
Hay mares que arrullan y mares que vigilan. En la Costa Grande, cuando el cielo se queda ciego y la luna decide no asomarse, el oleaje no suena igual. La espuma parece murmurar nombres, y una luz antigua —ni faro ni estrella— camina a ras de arena. No es para guiar pescadores ni enamorados tardíos… es para recordar una deuda de sangre.
Sobre las arenas de Guerrero
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que a principios del siglo pasado, cuando los caminos eran de polvo y promesa, vivía en la costa de Guerrero una mujer humilde, de fe tan firme como su andar. No poseía tierras ni joyas, pero sí una devoción profunda: conocer al Papa en el Vaticano y ofrecerle su gratitud en persona, como quien paga una manda con los pies y el alma.
Durante años juntó monedas de oro, una a una, privándose de gustos y comodidades. Cuando al fin reunió lo suficiente, anunció al pueblo su partida. No habría despedidas largas: el camino era largo y el cuerpo debía obedecer antes que el miedo.
Salió de madrugada, alrededor de las cuatro, guiándose apenas por la espuma del mar y un candil de petróleo que colgaba de su mano. No había luna. La noche estaba cerrada como confesionario.
Una noche
Su destino inicial era Acapulco, único punto de la costa con rutas que la acercaran al mundo. Pero a pocos kilómetros de lograrlo —por los rumbos entre Carrizal y Mitla— la alcanzó la peor sombra: la codicia.
Hombres de su propio pueblo, sabedores del ahorro y del sueño, la atacaron. No bastó el robo. La golpearon hasta matarla y dejaron su cuerpo al cuidado indiferente del mar.
Desde entonces, dicen, la luz no se apagó.
En las noches sin luna, una figura de vestido claro se confunde con la espuma. El candil se enciende solo y avanza despacio por la orilla. Algunos aseguran que busca a sus asesinos; otros, que solo intenta recuperar sus monedas para seguir su camino hacia Vaticano. Nadie la ha visto de cerca. Nadie ha vuelto igual después de verla.
Ay, mis queridas almas lectoras, las leyendas del mar no gritan: susurran. Y esta, en particular, no castiga por curiosidad, sino por olvido. Porque cuando una comunidad traiciona a los suyos, la culpa suele regresar convertida en luz errante.
No es un espanto de gritos ni cadenas; es peor: es la constancia del recuerdo. Una fe tan terca que ni la muerte supo apagarla.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular.
