
Hay historias que no se cuentan: se murmuran. Se deslizan por los corredores de las casonas viejas, se esconden bajo las tejas, y esperan a que la noche esté bien cerrada para salir. Esta que hoy le traigo pertenece a ese linaje. No es cuento de espanto inmediato, sino de esos que inquietan despacio, porque hablan de fortuna, de fe… y de muertos agradecidos.
En el Querétaro del siglo XIX, cuando la Sierra Gorda aún olía a pólvora, sudor y rebelión indígena, vivió un hombre cuya riqueza creció tanto como las dudas sobre su origen.
Cuenta la leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que don Amado Mota no fue un hombre común, aunque nació como tal.
Originario de Tolimanejo —hoy Colón—, indígena otomí nacido alrededor de 1825, vino al mundo en una región que durante siglos se negó a ser dominada.
Ni conquistadores, ni frailes, ni ejércitos lograron doblegar del todo a sus habitantes. Tierra brava, gente recia… y secretos bien enterrados.
El arriero de los caminos peligrosos
Amado fue arriero, de esos que conocen las veredas como la palma de la mano. Con unos cuantos burros se ganaba el sustento, cruzando la Sierra Gorda en tiempos donde la tropa y los rebeldes se disputaban cada sendero. Su cercanía con los militares lo llevó a integrarse como jefe de guardia, pues decían que nadie entendía mejor a los indígenas rebeldes que uno de los suyos.
Ahí conoció a Tomás Mejía, también indígena, también hijo de esa sierra indómita. Se dice que fueron compadres. Ambos tomaron rumbos opuestos: Mejía terminó fusilado y olvidado; Mota, en cambio, comenzó a brillar… demasiado.
La fortuna inexplicable
Cada regreso de la sierra traía consigo algo más que polvo y cansancio.
Traía monedas. Muchas.
Tantas que nadie pudo explicar de dónde salían.
No era minero. No era comerciante. No cobraba grandes sueldos. Y aun así, su riqueza crecía. Cuando le preguntaban, don Amado no esquivaba la respuesta. La decía con naturalidad, casi con gratitud:
“Las ánimas del Purgatorio me entregan el dinero.”
Decía que, cada vez que compraba una propiedad, las ánimas le indicaban dónde estaba enterrado un tesoro… y siempre lo encontraba.
Haciendas, tierras y la bendición de los muertos
Administró y adquirió haciendas enormes: El Lobo, El Zamorano, Atongo, Alfajayucan, Amazcala, ranchos y fincas que antes pertenecían a familias de abolengo como los Sánchez de Tagle. Propiedades que, bajo su mano, producían más que nunca.
Los murmullos crecieron:
—Las ánimas lo protegen.
—Las ánimas lo guían.
—Las ánimas le pagan.
La Casa Mota y el hombre transformado
Casado con dama distinguida, se estableció en Querétaro. Llegó a poseer más de 60 propiedades. Mandó transformar una amplia casa en un mesón lujoso, lleno de ornamentos. La Casa Mota ya no correspondía al arriero indígena de Tolimanejo, sino a un señor refinado, culto, amante del arte y de vestir elegante.
Parecía noble… y nadie se atrevía a contradecirlo.
El Sitio de Querétaro y las sombras del Imperio
En 1867, durante el Sitio de Querétaro, simpatizó con Maximiliano. Se le vio con su compadre Tomás Mejía. Antes del fusilamiento, Mejía le pidió cuidar de su familia. Don Amado cumplió, incluso adoptando al hijo menor y dándole su nombre.
Ese gesto le costó caro. Tras la caída del Imperio, fue señalado, vigilado y obligado a retirarse a Tolimanejo. Pero aun en el destierro, nunca renegó de sus benefactoras invisibles.
El final y el tesoro que no apareció
Murió rico. Muy rico.
Se dice que dejó tesoros enterrados.
Que algunos los buscaron.
Que otros jamás los hallaron.
Tal vez —dicen los viejos— las ánimas del Purgatorio se cansaron de repartir dinero… o quizá siguen esperando a alguien digno de recibirlo.
Mis queridas almas lectoras, no todo tesoro es oro ni toda fortuna es bendición. Hay riquezas que se pagan con silencio, con fe… o con compañía eterna.
Quien recibe de los muertos, algo les debe. Y ellos no olvidan.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Dr. Jaime Zúñiga Burgos, Cronista del estado de Querétaro y del municipio del Marques
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