
El invierno siempre ha sido buen cómplice de los recuerdos. Cuando el viento se vuelve cuchillo y la luna alumbra con claridad azulada las torres viejas, los muertos se sienten con derecho a reclamar lo que en vida les fue prometido.
Así ocurría en la muy Noble y Leal Ciudad de Querétaro, en un diciembre donde la fe aún resistía entre sombras, y donde un viaje de vacaciones se transformó —sin proponérselo— en una lección que ninguno de aquellos muchachos olvidaría del todo… aunque el tiempo intentara borrarla.
El comienzo…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que aquella mañana todavía la luna se negaba a retirarse cuando los niños y jovencitos del colegio católico salieron, como parvada alborotada, rumbo a sus ansiadas vacaciones.
Habían sobrevivido exámenes, regaños y vigilias, y ahora partían rumbo a Santa María del Mexicano, ese remanso escondido entre cañadas, riachuelos y silencio, cercano al municipio de Colón. El camión avanzaba lleno de risas, listas interminables y olvidos de última hora:
—Que no se te olviden los pastores.
—Yo llevo los faroles y la escarcha del nacimiento.
—¿Y mi traje de baño dónde quedó?
Los padres vigilantes pasaron lista. Nadie faltaba. Y con ello, el viaje comenzó.
El camino y los recuerdos
Entre Soriano, Colón y los árboles frondosos que escoltan el descenso a Santa María, el paisaje se volvía cada vez más íntimo. El riachuelo mojaba el camino, y la cuesta obligaba al motor a esforzarse.
Fue entonces cuando los muchachos notaron algo extraño:
los sacerdotes hablaban en voz baja, señalando cercas de piedra, desviaciones, sombras del pasado.
—¿Fue por aquí?
—No… creo que más allá, junto a esa cerca…
La curiosidad infantil no tardó en exigir respuestas.
La historia que no quería ser contada
Uno de los padres, con voz grave y mirada lejana, comenzó a hablar. Cuatro años atrás —dijo— la revolución había cerrado seminarios, iglesias y colegios. La fe se volvió delito y los hábitos, sentencia.
Él y su compañero, entonces diáconos, huyeron a caballo por ese mismo camino, buscando refugio en Santa María. Pero al caer la noche, hombres armados, con el rostro cubierto, les salieron al paso.
—Bájense. Los necesitamos para confesar a uno que vamos a tronar.
Negarse no sirvió de nada. Las carabinas convencen rápido.
La confesión incompleta
Entre piedras, cactus y oscuridad, el joven diácono fue llevado hasta una cerca. Allí, tiritando de frío y terror, estaba un hombre condenado.
—Qué bueno que vino, padre… no quiero morir sin confesarme.
El muchacho supo entonces la verdad terrible: no era sacerdote aún. No podía oír confesión ni absolver.
Pero el miedo, la compasión y la inminencia de la muerte hicieron que callara. Se tapó los oídos.
—Habla… con todo tu arrepentimiento.
No escuchó. No quiso escuchar.
Cuando el hombre pidió la absolución, el diácono improvisó una promesa:
—Espérame… voy por mi estola.
Nunca volvió.
Los disparos cerraron la noche. Y una oración temblorosa fue lo único que acompañó aquella alma.
El hallazgo entre las piedras
Años después, ya con el sol alto y los muchachos cortando cactus para el nacimiento, un grito partió el aire como rayo.
—¡Padre… venga a ver… qué miedo!
Detrás de una cerca de piedra, en actitud de espera, estaba un esqueleto.
Los brazos huesudos cruzados sobre las costillas.
Como quien aguarda… con paciencia eterna.
El sacerdote entendió de inmediato. La promesa había quedado suspendida en el tiempo.
La absolución tardía
Con manos temblorosas, sacó de su petaca una estola blanca. Rezando, se acercó a los restos y pronunció las palabras que habían faltado años atrás.
Cuando terminó, un ruido seco, imposible de olvidar, resonó:
El esqueleto se desmoronó en silencio.
La espera había terminado.
Los muchachos cavaron una fosa. Rezaron. Enterraron los restos.
Y el camión siguió su camino.
Santa María apareció entre árboles, agua cristalina y torrecillas blancas.
La risa regresó, como si el alma buscara olvidar lo que los ojos no podían borrar.
Mis queridas almas lectoras, hay promesas que no se rompen, solo se posponen.
Y hay culpas que, aunque el tiempo intente enterrarlas, saben esperar con paciencia de muerto.
No todo espanto grita ni corre. Algunos solo aguardan… con los brazos cruzados.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de La abuelita contaba
Autora: Ma. Luisa Medina de Montes. Primera publicación: 2005