
Quien haya caminado por el Paseo de la Presa en una tarde nublada sabrá que el aire guarda un perfume extraño: mezcla de rosas antiguas, humedad de piedra y ecos de música lejana.
Las bugambilias aún se descuelgan sobre los barandales, y las casas señoriales parecen observar al visitante con la paciencia de quien ha visto demasiadas primaveras. Pero hay quienes aseguran que, cuando el cielo se torna gris y el viento sopla desde la cañada, se escuchan risas, gritos de lotería y el lejano murmullo de un vals… como si las fiestas de otro siglo no hubieran terminado jamás.
Aquellas fiestas de la Presa
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hubo un tiempo, allá por el año de 1893, en que la Presa de la Olla se convirtió en el corazón festivo de Guanajuato. Fue con motivo de la toma de posesión del gobernador don Joaquín Obregón González que se decidió abrir por primera vez las compuertas del embalse, como parte de una gran celebración.
Aquello fue anunciado con bombo y platillo. Llegaron gentes de todos los rincones del estado. Familias enteras subieron a los cerros y levantaron casitas de campaña hechas con lonas, sarapes o mantas, como si el paisaje entero se hubiese transformado en un colorido campamento de alegría.
Los antojitos humeaban en las barracas: enchiladas, tamales, pollos dorados y los famosos pastelillos de la Presa. Las neverías de Inocencio Rodríguez y Marcial Cano hacían su agosto, y el sonido de la lotería se mezclaba con la música de guitarras y mandolinas.
—¡Se rifa un ternito de China!
—¡La víbora!
—¡El que le cantó a San Pedro!
Y entre risas y granos de maíz sobre las tablas, se escuchaba el grito jubiloso:
—¡Lotería!
Las noches eran de luna y serenata. Las señoritas, envueltas en rebozos finos, cantaban canciones románticas mientras los jóvenes suspiraban en las bancas, grabando iniciales en los troncos de los fresnos.
Era un tiempo de música viva, de ruedas de la fortuna, caballitos de vapor y gallos de pelea. Un tiempo donde la alegría parecía inagotable.
Pero aquel primer día de fiesta, la alegría estuvo a punto de volverse tragedia.
El agua que quiso llevarse a los Hinojosa
Al mediodía, una de las hijitas del nuevo gobernador fue la encargada de abrir la válvula principal de la presa. La multitud se puso en pie para aplaudir el acto simbólico.
La niña giró la válvula…
y entonces ocurrió.
El agua salió con tal presión que el barro acumulado en el tubo estalló. El chorro golpeó el cerro al sur de la cañada, desmoronándolo como si fuera de azúcar húmeda.
En ese sitio estaba acampada la familia Hinojosa.
La gente comenzó a gritar. El agua crecía, las válvulas temblaban y el cerro parecía deshacerse ante los ojos de todos. Las autoridades ordenaron cerrar las compuertas de inmediato.
Con un esfuerzo enorme, varios hombres lograron hacerlo.
Pero el susto quedó grabado en el corazón del pueblo.
Desde entonces, la gente comenzó a decir que la presa tenía su propio humor… y que no siempre estaba dispuesta a obedecer.
El paseo de los amores y las canciones
Con los años, el Paseo de la Presa se volvió el sitio predilecto de las familias adineradas. Las mansiones lucían jardines llenos de rosas, araucarias y bugambilias.
Se decía que el jardín de doña Antonia del Moral era tan hermoso que parecía un rincón del paraíso… hasta el día en que la buena señora murió, y las rosas, sin explicación, se secaron todas al mismo tiempo.
Las noches eran de tertulia y música. Las bandurrias acompañaban canciones románticas que flotaban en el aire tibio. Los jóvenes paseaban al atardecer, y los romances nacían bajo los fresnos.
Pero no todo era refinamiento.
También estaban las cantadoras de gallos, las apuestas, los jugadores empedernidos y las señoras que terminaban la noche borrachas y vociferando insultos, cubiertas por lonas para evitar el espectáculo.
La vida, como ve usted, siempre ha sido mezcla de gloria y desorden.
El vals que aún resuena
A las doce en punto, el gobernador ordenaba abrir las compuertas. Entonces, al compás del vals “Sobre las Olas”, el agua descendía como una catarata rojiza y espumosa.
Algunos se arrojaban a nadar, aun sabiendo que serían arrestados al salir. Otros reían mientras la lluvia caía de improviso, empapando los vestidos y llenando de lodo las sedas finas.
—Para eso se hace el dinero redondo… para que ruede —decían.
Las fiestas duraban más de un mes. Pero, como todo en la vida, fueron cambiando con los años. Llegaron las sinfonolas, los camiones, las reinas de belleza… y la vieja alegría se volvió recuerdo.
Sin embargo, hay quienes aseguran que, en ciertas noches de tormenta, cuando el vals “Sobre las Olas” suena en alguna radio lejana, el viento trae consigo risas antiguas, cantos de lotería… y el rumor del agua queriendo salir otra vez.
Mis queridas almas lectoras, las fiestas pasan, los vestidos se desgastan y las canciones se olvidan… pero los lugares guardan memoria.
Las piedras, el agua y los árboles son como viejos cronistas silenciosos. Y cuando menos lo esperamos, nos devuelven las voces de quienes ya se fueron.
Así es Guanajuato: un sitio donde la alegría siempre ha caminado de la mano con la nostalgia.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Gabriel Medrano,
Libro: «Como me lo contaron se los cuento, Leyendas de Guanajuato».
