Santo Oficio: casos reales de la Nueva España
No es leyenda, pero parece. No es cuento, pero asusta.

Villa de Zamora, Obispado de Michoacán — año de 1743
En los pueblos del siglo XVIII, mis queridas almas lectoras, la mala fama era una condena lenta pero segura.
Bastaba una sospecha, una palabra dicha a destiempo, una pasión mal cerrada… y el nombre quedaba marcado.
En la villa de Zamora, en 1743, el Santo Oficio reunió un expediente contra varias mujeres de un mismo linaje, conocidas en la estancia de Purépero como “las Melgosa”. No se les acusó de herejía abierta ni de pacto con el demonio, sino de algo más cotidiano y peligroso: maleficios, ligamientos y embustes, esos delitos que crecen en la sombra de los celos y el miedo.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en la estancia de Purépero nadie se acercaba a las Melgosa sin cautela. Decían que sabían ligar hombres, causar enfermedades y desatar desgracias. Que lo mismo prometían curar… que cobraban por ello.
Y cuando una mujer murió tras el parto, el rumor dejó de ser murmullo y se volvió denuncia.
Las acusadas
Los autos del Santo Oficio señalan como principales acusadas a:
- Sebastiana Melgosa, mulata libre
- Petrona Melgosa, criada y allegada
- Ana Serafina Melgosa, nieta de Sebastiana
- María Guadalupe Melgosa, madre de Ana Serafina (mencionada reiteradamente en las declaraciones)
Todas vecinas de la estancia de Purépero, jurisdicción de Tlasasalca.
El hecho que lo cambió todo
El expediente gira en torno a la muerte de Juana Getrudis Duarte, esposa de Luis Martínez, arriero. Luis Martínez declaró haber tenido amistad ilícita con Ana Serafina Melgosa, pero afirmó haberse apartado de ella por descargo de conciencia y haber contraído matrimonio con Juana Getrudis. Según su testimonio, esto provocó el enojo de Sebastiana y Ana Serafina, quienes —dice— amenazaron con quitar la vida a uno de los dos.
Cuando Juana Getrudis quedó encinta, varios testigos aseguraron que, en el ojo de agua donde las mujeres lavaban ropa, las Melgosa dijeron públicamente que en el parto le quitarían la vida.
Juana Getrudis dio a luz sin complicaciones y se mantuvo fuerte algunos días. Pero al poco tiempo comenzó a sufrir dolores intensos, asegurando que la “despedazaban por dentro”. Durante los días previos a su muerte, repetía que le quitaran de delante a Guadalupe Melgosa y a Ana Serafina, pues decía que la querían matar y que la forzaban a “coger la cola de un animal”, aunque quienes la acompañaban afirmaron no ver nada.
Finalmente, murió “echando mucha sangre”.
Enfermedad y maleficio
El Santo Oficio no declaró probado el maleficio, pero sí dejó constancia de la fama pública y de las sospechas.
Declaró también María Beltrán, llamada la Morellona, mulata libre de más de cincuenta años, quien fue llamada para revisar a la enferma. Dijo que, al examinarla tras el parto, encontró algo que le pareció anormal y que Juana Getrudis insistía en que Guadalupe Melgosa y Ana Serafina querían acabarla “con un perro prieto” y pedía que llamaran al padre Vival para que las expulsara.
El ligamiento
Otro de los motivos que pesaron en la causa fue el llamado ligamiento.
Antonio Melgosa, arriero y hombre casado, declaró que también había tenido trato ilícito con Ana Serafina y que, tras apartarse, quedó “ligado”, sin poder cumplir con su mujer, aunque con Ana Serafina no tenía impedimento alguno. Afirmó que María Guadalupe Melgosa le ofreció curarlo a cambio de un peso, y que, pese a pagar, no encontró alivio.
Otros testigos confirmaron que en la estancia se decía comúnmente que las Melgosa ligaban y curaban, y que cobraban por ello.
Ratificación: cuando el dicho queda sellado
El 23 de septiembre de 1743, María Beltrán “la Morellona” fue llamada nuevamente para ratificar su declaración, en presencia de clérigos “honestos y religiosos”.
Se le advirtió que su dicho podría perjudicar a Guadalupe Melgosa y Ana Serafina, y tras escuchar su testimonio “de verbo ad verbum”, afirmó que no tenía nada que añadir ni enmendar, ratificando todo “no por odio, sino por descargo de su conciencia”.
En los autos se anotó escuetamente: “Ratificación, no añade.”
En lenguaje llano: sostuvo cada palabra.
Lo que ordenó el Santo Oficio
El inquisidor Diego Mangado y Clavijo determinó que existían presunciones suficientes para proceder contra las Melgosa. Ordenó que fueran puestas en prisión separada, examinadas una por una y, de no purgar completamente la sospecha, fueran:
- Reprendidas áspera y severamente en presencia pública
- Castigadas con 25 azotes en la picota
- Obligadas a hacer confesión general
- Advertidas de que, si reincidían, serían llevadas al Santo Oficio de México y castigadas con todo rigor de derecho
El expediente no consigna una sentencia final más allá de estas órdenes.
Aquí no hay aquelarres ni diablos con cuernos. Hay relaciones prohibidas, celos, embarazo, dolor… y un pueblo que necesitaba una explicación.
Las Melgosa quedaron atrapadas en una red donde la fama pesaba más que la prueba, y donde ser mujer, mulata y libre bastaba para convertirse en sospechosa.
El archivo no dice que fueran brujas. Pero deja claro que nadie volvió a mirarlas igual.
Y a veces, mis queridas almas lectoras, eso es castigo suficiente.
Archivo Histórico Casa de Morelos
Siglo XVIII, Caja: 1235, expediente 5
Fondo: Diocesano; Sección: Justicia; Serie: Inquisición; Lugar: Villa de Zamora; Año: 1743Transcripción: Cecilia Yeraldine Molina Valladares; Cecilia López Ridaura
