
Hubo un tiempo —no tan lejano como quisiéramos creer— en que el eco de un fusil no significaba guerra lejana, sino sentencia inmediata. Bastaban tres palabras para helar la sangre del más valiente:
“Preparen armas, apunten… ¡FUEGO!”
Así comenzó esta historia, entre pólvora, miedo y muros que aprendieron a guardar secretos. Yo, El Cronista Garbancero— he escuchado esta leyenda repetirse en voz baja, como si aún temieran despertar algo que nunca terminó de irse.
La leyenda…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en pleno centro de Cuernavaca existe un edificio que no duerme, aunque aparenta hacerlo. Se levanta discreto, de tres pisos, pintado de rojo y blanco, adornado con flores como si intentaran tapar algo que sangra por dentro. Se encuentra sobre la avenida Morelos, a la altura del Callejón del Borda, muy cerca del Jardín Borda, la Catedral y el Museo de la Ciudad.
El cuartel que fue paredón
Antes de ser hogar, ese lugar fue cuartel militar durante los años más crudos de la Revolución Mexicana. Ahí se fusilaba sin miramientos a los hombres acusados de seguir a Emiliano Zapata, capturados por las fuerzas carrancistas. No había juicios largos ni despedidas. Solo un muro, una fila de soldados y el estruendo seco de los rifles.
Dicen que los lamentos que ahí se escuchaban no eran solo de dolor, sino de incredulidad. Nadie esperaba morir así, frente a un muro frío, con la ciudad observando en silencio.
El edificio que heredó las penas
Con el paso de los años, el cuartel desapareció y en su lugar se levantó el edificio actual. Todo parece normal a la luz del día: limpio, ordenado, tranquilo. Pero rara vez está habitado. Algo ahuyenta a los inquilinos, algo que no se ve… pero se siente.
La encargada del inmueble asegura que ahí no hay fantasmas, que las paredes solo resguardan hogares comunes. Pero los rumores no se callan con palabras bien intencionadas.
Cadenas, pasos y un cuerpo incompleto
Al caer la noche, versiones coinciden: se escuchan cadenas arrastrándose por los pasillos, pasos lentos y medidos, como de marcha militar. Algunos aseguran haber visto la figura de un soldado caminando sin cabeza, con el uniforme aún puesto, como si siguiera obedeciendo órdenes que nadie dio.
Otros hablan de un hombre adulto, bien vestido, que recorre los corredores angostos, apareciendo y desapareciendo sin explicación. Nadie sabe si es el mismo espíritu… o uno más de los que quedaron atrapados entre esas paredes.
El precio de vivir en el centro
Los pocos habitantes actuales, ajenos a la leyenda, dicen escuchar pasos sigilosos y lamentos lejanos cuando la ciudad duerme. Tal vez —dicen los viejos— ese sea el precio de vivir sobre tierra regada con sangre y olvidada por el tiempo.
Porque hay muertos que aceptan su destino… y hay otros que jamás entendieron por qué los dejaron sin cabeza, sin nombre y sin descanso.
Mis queridas almas lectoras, cuando un lugar ha servido para quitar la vida sin compasión, no basta con cambiar paredes ni pintura. La historia se queda, se impregna, y a veces camina de noche recordándonos que hubo errores que no deben repetirse. La Revolución nos dio patria nueva, sí… pero también fantasmas que aún reclaman memoria.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Pamela Anet Valle
Leyendas de Morelos