas mujeres que preparaban el desayuno o barrían el patio con absoluta normalidad.
Pero algunos decían notar algo extraño en sus miradas.
Una tristeza vacía.
Una risa demasiado fría.
O el extraño olor a humo y tierra húmeda que jamás desaparecía del todo.
Porque el mal, mis queridas almas, podrá disfrazarse de virtud… pero nunca logra ocultar completamente su sombra.
Los brujos y el remedio prohibido
Los antiguos brujos de la región afirmaban que aquellas poseídas debían ser detenidas antes de que terminaran por perder el alma definitivamente. Y aunque el remedio era terrible, aseguraban que era el único modo de romper el vínculo infernal.
Bastaba esperar el momento en que la mujer abandonara su piel.
Entonces, sobre aquella masa abandonada, debía derramarse vinagre mezclado con abundante sal molida. La mezcla quemaba la carne vacía e impedía que el conjuro funcionara nuevamente.
Cuando el esqueleto regresaba e intentaba recuperar su forma humana, ya no podía hacerlo.
Las Yalam Bequet escapaban entonces hacia los montes, condenadas a permanecer como criaturas de hueso hasta el final de sus días, sirviendo eternamente a las fuerzas oscuras que las reclamaban.
Algunos ancianos aseguraban haber visto aún esas figuras cruzar los cielos de Chiapas durante tormentas eléctricas, riendo entre los relámpagos como aves malditas de calcio y condena.
El eco de los testigos
Todavía hoy, en ciertos poblados apartados de Chiapas, hay quienes prefieren cerrar bien las ventanas antes de dormir. Las abuelas recomiendan no responder jamás a silbidos nocturnos y muchos colocan cruces de palma cerca de las puertas durante determinadas fechas del año.
Porque las leyendas antiguas sobreviven por algo.
Y como bien decía un viejo curandero de la sierra: “Cuando demasiada gente teme la misma historia durante siglos… quizá no sea únicamente una historia”.
El Diablo rara vez llega mostrando cuernos y fuego. A veces se presenta como un deseo pequeño, silencioso y tentador. Y hay quienes, por seguirlo una sola noche, terminan perdiéndose para toda la vida.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Mario Villagrán, México Tierra de Leyendas
