
Imagina, mi querida alma, el crepitar de una veladora en la tiniebla, el canto distante de un grillo y el viento que murmura secretos añejos entre los encinos. Así comenzamos este relato cuyo eco aún vive entre las sombras de Cerro Grande, en Colima —un cerro tan antiguo como los susurros del mundo.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que durante los años tormentosos de la Revolución Mexicana, cuando la tierra temblaba con la pólvora y la justicia era un susurro esquivo, nació una historia que aún hiela la sangre.
En la comunidad de Zacualpan, enclavada en las laderas del bosque que hoy conocemos como la Reserva de la Biosfera Sierra de Manantlán, caminaba un hombre de nombre rudo y mirada fraguada en misterio: Vicente Teodoro Alonso, al que todos llamaban —con mezcla de temor y respeto— el Indio Alonso.
Pobres de los viajeros que cruzaban los caminos solitarios de Colima: el Indio Alonso y su grupo de forajidos acechaban en la maleza, emboscando con saña a quien se atreviera a aventurarse. Su leyenda se enraizó con un acto que nadie olvidaría: el asesinato y robo del norteamericano Chas F. Temple.
Nunca lo capturaron, y es allí —en el rumor perpetuo— donde la realidad se descompone en mito. La gente, atemorizada y asombrada, juraba que el Indio Alonso había hecho un pacto con el mismísimo diablo y que no era hombre común, sino nahual, un ser capaz de transformarse en cualquier animal —puma, coyote, lechuza— para escabullirse entre las sombras y burlar a sus perseguidores.
Se decía también que este espíritu conocía los secretos del bosque mejor que los lobos. Nadie salvo él sabía cómo llegar a la colosal Piedra de Juluapan, un monolito que se alza en la cúspide de Cerro Grande, visible desde la ciudad de Colima como una marca eterna en el cielo. Allí, aseguraban, escondía sus tesoros mal habidos, fruto de saqueos y fechorías.
El final mortal… ¿o no?
La historia da un giro cruel un 31 de agosto de 1917. Agotado por la fiebre, el Indio Alonso yacía postrado en su lecho. Fue entonces cuando Ramona Murguía —una joven valiente que él había raptado— vio su oportunidad de justicia. Con un cuchillo afilado como obsidiana, se acercó en silencio y, sin vacilar, le provocó un corte mortal en la yugular.
Algunos relatos van más allá: dicen que su cabeza fue llevada ante las autoridades y exhibida como escarmiento, un acto que pretendía poner fin a su reinado de terror.
Pero aquí, mis almas lectoras, es donde la leyenda se niega a morir…
Ecos entre los encinos
Hoy, quienes se atreven a escalar Cerro Grande bajo la luz de la luna cuentan que el viento trae consigo algunas voces que no son de este mundo. Aullidos que se confunden con el susurro de las hojas. Otros afirman que, cuando la noche es más negra, se siente una presencia entre las sombras, como si el espíritu del Indio Alonso siguiera custodiando sus riquezas ocultas, protegiéndolas de ojos codiciosos.
Tal vez solo sea el viento… o tal vez no.
Mis queridas almas lectoras, hay quienes creen que estas historias nacen de la imaginación y otros que dicen ver, en noches silenciosas, una silueta que camina entre los encinos. Sea cual sea la verdad, las leyendas como la del nahual de Cerro Grande son el reflejo de nuestras pasiones, temores y del profundo amor que tenemos por los misterios que pueblan nuestra tierra.
Estas narraciones nos recuerdan que la línea entre lo real y lo fantástico es tan delgada como la luz de una vela en la oscura noche.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular.
